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Capítulo VI (Parte V)
Historia de las persecuciones en Italia bajo el papado

 

Una relación de las persecuciones contra el español Miguel de Molinos

Miguel de Molinos, español perteneciente a una rica y honorable familia, entró, de joven, en el orden sacerdotal, pero no quiso aceptar ninguna renta de la Iglesia. Poseía grandes capacidades naturales, que dedicó al servicio de sus semejantes, sin esperar ningún emolumento para sí mismo. Su manera de vivir era piadosa y uniforme; y desde luego no practicaba aquellas austeridades que eran comunes entre los órdenes religiosos de la Iglesia de Roma.

Siendo de talante contemplativo, siguió la huella de los teólogos místicos, y habiendo adquirido gran reputación en España, y deseoso de propagar su sublime forma de devoción, dejó su país y se instaló en Roma. Aquí pronto conectó con algunos de los más distinguidos entre los literatos, que tanto encomiaron sus máximas religiosas, que se unieron a él para propagarlas; en poco tiempo obtuvo un gran número de seguidores, que, por la forma sublime de su religión, fueron distinguidos con el nombre de Quietistas.

En 1675, Molinos publicó un libro titulado «II Guida Spirituale», en el que aparecían unas cartas de recomendación de varias personalidades. Una de ellas era el arzobispo de Reggio; otra, del general de los Franciscanos; y una tercera, del Padre Martín de Esparsa, un Jesuita que había sido profesor de teología en Salamanca y en Roma.

Tan pronto como el libro fue publicado, fue ampliamente leído y encomiado, tanto en Italia como en España; esto hizo crecer tanto la reputación del autor que su amistad era codiciada por las más respetables personalidades. Mucha gente le escribía cartas, por lo que estableció una correspondencia con los que aceptaban su método en diversas partes de Europa. Algunos sacerdotes seculares, tanto en Roma como en Nápoles, se declararon abiertamente en su favor, y le consultaban en numerosas ocasiones, como a un oráculo. Pero los que se adhirieron a él con la mayor sinceridad eran varios de los padres del Oratorio; de manera particular tres de los más eminentes, Caloredi, Ciceri y Petrucci. Muchos de los cardenales cortejaban también su compañía, y se consideraban felices por contarse entre sus amigos. Los más distinguidos entre ellos era el Cardenal d'Estrecs, hombre de gran erudición, que aprobaba tanto las máximas de Molinos que estableció una estrecha relación con él. Conversaban a diario, y a pesar de la desconfianza que los españoles sienten naturalmente hacia los franceses, Molinos, que era sincero en sus principios, abrió su mente sin reservas al cardenal; por este medio, Molinos estableció una correspondencia con algunos distinguidos personajes en Francia.

Mientras Molinos estaba trabajando así para propagar su manera religiosa, el Padre Petrucci escribió varios tratados acerca de la vida contemplativa; pero mezcló en ellos tantas reglas para las devociones de la Iglesia de Roma que mitigaron la censura en que hubiera incurrido en otro caso. Fueron escritas principalmente para uso de las monjas, y por ello el sentido se expresaba en un estilo de lo más fácil y familiar.

Molinos alcanzó finalmente tal reputación que los Jesuitas y Dominicos comenzaron a alarmarse mucho, y decidieron parar el progreso de este método. Para ello, era necesario denunciar a su autor, y como la herejía es lo que causa la más fuerte impresión en Roma, Molinos y sus seguidores fueron tildados de herejes. También algunos de los Jesuitas escribieron libros contra Molinos y su método; pero todos ellos fueron contestados con vehemencia por Molinos.

Estas disputas causaron tal perturbación en Roma que todo el asunto cayó bajo la atención de la Inquisición. Molinos y su libro, y el Padre Petrueci con sus tratados y cartas, fueron puestos bajo un severo examen; y los Jesuitas fueron considerados como los acusadores. Uno de los miembros de la sociedad, desde luego, había aprobado el libro de Molinos, pero el resto se cuidaron de que no se le volviera a ver por Roma. En el curso del examen tanto Molinos como Pettruci se defendieron tan bien que sus libros fueron de nuevo aprobados, y las respuestas que los Jesuitas habían escrito fueron censuradas como escandalosas.

