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Capítulo VI (Parte II)
Historia de las persecuciones en Italia bajo el papado

 

Más persecuciones en los valles del Piamonte, en el siglo diecisiete

Giovanni Pelanchion, por rehusar hacerse papista, fue atado de una pierna al rabo de una mula, y arrastrado por las calles de Lucerna, en medio de las aclamaciones de una inhumana muchedumbre, que no paraba de apedrearlo y de gritar: «¡Está poseído por el demonio, por lo que ni el apedreamiento ni el arrastrarlo por las calles lo matará, porque el demonio lo mantiene vivo.» Luego lo llevaron junto al río, le cortaron la cabeza, y la dejaron, junto con su cuerpo, sin sepultura, sobre la ribera.

Magdalena, bija de Pedro Fontaine, una hermosa niña de diez años, fue violada y asesinada por los soldados. Otra niña de más o menos la misma edad fue asada viva en Villa Nova; y una pobre mujer, al oír que los soldados iban hacia su casa, tomó la cuna en la que su bebé estaba durmiendo y se lanzó corriendo hacia el bosque. Pero los soldados la vieron y se lanzaron a perseguirla; para aligerarse dejó la cuna y el bebé, y los soldados, en cuanto llegaron, asesinaron al pequeño, y reanudaron la persecución, hallaron a la madre en una cueva, y la violaron primero, descuartizándola después.

Jacobo Michelino, principal anciano de la iglesia de Bobbio, y varios otros protestantes, fueron colgados por medio de garfios fijados en sus vientres, y dejados que expiraran en medio de los más horrorosos dolores.

A Giovanni Rostagnal, un venerable protestante de más de ochenta años, le cortaron la nariz y las orejas, y le rebanaron las partes carnosas del cuerpo, haciéndolo desangrar hasta morir.

A siete personas, Daniel Seleagio, su mujer, Giovanni Durant, Lodwich Durant, Bartolomé Durant, Daniel Revel y Pablo Reynaud, les llenaron la boca con pólvora, que inflamada les voló la cabeza en pedazos.

Jacobo Birone, maestro de Rorata, rehusó cambiar de religión, y fue entonces desnudado del todo; después de exhibirle tan indecentemente, le arrancaron las uñas de los pies y de las manos con tenazas al rojo vivo, y le horadaron las manos con la punta de un puñal. Luego le ataron una cuerda por en medio, y fue llevado por las calles con un soldado a cada lado. Al llegar a cada esquina, el soldado de la derecha le propinaba un corte en su carne, y el soldado de la izquierda le daba un garrotazo, y ambos le decían, a la vez: «¿Irás a Misa? ¿Irás a Misa?» Él persistió contestando que no, por lo que finalmente lo llevaron a un puente, donde le cortaron la cabeza sobre la balaustrada, y la echaron, y el cuerpo, al río.

A Pablo Garnier, un protestante muy piadoso, le sacaron los ojos, luego lo despellejaron vivo, y, descuartizándolo, sus miembros fueron puestos en cuatro de las casas principales de Lucerna. Soportó estos sufrimientos con la paciencia más ejemplar, dio alabanza a Dios mientras pudo hablar, y dio clara evidencia de qué confianza y resignación pueden ser inspiradas por una buena conciencia. En el siglo doce comenzaron en Italia las primeras persecuciones bajo el papado, en época de Adriano, un inglés que entonces era Papa. Estas fueron las causas que llevaron a la persecución:

Un erudito y excelente orador de Brescia, llamado Arnaldo, llegó a Roma, y predicó abiertamente contra las corrupciones e innovaciones que se hablan infiltrado en la Iglesia. Sus discursos eran tan llanos y consistentes, y exhalaban un espíritu tan puro de piedad, que los senadores y muchos del pueblo aprobaban en gran manera y admiraban sus doctrinas.

Esto enfureció de tal manera a Adriano que ordenó a Arnaldo que se fuera en el acto de la ciudad, como hereje. Pero Arnaldo no obedeció, porque los senadores y algunos de los principales del pueblo se pusieron de su parte, y se resistieron a la autoridad del Papa.

