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Capítulo VI (Parte IV)
Historia de las persecuciones en Italia bajo el papado

 

Los comandantes protestantes, habiendo convocado un consejo de guerra, resolvieron lanzar un ataque contra la ciudad de La Torre.

Los papistas, conocedores de estas intenciones, mandaron algunas tropas para defender el desfiladero por el que los protestantes tenían que pasar; pero fueron derrotados, obligados a abandonar el paso, y forzados a retirarse a La Torre.

Los protestantes prosiguieron con su marcha, y las tropas de La Torre, al verlas llegar, hicieron una enérgica salida, pero fueron rechazados con grandes pérdidas, viéndose obligados a refugiarse en la ciudad. Los gobernadores pensaron ahora sólo en defender la plaza, que los protestantes comenzaron a atacar formalmente. Pero después de muchos valientes intentos y furiosos ataques, los comandantes decidieron abandonar la empresa por varias, razones; entre ellas, que la ciudad misma estaba muy fortificada, que sus propios números eran insuficientes, y que su cañón no era adecuado para la tarea de abrir brecha en las murallas.

Habiendo tomado esta decisión, los comandantes protestantes comenzaron una retirada maestra, llevándola a cabo con tal orden que el enemigo no se atrevió a perseguirlos ni a hostigar su retaguardia al pasar los desfiladeros, cosa que hubieran podido emprender.

Al siguiente día convocaron el ejército, pasaron revista y vieron que el total de sus hombres ascendía a cuatrocientos noventa. Entonces celebraron un consejo de guerra y decidieron una empresa más fácil: atacar la comunidad de Crusol, un sitio habitado por varios de los más fanáticos católicos romanos, y que durante las persecuciones habían cometido las crueldades más inauditas contra los protestantes.

La gente de Crusol, al conocer las intenciones en contra de ellos, huyeron a una fortaleza cercana, emplazada en una peña, donde los protestantes no podían atacarlos, porque con muy pocos hombres podía cerrarse el paso a un ejército numeroso. Así, salvaron sus vidas, pero se tomaron demasiada prisa para salvar sus bienes, cuya parte principal, por otra parte, era botín tomado a los protestantes, y que ahora, afortunadamente, volvió a la posesión de sus legítimos dueños. Consistía en muchos y valiosos artículos, y lo que era mucho más importante en aquellos momentos, de una gran cantidad de pertrechos militares.

El día después que los protestantes se fueran con su botín, llegó una tropa de ochocientos soldados para ayudar al pueblo de Crusol, que habían sido mandados desde Lucerna, Biqueras, Cavors, etc. Pero al ver que habían llegado demasiado tarde, y que la persecución sería inútil, a fin de no volverse con las manos vacías comenzaron a saquear los pueblos vecinos, aunque lo arrebatasen a sus amigos. Después de haber recogido un considerable botín, comenzaron a repartírselo, pero, no estando de acuerdo con las partes que se habían distribuido, pasaron de las palabras a los golpes, cometieron muchas tropelías unos contra otros, y se saquearon mutuamente.

El mismo día en que los protestantes conseguían su éxito en Crusor, algunos papistas se pusieron en marcha con el designio de saquear y quemar el pequeño pueblo protestante de Rocappiatta, pero por el camino se encontraron con las fuerzas protestantes de los capitanes Jahier y Laurentio, que estaban apostadas sobre el monte de Angrogne. Comenzó una pequeña escaramuza, porque los católicos romanos, al primer ataque, fueron presas de la mayor contusión, y fueron perseguidos con gran degollina. Después de acabar la persecución, algunas tropas papistas rezagadas se encantaron con un pobre campesino protestante, y lo tomaron, le ataron una cuerda alrededor de la cabeza, y la tensaron hasta aplastársela.

El capitán Gianavel y el capitán Jahier concertaron juntos un plan para atacar Lucerna; pero al no llegar el capitán Jahier con sus fuerzas en el momento señalado, el capitán Gianavel decidió acometer la empresa por si solo.

Por ello, se dirigió a marchas forzadas hacia aquel lugar durante toda la noche, y se apostó cerca de ella al romper el alba. Su primera acción fue cortar las tuberías que llevaban el agua a la ciudad, y luego demoler el puente, siendo que sólo por él podían introducirse provisiones desde el campo.