La conducta de Petrucci en esta ocasión fue tan aprobada que no sólo hizo crecer el crédito de su causa, sino sus propios emolumentos; porque poco después fue hecho obispo de Jesis, lo que fue una declaración hecha por el Papa en su favor. Sus libros fueron ahora más estimados que nunca, su método fue tanto más seguido, y la novedad del mismo, con la nueva aprobación dada tras una acusación tan vigorosa por parte de los Jesuitas, contribuyó tanto más a aumentar su crédito y a aumentar el número de sus partidarios.

La conducta del Padre Petrucci en su nueva dignidad contribuyó en gran manera a aumentar su reputación, de modo que sus enemigos no estaban dispuestos a seguirle molestando; además, había menos razones de censura en sus libros que en los de Molinos. Algunos pasajes en los de este último no estaban expresados con tanta precaución, sino que daba lugar a que se pudieran expresar objeciones; mientras que por otra parte Petrucci se expresaba de manera tan plena que eliminaba fácilmente las objeciones hechas a algunas partes de su obra.

La gran reputación adquirida por Molinos y Petrucci fue la causa del aumento diario de los Quietistas. Todos los que eran considerados como sinceramente devotos, o al menos afectaban serlo, eran contados entre ellos. Si se observaba que estas personas se volvían más estrictas en cuanto a su vida y a sus devociones mentales, parecían sin embargo tener menos celo en toda su conducta en las cuestiones de las ceremonias litúrgicas. No eran tan asiduos a la Misa, ni tan prontos a hacer decir Misas por sus amigos; tampoco frecuentaban tanto la confesión ni las procesiones.

Aunque la nueva aprobación dada al libro de Molinos por la Inquisición había detenido las acciones de sus enemigos, seguían ellos sin embargo manteniendo un mortal odio contra él en sus corazones, y estaban decididos a destruirle si era posible. Insinuaron que tenía malas intenciones, y que era de corazón un enemigo de la religión cristiana; que bajo la pretensión de llevar a los hombres a sublimes alturas de devoción, quería quitar de sus mentes e] sentido de los misterios del cristianismo. Y por cuanto era español, sugirieron que descendía de una raza judía o mahometana, y que podía llevar en su sangre, o en su primera educación, algunas semillas de aquellas religiones que había desde entonces cultivado con no menos arte que celo. Esta última calumnia caló poco en Roma, aunque se dice que se envió una orden para examinar los registros del lugar donde Molinos había sido bautizado.

Molinos, viéndose atacado tan vigorosamente, y con la más implacable malicia, adoptó todas las precauciones necesarias para impedir que se diera crédito a estas imputaciones. Escribió un tratado titulado «Comunión Frecuente y Diaria», que recibió asimismo la aprobación de los clérigos romanistas más distinguidos. Esto fue imprimido con su Guía Espiritual, en el año 1675; y en el prefacio al mismo declaraba que no lo habla escrito con designio alguno de entablar controversia, sino que lo había hecho por las intensas demandas de muchas personas piadosas.

Los Jesuitas, fracasados en sus intentos de aplastar el poder de Molinos en Roma, apelaron a la corte de Francia, donde, en poco tiempo, lograron tal éxito que el Cardenal d'Estrees recibió la orden que le mandaba que persiguiera a Molinos con todo el rigor posible. El cardenal, aunque estrechamente ligado a Molinos, decidió sacrificar todo lo sagrado de la amistad ante la voluntad de su amo. Sin embargo, al ver que no había razones suficientes para una acusación contra él, resolvió suplir él mismo aquella carencia. Así, se dirigió a los inquisidores, y les dio informes acerca de varios particulares, no sólo acerca de Molinos, sino también de Petrucci, siendo los dos, junto con varios de sus amigos, entregados a la Inquisición.