A Daniel Cardon, de Rocappiata, prendido por unos soldados, le cortaron la cabeza, y, friéndole los sesos, se los comieron. A dos pobres ancianas ciegas de St. Giovanni las quemaron vivas; y a una viuda de La Torre y a su hija las llevaron al río, y allí las apedrearon hasta morir.

A Pablo Giles, que trataba de huir de unos soldados, le dispararon, hiriéndole en el cuello; luego le sajaron la nariz, le rebanaron el mentón, lo apuñalaron y dieron su cadáver a los perros.

Algunas de las tropas irlandesas, habiendo prendido a once hombres de Garcigliana, calentaron un horno al rojo vivo, y los obligaron a empujarse unos a otros dentro, hasta que llegaron al último, a quien empujaron ellos mismos.

Michael Gonet, un hombre de noventa años, fue quemado hasta morir; Baptista Oudri, otro anciano, fue apuñalado; y a Bartolomé Frasche le hicieron agujeros en los talones, a través de los que pusieron cuerdas; luego fue arrastrado así a la cárcel, donde sus heridas gangrenaron y así murió.

Magdalena de la Piere, perseguida por algunos de los soldados, fue finalmente apresada, despeñada y estrellada. Margarita Revelía y María Pravillerin, dos mujeres muy ancianas, fueron quemadas vivas; y Michael Bellino y Ana Bochardno fueron decapitados.

El hijo y la hija de un concejal de Giovanni fueron arrojados desde una fuerte pendiente, y dejados morir de inanición en un profundo hoyo al fondo. Una familia de un comerciante, él mismo, su mujer y un bebé en brazos, fueron echados por un precipicio y estrellados; y José Chairet y Pablo Camicro fueron despellejados vivos.

Al ser preguntado Cipriano Bustia si iba a renunciar a su religión y hacerse católico romano, éste contestó: «Prefiero renunciar antes a la vida, o volverme perro»; a esto contestó un sacerdote: «Por decir esto, renunciarás a la vida, y serás echado a los perros.» Así, lo arrastraron a la cárcel, donde quedó mucho tiempo sin alimento, hasta morir de inanición; después, echaron su cadáver a la calle delante de la cárcel, siendo devorado por los perros de la manera más horrorosa.

Margarita Saretta fue apedreada hasta morir, y luego echada al río; a Antonio Bartina le abrieron la cabeza, y a José Pont le abrieron el cuerpo de arriba abajo.

Estando Daniel María y toda su familia enferma con fiebre, varios desalmados papistas entraron en la casa, diciendo que eran médicos prácticos, y que les quitarían la enfermedad, lo que hicieron rompiéndoles las cabezas a todos los miembros de la familia.

A tres niñitos de un protestante llamado Pedro Fine los cubrieron de nieve y asfixiaron; a una viuda anciana llamada Judit la decapitaron; y a una hermosa joven la desnudaron y empalaron, matándola.

Lucía, mujer de Pedro Besson, y que estaba en avanzado estado de gestación, que vivía en los pueblos de los valles del Piamonte, decidió, si le era posible, huir de las terribles escenas que por todas partes contemplaba; tomó entonces sus dos pequeños, uno a cada mano, y se dirigió hacia los Alpes. Pero al tercer día del viaje le sobrevinieron los dolores de parto, y dio a luz a un niño que murió debido a la extrema inclemencia del tiempo, como también los otros dos hijos; porque los tres fueron hallados muertos a su lado, y ella agonizando, por la persona a la que relató los detalles anteriores.

A Francisco Gros, hijo de un clérigo, le cortaron lentamente la carne de su cuerpo en trozos pequeños, y luego se la pusieron en un plato delante de él, dos de sus hijos fueron hechos pedacitos delante de él; y su mujer fue atada a un poste, para que pudiera ver cómo hacían todas estas crueldades sobre su marido y sus hijos. Los atormentadores se cansaron finalmente de estas crueldades, les cortaron la cabeza al marido y a la mujer, y dieron luego la carne de toda la familia a los perros.

El señor Tomás Margher huyó a una cueva, cuya boca cegaron los soldados, y murió de hambre. Judit Revelin y Siete niños fueron bárbaramente asesinados en sus camas; y una viuda de cerca de ochenta años fue descuartizada por los soldados.

