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Capítulo XV
Historia de las persecuciones en Escocia durante el reinado de Enrique VIII

 

Así como no hubo lugar alguno, ni en Alemania, ni en Italia ni en Francia, donde no salieran algunas ramas de aquella fructífera raíz de Lutero, de la misma manera no quedó esta isla de Gran Bretaña sin su fruto y sin sus ramas. Entre ellos estaba Patrick Hamilton, un escocés de noble y alta cuna, y de sangre real, de excelente temperamento, de veintitrés años de edad, llamado abad de Feme. Saliendo de su país con tres compañeros para hacerse con una piadosa educación, se llegó a la Universidad de Marburgo, en Alemania, universidad que para entonces de nueva fundación, por Felipe, Landgrave de Hesse.

Durante su residencia allá se familiarizó íntimamente con aquellas eminentes lumbreras del Evangelio que eran Martín Lutero y Felipe Melancton, y mediante cuyos escritos y doctrinas se adhirió tenazmente a la religión protestante.

Enterándose el arzobispo de St. Andrews (que era un rígido papista) de las actuaciones del señor Hamilton, lo hizo apresar, y haciéndolo comparecer delante de él para interrogarlo brevemente acerca de sus principios religiosos, lo hizo encerrar en el castillo, con órdenes de que fuera echado a la mazmorra más inmunda de la prisión.

A la mañana siguiente, el señor Hamilton fue hecho comparecer delante del obispo, junto con otros, para ser interrogado, siendo las principales acusaciones contra él que desaprobaba en público las peregrinaciones, el purgatorio, las oraciones a los santos, por los muertos, etc.

Estos artículos fueron reconocidos como verdaderos por el señor Hamilton, en consecuencia de lo cual fue de inmediato condenado a la hoguera; y para que su condena tuviera tanta más autoridad, se hizo firmar a todas las personas destacadas allí presentes, y para hacer cl número tan grande como fuera posible incluso se admitió la firma de los niños que fueran hijos de la nobleza.

Tan deseoso estaba este fanático y perseguidor prelado por destruir al señor Hamilton, que ordenó la ejecuci6n de la sentencia en la misma tarde del día en que se pronunció. Por ello, fue llevado al lugar designado para la terrible tragedia, donde se apiñó un gran número de espectadores. La mayor parte de la multitud no creía que realmente le fueran a dar muerte, sino que sólo se hacía para espantarlo, y por ello llevarlo a abrazar los principios de la religión romanista. Pero pronto tuvieron que salir de su error.

Cuando llegó a la estaca, se arrodilló y oró durante un tiempo con gran fervor. Después fue encadenado a la estaca, y le pusieron la leña a su alrededor. Poniéndole una cantidad de pólvora debajo de los brazos, la encendieron primero, con lo que la mano izquierda y un lado de la cara quedaron abrasados, pero sin causarle daños mortales, ni prendiéndose el fuego a la leña. Entonces trajeron más pólvora y combustible, y esta vez prendió la leña. Con el fuego encendido, él clamó con voz audible, diciendo: «¡Señor Jesús, recibe mi espíritu. ¿hasta cuándo reinaran las tinieblas sobre este reino? ¿Y hasta cuándo sufrirás Tú la tiranía de estos hombres?»

Ardiendo el fuego lentamente al principio, sufrió crueles tormentos; pero los sufrió con magnanimidad cristiana. Lo que más dolor le causó fue el clamor de algunos malvados azuzados por los frailes, que gritaban con frecuencia: «'Conviértete, hereje; clama a nuestra Señora; di Salve Regina, etc.» Y a estos él replicaba: «Dejadme y parad de molestarme, mensajeros dc Satanás.» Un fraile llamado Campbell, el cabecilla, siguió molestándole con un lenguaje insultante, y él le replicó: «¡Malvado, que Dios te perdone!» Después de ello, impedido ya de hablar por la violencia del humo y por la voracidad de las llamas, entregó su alma en manos de Aquel que se la había dado.

Este firme creyente en Cristo sufrió el martirio el año 1527.

Un joven e inofensivo benedictino llamado Henry Forest, acusado dc hablar respetuosamente del anterior Patrick Hamilton, fue echado en la cárcel; al confesarse a un fraile, reconoció que consideraba a Hamilton como un hombre bueno, y que los artículos por los que había sido sentenciado a morir podían ser defendidos. Al ser revelado esto por el fraile, fue recibido como prueba, y el pobre benedictino fue sentenciado a ser quemado.

Mientras consultaban entre si acerca de cómo ejecutarlo, John Lindsay, uno de los caballeros del arzobispo, dio su consejo de quemar al fraile Forest en alguna bodega subterránea, porque, dijo, «el humo de Patriek Hamilton ha infectado a todos aquellos sobre quienes ha caído.» Este consejo fue aceptado, y la pobre víctima murió más bien por asfixia que quemado.

Los siguientes en caer víctimas por profesar la verdad del Evangelio fueron David Stratton y Norman Gourlay.