Cuando fueron hechos comparecer delante de los inquisidores (lo que tuvo lugar al comienzo del año 1684) Petrucci respondió a las preguntas que se le formularon con tanta prudencia y templanza que pronto lo dejaron suelto; y aunque el interrogatorio de Molinos fue mucho más largo, se esperaba de manera generalizada que sería también soltado; pero no fue así. Aunque los inquisidores no disponían de ninguna acusación justa contra él, sin embargo extremaron todos los cuidados por encontrarlo culpable de herejía. Primero objetaron a que tuviera correspondencia con diferentes partes de Europa; pero fue absuelto de esto, por cuanto no pudieron convenir en criminal el contenido de aquella correspondencia. Luego dirigieron su atención a algunos papeles sospechosos hallados en su cámara; pero Molinos explicó de manera tan clara el significado de los mismos que no pudieron ser empleados en contra suya. Por último, el Cardenal d'Estrees, después de mostrar la orden que le había enviado el rey de Francia para perseguir a Molinos, dijo que podía demostrar más de lo necesario contra él para convencerlos de que era culpable de herejía. Para ello, pervirtió el significado de algunos pasajes en los libros y papeles de Molinos, y relató muchas circunstancias falsas y agravantes relativas al preso. Reconoció que había vivido con él bajo la apariencia de una amistad, pero dijo que esto sólo había tenido como objeto descubrir sus principios e intenciones; que los había hallado malos en su naturaleza, y que de ellos debían derivarse consecuencias peligrosas; pero, a fin de dejarlo totalmente a descubierto, había asentido a diversas cosas que en realidad detestaba en su corazón; que por estos medios entró en el secreto de Molinos, pero decidió no tomar acción alguna hasta que surgiera una oportunidad apropiada para aplastarlo a él y a sus seguidores.

Como consecuencia de la evidencia de d'Estrees, Molinos fue estrechamente confinado por la Inquisición, donde prosiguió durante algún tiempo, tiempo en el que todo se mantuvo en paz, y sus seguidores prosiguieron con su método sin interrupción. Pero repentinamente los Jesuitas decidieron extirparlos, y se desató una tormenta extremadamente violenta.

El Conde Vespiniani y su esposa, Don Paulo Rochi, confesor de la familia Borghese, y algunos de su familia, fueron con algunos otros (en total setenta personas) prendidos por la Inquisición; entre ellos había algunos altamente estimados por su erudición y piedad. La acusación presentada contra el clero era el de su descuido en decir el breviario; al resto se les acusaba de ir a Comunión sin asistir primero a confesión. En una palabra, se argumentaba que negligían todas las partes exteriores de la religión, dándose enteramente a la soledad y a la oración interior.

La Condesa Vespiniani se comportó de una manera muy desacostumbrada en su interrogatorio ante los inquisidores. Les dijo que ella jamás había revelado su método de devoción a ningún mortal más que a su confesor, y que era imposible que ellos lo supieran sin que él les hubiera revelado el secreto; que por ello mismo ya era hora de dejar de ir a confesión, si los sacerdotes la empleaban para esto, para descubrir a otros los más secretos pensamientos que se les revelaban; y que ella, desde ahora en adelante, sólo se confesaría a Dios.

Por causa de este animoso discurso, y por el gran tumulto causado por causa de la situación de la condesa, los inquisidores juzgaron más prudente liberarla a ella y a su marido, para que el pueblo no se amotinara, y para que lo que ella decía no fuera a aminorar el crédito de la confesión. Ambos, pues, fueron liberados, pero quedando obligados a comparecer siempre que fueran llamados.

Además de los ya mencionados, tal era el aborrecimiento de los Jesuitas contra los Quietistas, que en el período de un mes más de doscientas personas fueron apresadas por la Inquisición; y este método de devoción que había sido considerado en Italia como el más elevado al que los mortales pudieran aspirar, fue considerado herético, y sus principales promotores encerrados en míseras mazmorras.