A Jacobo Roseno le ordenaron que orara a los santos, lo que rehusó en absoluto hacer; algunos de los soldados lo golpearon violentamente con garrotes para hacerle obedecer, pero siguió rehusando, por lo que varios de ellos le dispararon, alojándole muchas balas en el cuerpo. Mientras estaba agonizando, le chillaban: «¿Vas a rezar a los santos? ¿vas a rezar a los santos?», a lo que respondía: « ¡No! ¡No! ¡No! » Entonces uno de los soldados, con una espada de hoja ancha, le partió la cabeza en dos, poniendo fin a sus sufrimientos en este mundo, por los que indudablemente será gloriosamente recompensado en el venidero.

Susana Gaequin, una muchacha a la que un soldado intentaba violar, opuso una denodada resistencia, y en la lucha lo empujó por un precipicio, donde quedó destrozado por la caída. Sus camaradas, en lugar de admirar la virtud de la joven y de aplaudida por defender tan noblemente su castidad, se lanzaron sobre ella con sus espadas, y la despedazaron.

Giovanni PuIhus, un pobre campesino de La Torre, fue prendido por los soldados por protestante, y el marqués de la Pianesta ordenó que fuera ejecutado en un lugar cerca del convento. Al llegar a la horca, se acercaron varios monjes, e hicieron todo lo posible por persuadirle a renunciar a su religión. Pero les dijo que jamás abrazaría la idolatría, y que se sentía feliz de ser considerado digno de sufrir por el nombre de Cristo. Entonces le hicieron recordar cuanto sufrirían su mujer e hijos, que dependían de su trabajo, si él moría. A esto contestó: «Me gustaría que mi mujer e hijos, lo mismo que yo, consideraran antes sus almas más que sus cuerpos, y el mundo venidero antes que éste; y con respecto a la angustia en que las dejo, Dios es misericordioso, y proveerá para ellos mientras sean dignos de Su protección.» Al ver la inflexibilidad de este pobre hombre, los monjes gritaron: «¡Acaba con él, acaba con él!», lo que el verdugo hizo de inmediato; el cuerpo fue después despedazado y echado al río.

Pablo Clemente, anciano de la iglesia de Rossana, prendido por los monjes de un monasterio vecino, fue llevado a la plaza del mercado, donde algunos protestantes acababan de ser ejecutados por los soldados. Le mostraron los cadáveres, a fin de intimidarlo con el espectáculo. Al ver el sobrecogedor espectáculo, dijo, con calma: «Podéis matar el cuerpo, pero no podéis perjudicar el alma de un verdadero creyente; y acerca del terrible espectáculo que me habéis mostrado, podéis tener la seguridad de que la venganza de Dios alcanzará a los asesinos de estas pobres gentes, y los castigará por la sangre inocente derramada.» Los monjes se sintieron tan llenos de furor por esta contestación que ordenaron que lo ahorcaran en el acto; y mientras él colgaba, los soldados se divirtieron poniéndose a una distancia y empleando el cuerpo como blanco para sus disparos.

Daniel Rambaut, de Vilario, padre de una numerosa familia, fue prendido y llevado a prisión con varios otros, en la cárcel de Paysana. Aquí fue visitado por varios sacerdotes, que con una insistente importunidad hicieron todo lo posible por persuadido a renunciar a la religión protestante y hacerse papista. Pero rehusó rotundamente, y los sacerdotes, al ver su decisión, pretendieron sentir piedad por su numerosa familia, y le dijeron que podría con todo salvar la vida si afirmaba su creencia en los siguientes artículos:

1. La presencia real en la hostia.

2. La Transubstanciación.

3. El Purgatorio.

4. La infalibilidad del Papa.

5. Que las Misas dichas por los difuntos liberan almas del purgatorio.

6. Que rezar a los santos da remisión de pecados.

M. Rambaut dijo a los sacerdotes que ni su religión ni su entendimiento ni su conciencia le permitirían suscribir ninguno de estos artículos, por las siguientes razones:

1. Que creer en la presencia real en la hostia es una chocante unión de blasfemia e idolatría.

2. Que imaginar que las palabras de consagración llevan a cabo lo que los papistas llaman transubstanciación, convirtiendo el pan y el vino en el verdadero e idéntico cuerpo y sangre de Cristo, que fue crucificado, y que luego ascendió al cielo, es una cosa demasiado burda y absurda para que se la crea siquiera un niño que tuviera la más mínima capacidad de razonamiento; y que nada Sino la más ciega superstición podía hacer que los católicos romanos pusieran su confianza en algo tan ridículo.