Luego asaltó el lugar, y se apoderó rápidamente de dos posiciones avanzadas; pero al ver que no podía hacerse dueño de la ciudad, se retiró prudentemente sufriendo muy pocas pérdidas, pero echándole la culpa al capitán Jahier por el fracaso de esta empresa.

Siendo informados los papistas de que el capitán Gianavel estaba en Agrogne con sólo su propia compañía, decidió sorprenderle si era posible. Con vistas a esto, reunió un gran número de tropas procedentes de La Torre y de otros lugares. Una parte de esta tomó la cumbre de una montaña, bajo la cual estaba él acuartelado; y la otra parte trató de tomar la puerta dc San Bartolomé.

Los papistas creían que iban de cierto a apoderarse del capitán Gianavel y de todos sus hombres, por cuanto sólo eran trescientos, y su fuerza ascendía a dos mil quinientos. Pero su designio fue providencialmente frustrado, porque uno de los soldados papistas fue tan imprudente como para dar un toque de corneta antes de que fuera dada la señal para el ataque. El capitán Giavanel dio entonces la alarma, y dispuso su pequeño grupo en una posición tan ventajosa junto a la puerta de San Bartolomé y del desfile por el que el enemigo había de descender de las montañas, que las tropas católico-romanas fracasó en ambos ataques, y fueron rebasadas con grandes pérdidas.

Poco después, el capitán Jahier acudió a Angrogne y unió sus fuerzas a las del capitán Giavanel, dando razones suficientes para excusar su ya mencionada falta de asistencia. El capitán Jahier emprendió ahora algunas salidas secretas con gran éxito, seleccionando siempre a las tropas más activas, tanto de Giavanel como de las suyas propias. Un día se puso a la cabeza de cuarenta y cuatro hombres, para emprender una expedición, cuando, al entrar en una llanura cerca de Osaae, se vio de repente rodeado por un gran escuadrón de caballería. El capitán Jahier y sus hombres lucharon desesperadamente, aunque abrumados por los números, y dieron muerte al comandante en jefe, a tres capitanes y a cincuenta y siete soldados del enemigo. Pero muerto el mismo capitán Jahier, con treinta y cinco de sus hombres, el resto se rindió. Uno de los soldados le cortó la cabeza al capitán Jahier, y llevándola a Turín la presentó al duque de Saboya, que le recompensó con seiscientos ducados.

La muerte de este caballero fue una pérdida señalada para los protestantes, porque era un verdadero amigo y compañero de la Iglesia reformada. Poseía un espíritu de lo más valeroso, de manera que ningunas dificultades podían arredrarle de llevar a cabo una empresa, ni ningunos peligros atemorizarlo en su ejecución. Era piadoso sin afectación, y humano sin debilidad; valiente en el campo de batalla; manso en la vida doméstica, de un genio penetrante, activo de espíritu, y resuelto en todo lo que emprendía.

Para añadir a las aflicciones de los protestantes, el capitán Gianavel fue herido poco después de manera tan grave que se vio obligado a guardar cama. Pero ellos sacaron fuerza de flaquezas, y decidiendo no permitir que sus espíritus quedaran abatidos atacaron un cuerpo de tropas papistas con gran intrepidez; los protestantes eran muy inferiores en números, pero lucharon con más resolución que los papistas, y al final los pusieron en fuga con una considerable degollina. Durante esta acción, un sargento llamado Miguel Bertino fue muerto; entonces su hijo, que estaba cerca detrás de él, saltó en su lugar y dijo: «Yo he perdido a mi padre, pero tened valor, compañeros de milicia: ¡Dios es padre de todos nosotros!»

También tuvieron lugar varias escaramuzas entre las tropas de La Torre y Tagliaretto por una parte, y las protestantes por la otra, que en general vieron la victoria de las armas protestantes.

Un caballero protestante llamado Andrion levantó un regimiento de caballería, y se puso él al mando del mismo. El señor Juan Leger persuadió a un gran número de protestantes para que se constituyeran en compañías voluntarias, y un excelente oficial formó a varios grupos de tropas ligeras. Estos, uniéndose a los restos de las tropas protestantes veteranas (porque muchos habían muerto en las varias batallas, escaramuzas, sitios, etc.) se convirtieron en un ejército de consideración, que los oficiales consideraron oportuno acampar cerca de St. Giovanni.