A fin de extirpar el Quietismo, si fuera posible, los inquisidores enviaron una carta circular al Cardenal Cibo, como ministro principal, para que la dispersara por toda Italia. Iba dirigida a todos los prelados, y les informaba de que, por cuanto había muchas escuelas y fraternidades establecidas en muchos lugares de Italia en las que algunas personas, bajo la pretensión de conducir a la gente en los caminos del Espíritu, y a la oración apacible, instilaban en ellos muchas abominables herejías, se daba por ello orden estricta de disolver tales sociedades, y para obligar al guía espiritual a que andara por los caminos conocidos; y en particular, a que tuvieran cuidado de que no se permitiera a nadie de esta clase que dirigiera convento alguno de monjas. También se dieron órdenes semejantes de proceder por vía judicial contra aquellos que fueran hallados culpables de estos abominables errores.

Después de esto se llevó a cabo una estricta indagación en todos los conventos de monjas de Roma, donde se descubrió que la mayor parte de sus directores y confesores estaban entregados a este nuevo método. Se descubrió que los Carmelitas, las monjas de la Concepción y las de varios otros conventos estaban totalmente entregadas a la oración y a la contemplación, y que en lugar de emplear el rosario y las otras devociones a los santos o a las imágenes, estaban en mucha soledad, y a menudo en el ejercicio de la oración mental; y al preguntárseles por qué habían dejado de lado el uso de sus rosarios de sus antiguas formas de devoción, la respuesta que dieron fue que así las habían aconsejado sus directores. La Inquisición, con esta información, ordenó que todos los libros escritos en la misma tendencia que los de Molinos y Petrucci les fueran quitados, y que se las obligara a volver a sus formas anteriores de devoción.

La carta circular enviada al Cardenal Cibo no produjo grandes efectos, porque la mayoría de los obispos italianos estaban inclinados en favor del método de Molinos. El propósito era que esta orden, así como las otras de la Inquisición, fuera mantenida en secreto; pero a pesar de todos sus cuidados se imprimieron copias de la misma, y fueron dispersadas por la mayor parte de las principales ciudades de Italia. Esto causó mucha desazón a los inquisidores, que empleaban todos los métodos que podían para ocultar sus procedimientos a los ojos del mundo. Ellos acusaron al cardenal, acusándolo de ser la causa de ello; pero él les devolvió la acusación, y su secretario les dio la culpa a ambas partes.

Durante estos sucesos, Molinos sufrió grandes indignidades de parte de los oficiales de la Inquisición, y el único consuelo que recibió fue recibir en ocasiones las visitas del Padre Petrucci.

Aunque había tenido la mayor reputación en Roma durante algunos años, ahora era tan menospreciado como antes había sido admirado, y era en general considerado como uno de los peores herejes.

Habiendo abjurado la mayor parte de los seguidores de Molinos que habían sido apresados por la Inquisición, fueron liberados. Pero una suerte más dura aguardaba a Molinos, el líder de ellos.

Después de haber pasado un tiempo considerable en la cárcel, fue finalmente hecho comparecer ante los inquisidores, para que diera cuenta de varias cuestiones que se aducían contra él en base de sus escritos. Tan pronto como apareció ante el tribunal, le pusieron una cadena alrededor de su cuerpo, y un cirio en una mano, y luego dos frailes leyeron en voz alta los artículos de acusación. Molinos respondió a cada uno de ellos con gran firmeza y resolución; y a pesar de que sus argumentos deshacían totalmente el sentido de las acusaciones, fue hallado culpable de herejía, y condenado a cadena perpetua.

Cuando dejó el tribunal iba acompañado por un sacerdote que le había dado las mayores muestras de respeto. Al llegar a la cárcel entró serenamente en la celda que le había sido asignada; al despedirse del sacerdote, se dirigió así a él: «Adiós, padre; ya nos volveremos a ver en el Día del Juicio, y luego se verá de qué lado está la verdad, si del mío, o del vuestro.»

Durante su encierro fue varias veces torturado de la manera más cruel, hasta que, finalmente, la dureza de los castigos venció a su fortaleza, acabando con su existencia.

La muerte de Molinos causó tal impresión sobre sus seguidores que la mayoría de ellos abjuraron de su método; y, por la persistencia de los Jesuitas, el Quietismo fue totalmente extirpado del país.


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