3. Que la doctrina del purgatorio es más inconsecuente y absurda que un cuento de hadas.

4. Que era una imposibilidad que el Papa fuera infalible, y que el Papa se arrogaba de manera soberbia algo que sólo podía pertenecer a Dios como ser perfecto.

5. Que decir Misas por los muertos era ridículo, y sólo tenía la intención de mantener la creencia en la fábula del purgatorio, por cuanto la suerte de todos queda definitivamente decidida al partir el alma del cuerpo.

6. Que la oración a los santos para remisión de pecados es una adoración fuera de lugar, por cuanto los mismos santos tienen necesidad de la intercesión de Cristo. Así, por cuanto sólo Dios puede perdonar nuestros errores, deberíamos ir sólo a El por el perdón.

Los sacerdotes se sintieron tan enormemente ofendidos ante las respuestas de M. Rambaut a los artículos que ellos querían que suscribiera, que decidieron sacudir su resolución mediante el más cruel método imaginable. Ordenaron que le cortaran una articulación de los dedos de sus manos cada día hasta que se quedara sin ellos; luego pasaron a los dedos de los pies; luego alternativamente, le fueron cortando un día una mano, el otro día un pie; pero al ver que soportaba sus sufrimientos con la más admirable paciencia, fortalecido y resignado, y manteniendo su fe con una resolución irrevocable y una constancia inamovible, le apuñalaron en el corazón, y dieron su cuerpo como comida a los perros.

Pedro Gabriola, un caballero protestante de considerable alcurnia, fue apresado por un grupo de soldados; al negarse a renunciar a su religión, le colgaron una gran cantidad de bolsitas de pólvora por su cuerpo, y encendiéndolas lo volaron en pedazos.

A Antonio, hijo de Samuel Catieris, un pobre muchacho mudo totalmente inerme, lo despedazaron un grupo de soldados. Poco después los mismos desalmados entraron en casa de Pedro Moniriat, y cortaron las piernas a toda la familia, dejándolos que se desangran hasta morir, incapacitados para atenderse a sí mismos o unos a otros.

Daniel Benech fue prendido, le sajaron la nariz, le cortaron las orejas, y luego lo descuartizaron, colgando cada uno de los cuartos de un árbol. A María Monino le rompieron las mandíbulas, y luego la dejaron sufrir hasta morir de inanición.

Maria Pelanchion, una hermosa viuda, vecina de la ciudad de Vilario, fue prendida por un pelotón de las brigadas irlandesas, que, tras apalearla cruelmente, la violaron, la arrastraron a un alto puente que cruzaba el río, y la desnudaron de la manera más indecente, la colgaron por las piernas al puente, cabeza abajo, y luego, entrando en barcas, dispararon contra ella como blanco hasta que murió.

María Nigrino y su hija, que era retrasada mental, fueron despedazadas en los bosques, y sus cuerpos dejados como pasto de las fieras; Susana Bales, una viuda de Vilario, fue emparedada, muriendo de hambre. Susana Calvio trató de huir de algunos soldados y se ocultó en un granero. Ellos entonces eneendieron la paja y la quemaron.

Pablo Armand fue cortado en pedazos; un niño llamado Daniel Bextino fue quemado; A Daniel Michialino le arrancaron la lengua, y fue dejado morir en esta condición; y Andreo Bertino, un anciano de edad muy avanzada, que era cojo, fue mutilado de la manera más horrenda, y al final destripado, y sus entrañas llevadas en la punta de una alabarda.