Los comandantes católico-romanos, alarmados ante la formidable presencia y creciente aumento de las fuerzas protestantes, decidieron desalojarlos, si era posible, de su campamento. Con este propósito, movilizaron una gran fuerza, consistente en la parte principal de las guarniciones de las ciudades católico-romanas, de las brigadas irlandesas, una gran cantidad de regulares enviados por el marqués de Pianessa, las tropas auxiliares, y compañías independientes.

Estas tropas, ya combinadas, acamparon cerca de los protestantes, y pasaron varios días celebrando consejos de guerra, y discutiendo acerca de la mejor manera de proceder. Algunos estaban a favor de devastar la región, para sacar a los protestantes de su campamento; otros, por esperar pacientemente a ser atacados; unos terceros, por asaltar el campamento protestante, y tratar de adueñarse de todo lo que hubiera en él.

La opinión de estos últimos prevaleció, y a la mañana después de haber sido tomada la resolución, fue puesta en ejecución. Las tropas católico-romanas fueron por tanto separadas en cuatro divisiones, tres de las cuales debían lanzar un ataque en diferentes lugares, y la cuarta quedar como cuerpo de reserva para actuar según lo dictaran las necesidades.

Uno de los oficiales católico-romanos hizo esta arenga a sus hombres antes de lanzar su ataque:

«Soldados y compañeros, vais ahora a entrar en una gran acción que os dará fama y riquezas. Los motivos para que actuéis con ánimo son también de enorme importancia: por una parte, el honor de mostrar vuestra lealtad a vuestro soberano; por otra, el placer de derramar sangre hereje, y finalmente la perspectiva de saquear el campamento protestante. Así que, mis valientes soldados, lanzaos sin cuartel, matad a todos los que encontréis, y tomad todo aquello que halléis.»

Después de este inhumano discurso comenzó la batalla, y el campamento protestante fue atacado desde tres lados con una furia inconcebible. La lucha se mantuvo con gran obstinación y perseverancia por ambos lados, continuando sin interrupciones por espacio de cuatro horas, porque las varias compañías de ambos lados se relevaban de manera alternada, y por este medio mantuvieron la lucha sin cesar durante toda la batalla.

Durante el enfrentamiento de los ejércitos principales, se envió un destacamento del cuerpo de reserva para atacar el puesto de Castelas, que, si los papistas hubieran triunfado, les habría dado el control de los valles de Perosa, St. Martino y Lucerna; pero fueron rechazados con graves pérdidas y obligados a volver al cuerpo de reserva, desde el que habían sido enviados.

Poco después del regreso de este destacamento, las tropas católico-romanas, viéndose abrumadas en la batalla principal, enviaron a pedir que el cuerpo de reserva viniera en su auxilio. Estos marcharon de inmediato en su ayuda, y por algún tiempo después la situación estuvo dudosa. Pero al fin prevaleció el valor de los protestantes, y los papistas fueron totalmente rechazados, con la pérdida de más de trescientos hombres muertos, y muchos más heridos.

Cuando el Síndico de Lucerna, que era desde luego un papista, pero no un fanático, vio el gran número de heridos traídos a la ciudad, exclamó: «¡Ah! ¡Creía yo que los lobos solían comerse a los herejes, pero ahora veo que los herejes se comen a los lobos! » Al enterarse el comandante en jefe católico, M. Marolles, de estas palabras, le envió una carta muy dura y amenazadora al Sindico, que se sintió tan aterrado que de temor cayó en unas fiebres, y murió al cabo de pocos días.

Esta gran batalla fue librada justo antes de recoger la cosecha, y entonces los papistas, exasperados por su derrota, decidieron, a modo de venganza, esparcirse de noche en bandas separadas por los mejores campos de trigo de los protestantes, y prenderles fuego desde múltiples puntos. Pero algunos de estos grupos merodeadores sufrieron por su conducta: los protestantes, avisados durante la noche por el resplandor del fuego entre el trigo, persiguieron a los fugitivos al romper el alba, alcanzando a muchos y dándoles muerte. Como represalia, el capitán protestante Bellin fue con un cuerpo de tropas ligeras, y quemó los suburbios de La Torre, retirándose después con muy pocas pérdidas.

Pocos días después, el capitán Bellin, con un grupo mucho mayor de tropas, atacó la misma ciudad de La Torre, y haciendo una brecha en la pared del convento, introdujo a sus hombres, conduciéndolos a la ciudadela y quemando tanto la ciudad como el convento. Después de haber hecho esto, efectuaron una retirada ordenada, porque no pudieron reducir la ciudadela por falta de un cañón.


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