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PREFACIO

    Por causa del extraordinario tema y contenido de este libro, siento que cierta explicación es necesaria para que el lector pueda entender y apreciar mejor el mensaje que contiene. El libro fue tomado de sermones grabados que yo prediqué para mi congregación en el Tabernáculo de Tucson en Tucson, Arizona,a en la primavera de 1969. Es por lo tanto, un “libro hablado,” y aunque ha sido editado, todavía retiene el sabor de su iniciación en una serie de sermones.

    Este libro es acerca de un hombre que fue enviado de Dios para esta edad. Este hombre fue un profeta, así como Cristo dijo de Juan el Bautista en Mateo 11:9, yo creo que él fue más que un profeta, porque fue un profeta-mensajero para los días finales de la Cristiandad. Isaías, mucho antes del nacimiento de Cristo, proclamó, “Porque un niño nos es nacido, un hijo nos es dado; y el principado será sobre su hombro; y su nombre será llamado Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Isaías 9:6). Igualmente yo puedo retornar al principio de este siglo veinte y decir que un hijo nos fue dado, un profeta nos ha nacido, y él es el precursor de la segunda venida de ese Hijo de la profecía de Isaías otra vez sobre la tierra. La completa historia de la vida de este profeta llenaría muchos más volúmenes que yo, un ministro del evangelio de Jesucristo, tendría tiempo para escribir. Yo, por supuesto, no soy comisionado para ser el escritor. Mi trabajo es predicar, pero yo soy un predicador cuya vida fue afectada completamente por el ministerio de este profeta del tiempo final, aunque mi propio ministerio se ha formado para un nuevo propósito. Así que yo señalo a este hombre y su mensaje como él apuntó a Cristo. En esta forma sólo puedo cumplir mis deberes ministeriales de servicio a Dios, reconociendo lo que Él hizo por este mundo del siglo veinte a través de la vida de un hombre. Mi deseo es familiarizar a todos los que leen esta historia con el carácter, vida y hechos de este hombre elegido de Dios.

    Este libro es testigo de los milagros que yo he visto y oído, porque Dios realmente me ha bendecido, y deseo darle a Él la gloria. No me disculparé por la frecuente mención que hago del nombre de este hombre, porque yo creo que aún las siete letras en su nombre fueron ordenados por Dios: William Marrion Branham, profeta del siglo veinte, hombre de Dios escogido como precursor de la segunda venida del Señor Jesucristo.

    Yo le llamo “Hermano” Branham, porque él dijo, “Si tú me amas, me llamarás hermano,” y estoy dispuesto a cualquier reto que diga que yo no amé realmente a este hermano, este hombre de Dios.

    Los discípulos Pedro y Juan fueron citados por las autoridades tal como se registra en Hechos 4, golpeados con muchos azotes, y se les prohibió de hablar o enseñar en el nombre de Jesucristo. Su respuesta a sus acusadores fue, “Juzgad si es justo delante de Dios, obedecer a vosotros antes que a Dios.” Además, antes de que me condenen por este humilde escrito, mis acusadores deberían saber que yo me siento guiado por Dios para hacerlo. Una razón urgente que tengo para hacer esto, es de gratitud a los testigos que caminaron con Jesús. Yo doy gracias a Dios por sus registros. Ellos cumplieron el mandamiento después de la resurrección de Jesús en Lucas 24:48, “Vosotros sois testigos de estas cosas.” Yo se, que si yo hubiera vivido en los días de Jesús, en una tierra lejos de Israel, y alguien viniera a hablarme de Jesucristo, yo apreciaría su fiel testimonio. Así que, creyendo que Dios ha visitado esta generación, yo vengo a decir lo que Él ha hecho. Él envió un profeta, y me siento privilegiado de compartir el testimonio de estas cosas que fueron hechas a través de la vida del profeta.

    Yo confío que he aclarado la responsabilidad que siento al decir lo que he visto y oído, cumpliendo la comisión de compartir el testimonio de lo que Jesucristo ha hecho en mi generación. Aún después de la ascensión del Señor Jesús, los discípulos estaban titubeantes, de hacer esto. En Hechos 1:4-8, la Biblia dice que Jesús encomendó a los discípulos congregados que no deberían irse de Jerusalén sino esperar por la promesa del Padre, diciendo en el verso 5, “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el espíritu Santo dentro de no muchos días.” Ellos le preguntaron cuándo sería el tiempo en que restauraría otra vez el reino a Israel, a lo cual les contestó, “No os toca a vosotros saber el tiempo y las sazones que el Padre tiene en su sola potestad. Pero recibiréis poder, después que el Espíritu Santo venga sobre vosotros. Y seréis testigos de mí en Jerusalén y en toda Judea y en samaria, y hasta los términos de la tierra.”

    De estos versos, yo creo que el ser lleno del bautismo del Espíritu Santo trae poder al recipiente para ir y compartir testimonio de las cosas que Dios le ha permitido a él experimentar y entender en su vida. Sin duda cuando Pedro, Jacobo, Juan, y los otros dijeron ciertas cosas, estaban entre los oyentes aquéllos que no creyeron, porque no habían visto, por sí mismos, los milagros. Pero Jesús había dicho, “Sed mis testigos.” Cuando Tomás fue invitado a satisfacer su duda metiendo su mano en las heridas del Cristo resucitado, se le fue dicho, “mas bienaventurados son los que no vieron, y aún así creyeron.”

    Sin embargo, algunas cosas son más difíciles de creer viéndolas, que creerlas sin verlas. Cuando los discípulos atestiguaron de las cosas que Jesús hizo, caminando sobre las aguas, partiendo los panes, multiplicando los peces, sanando los ciegos, aún levantando los muertos, allí estaban aquéllos quienes no podían alcanzar la verdad ante sus ojos. “Demasiado fantástico,” dijeron ellos. Además, les relataré cosas que sucedieron en esta generación en la vida del Hermano Branham que sólo algunos creerán. No es mi responsabilidad persuadir a todo hombre a creer, pero, es mi responsabilidad decirle a todo hombre lo que yo creo, lo que he visto, y oído, y darles razón de la “esperanza que está en mí” en esta hora, y porque me mantengo firme en mi postura.

        Pearry Green