A Constancia Bellione, una dama protestante apresada debido a su fe le preguntó un sacerdote si iba a renucciar al diablo e ir a Misa; a esto ella contestó: «Yo fui criada en una religión por la que se me enseñó siempre a renunciar al diablo; pero si accediera a vuestros deseos y fuera a Misa, seguramente lo encontraría allí bajo diversas apariencias. El sacerdote se enfureció por estas palabras y le dijo que se retractara o sufriría cruelmente. La dama, sin embargo, le dijo valerosamente que a pesar de todos los sufrimientos que pudiera infligirla o de todos los tormentos que inventara, ella mantendría su conciencia pura y su fe inviolada. El sacerdote ordenó entonces que cortaran tajadas de su carne de varias partes de su cuerpo, crueldad que ella soportó con la paciencia más inusitada, sólo diciéndole al sacerdote: «¡Qué horrorosos y duraderos tormentos sufrirás tú en el infierno por los pobres y pasajeros dolores que ahora yo siento.» Exasperado por sus palabras, y queriendo cerrarle la boca, el sacerdote ordenó a un pelotón de mosqueteros que se aproximaran y dispararan sobre ella, con lo que pronto murió, sellando su martirio con su sangre.

Por rehusar cambiar de religión y abrazar el papismo, una joven llamada Judit Mandon fue encadenada a una estaca, y se dedicaron a lanzarle palos desde una distancia, de la misma manera que la bárbara costumbre que se practicaba antes en los martes de Carnaval, del llamado lanzamiento contra rocas. Con este inhumano proceder, los miembros de la pobre muchacha fueron golpeados y mutilados de manera terrible, y finalmente uno de los garrotes le partió el cráneo.

David Paglia y Pablo Genre, que intentaban escapar a los Alpes, cada uno de ellos con su hijo, fueron perseguidos y alcanzados por los soldados en una gran llanura. Allí, para divertirse, los cazaron, pinchándolos con sus espadas y persiguiéndolos hasta que cayeron rendidos de fatiga. Cuando vieron que estaban agotados y que ya no les podían dar más satisfacción, los soldados los despedazaron y dejaron sus cuerpos mutilados en el lugar.

Un joven de Bobbio, llamado Miguel Greve, fue prendido en la ciudad de La Torre, y llevado al puente, fue echado al río. Como podía nadar muy bien, se dirigió río abajo, pensando que podría escapar, pero los soldados y la turba le siguieron por ambos lados del río, apedreándole de continuo, hasta que, recibiendo un golpe en la sien, perdió el conocimiento, y se hundió, ahogándose.

A David Armand le ordenaron que pusiera la cabeza sobre un bloque de madera, y un soldado, con un mazo, le partió el cráneo. David Baridona, prendido en Vilario, fue llevado a La Torre, donde, al negarse a renunciar a su religión, fue atormentado encendiéndole cerillas de azufre atadas entre sus dedos de las manos y de los pies. Después le arrancaron las carnes con tenazas al rojo vivo, hasta que expiró. Giovanni Barolina y su mujer fueron echados a un estanque de agua y obligados a mantener la cabeza bajo el agua, por medio de horcas y piedras, hasta que quedaron ahogados.

Varios soldados fueron a la casa de José Garniero, y antes de entrar dispararon contra la ventana, para avisar de su llegada. Una bala de mosquete dio en uno de los pechos de la señora de Gamiero mientras estaba dando de mamar a un bebé con el otro. Al descubrir sus intenciones, les rogó desgarradoramente que perdonaran la vida al bebé, lo que hicieron, enviándolo de inmediato a una nodriza católica romana. Luego tomaron al marido y lo colgaron de su propia puerta, y pegándole un tiro a la mujer en la cabeza, la dejaron bañada en su sangre, y a su marido colgado del cuello.

Un anciano llamado Isaías Mondon, piadoso protestante, huyó de los inmisericordes perseguidores refugiándose en una grieta en una peña, donde sufrió las más terribles privaciones; en medio del invierno se vio obligado a yacer sobre la desnuda piedra, sin nada con que cubrirse; se alimentaba de raíces que podía arrancar cerca de su mísero habitáculo; y la única forma en que podía procurarse bebida era ponerse nieve en la boca hasta que se fundía. Sin embargo, hasta aquí le encontraron algunos de los inhumanos soldados, que, tras golpearle implacablemente, lo llevaron hacia Lucerna, aguijoneándole con la punta de sus espadas. Sumamente debilitado por sus pasadas circunstancias, y agotado por los golpes recibidos, cayó en el camino. Ellos comenzaron otra vez a golpearle para obligarle a seguir, pero él, de rodillas, les imploró que pusieran fin a sus sufrimientos dándole muerte. Al final accedieron a ello, y uno de ellos, adelantándose hacia él, le descerrajó un tiro en la cabeza con una pistola, diciendo: «¡Toma, hereje, aquí tienes lo que has pedido!»

María Revol, una digna protestante, recibió un disparo en la espalda mientras caminaba por una calle. Cayó al suelo herida, pero, recobrando suficientes fuerzas, se puso sobre sus rodillas, y, levantando sus manos al cielo, oró de la manera más ferviente al Todopoderoso; entonces varios de los soldados, cerca de ella, le dispararon a discreción, alcanzándola muchas balas, poniendo fin en el acto a sus sufrimientos.

Varios hombres, mujeres y niños se ocultaron en una gran cueva, donde permanecieron a salvo durante varias semanas. Era costumbre que dos de los hombres salieran cuando fuera necesario, para procurarse provisiones a escondidas. Pero un día fueron vistos, y la cueva descubierta, y poco después apareció delante de la boca de la cueva una tropa católica. Los papistas que se habían congregado allí en aquella ocasión eran vecinos y conocidos íntimos de los protestantes en la cueva; y algunos eran incluso parientes. Por ello, los protestantes salieron y les imploraron, por los lazos de la hospitalidad, por los vínculos de la sangre, y como viejos conocidos y vecinos, que no los asesinaran. Pero la superstición vence a todos los sentimientos naturales y humanos, y los papistas, cegados por el fanatismo, les dijeron que no podían mostrar gracia alguna a los herejes, y por ello, que debían prepararse para morir. Al oír esto, y conociendo la asesina obstinación de los católicos romanos, los protestantes se postraron, levantando las manos y los corazones al cielo, orando con gran sinceridad y fervor, y luego se echaron sobre el suelo, esperando pacientes su suerte, que pronto quedó sellada, porque los papistas se echaron sobre ellos con furia salvaje, y, cortándolos a trozos, dejaron los mutilados cuerpos y miembros en la cueva.

Giovanni Salvagiot pasaba delante de una iglesia católica romana y no se descubrió; fue seguido por algunos de la congregación que, echándose sobre él, lo asesinaron; y Jacobo Barrel y su mujer, hechos presos por el conde de St Secondo, uno de los oficiales del duque de Saboya, fueron entregados a la soldadesca, que le cortaron los pechos a la mujer, la nariz al hombre, y luego los remataron con un balazo en la cabeza.

Un protestante llamado Antonio Guigo, que estaba vacilando, fue a Periero, con la intención de renunciar a su religión y de abrazar el papismo. Comunicando su designio a algunos sacerdotes, estos lo encomiaron mucho, y fijaron un día para su retractación pública. Mientras tanto, Antonio se hizo consciente de su perfidia, y su conciencia le atormentó de tal manera, día y noche, que decidió no retractarse, sino huir. Habiendo emprendido la fuga, pronto fue echado en falta, y fue perseguido y aprehendido. Las tropas, por el camino, hicieron todo lo posible por volverlo de nuevo a su designio de retractarse, pero al ver que sus esfuerzos eran inútiles, lo golpearon violentamente en el camino, y, llegando cerca de un precipicio, aprovechó la oportunidad, saltando y estrellándose.

Un caballero protestante sumamente rico, de Bobbio, provocado una noche por la insolencia de un sacerdote, le contestó con gran dureza; entre otras cosas le dijo que el Papa era Anticristo, la Misa una idolatría, el Purgatorio una farsa y la absolución una trampa. Para vengarse, el sacerdote contrató a cinco bandidos que aquella misma noche irrumpieron en casa del caballero y se apoderaron de él con violencia. Este caballero se asustó terriblemente, y les imploró gracia de rodillas, pero los bandidos le dieron muerte sin vacilación


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