Cuando llegaron al lugar fatal, ambos se arrodillaron, y oraron por un tiempo con gran fervor. Luego sc levantaron, y Stratton, dirigiéndose a los espectadores, los exhortó a echar a un lado sus conceptos supersticiosos e idolátricos y a emplear su tiempo en buscar la verdadera luz del Evangelio. Habría dicho más, pero se vio impedido por los oficiales presentes.

Su sentencia fue puesta en ejecución, y entregaron animosos sus almas al Dios que se las había dado, esperando, por los méritos del gran Redentor, una gloriosa resurrección para vida inmortal. Sufrieron en el año 1534.

Los martirios de las dos personas mencionadas fueron pronto seguidos por el del señor Thomas Forret, que durante un tiempo considerable habla sido deán de la Iglesia de Roma; dos herreros llamados Killor y Beverage; un sacerdote llamado Duncan Smith, y un gentilhombre llamado Robert Forrester. Todos ellos fueron quemados juntos, en el monte del Castillo, en Edinburgo, el ú]timo día de febrero de 1538.

Al año siguiente del martirio dc los ya mencionados, esto es, el 1539, otros dos fueron prendidos por sospecha de herejía: Jerome Russell y Alexander Kennedy, un joven, de unos dieciocho años de edad.

Estas dos personas, después de haber estado encerradas en prisión un tiempo, fueron hechas comparecer ante el arzobispo para su interrogatorio. En el curso del mismo, Russell, que era hombre muy inteligente, razonó eruditamente contra sus acusadores, mientras estos empleaban contra él un lenguaje muy insultante.

Terminado el interrogatorio, y considerados ambos como herejes, el arzobispo pronunció la terrible sentencia de muerte, y fueron de inmediato entregados al brazo secular para su ejecución.

Al día siguiente fueron llevados al lugar designado para su suplicio; de camino hacia allí, Russell, al ver que su compañero de sufrimientos parecía mostrar temor en su rostro, se dirigió así a él: «Hermano, no temas mayor es Aquel que está en nosotros que el que está en el mundo. El dolor que hemos de sufrir es breve, y será ligero; pero nuestro gozo y consolación nunca tendrán fin. Por ello, luchemos por entrar en el gozo de nuestro Amo y Salvador, por el mismo camino recto que El tomó antes que nosotros. La muerte no nos puede dañar, porque ya está destruida por El, por Aquel por causa de quien vamos ahora a sufrir.»

Cuando llegaron al lugar fatal, se arrodillaron ambos y oraron por un tiempo; después de ello fueron encadenados a la estaca y se prendió fuego a la leña, encomendando ellos con resignación sus almas a Aquel que se las habla dado, en la plena esperanza de una recompensa eterna en las mansiones celestiales.

Una relación de la vida, sufrimientos y muerte de Sir George Wishart, que fue estrangulado y después quemado, en Escocia, por profesar la verdad del Evangelio.

Por el año de nuestro Señor 1543 había, en la Universidad de Cambridge, un Maestro George Wishart, comúnmente llamado Maestro George del Benet's College, hombre de alta estatura, calvo, y con la cabeza cubierta con una gorra francesa de la mejor calidad; se juzgaba que era de carácter melancólico por su fisonomía; tenía cl cabello negro en larga barba, apuesto, de buena reputación en su país, Escocia, cortés, humilde, amable y gentil, amante de su profesión de maestro, deseoso de aprender, y habiendo viajado mucho; se vestía de un ropaje hasta los pies, una capa negra, y medias negras, tejido burdo blanco para camisa, y bandas blancas y gemelos en sus puños.

Era hombre modesto, templado, temeroso de Dios, aborrecedor de la codicia; su caridad nunca se acababa, ni de noche ni de día; se saltaba una de cada tres comidas, un día de cada cuatro en general, excepto por algo para fortalecer el cuerpo. Dormía en un saco de paja y en burdos lienzos nuevos, que, cuando los cambiaba, daba a otros. Al lado de su cama tenía una bañera, en la que (cuando sus estudiantes estaban ya dormidos, y las luces apagadas y todo en silencio), solía bañarse. Él me tenía gran afecto, y yo a él. Enseñaba con gran modestia y gravedad, de manera que algunos de sus estudiantes lo consideraban severo, y hubieran querido matarle; pero el Señor era su defensa. Y él, después de una debida corrección por la malicia de ellos, los enmendaba con una exhortación buena, y se iba. ¡Oh, si el Señor me lo hubiera dejado a mí, su pobre chico, para terminar lo que había comenzado! Porque se fue a Escocia con varios de la nobleza que vinieron para formular un tratado con el Rey Enrique.

En 1543, el arzobispo de St. Andrews hizo una visitación en varias partes de la diócesis, durante la cual se denunciaron a varias personas en Perth, por herejía. Entre estas, las siguientes fueron condenadas a muerte: William Anderson, Robert Lamb, James Finlayson, James Hunter, James Raveleson y Helen Stark.

Las acusaciones contra estas personas fueron, respectivamente: Las primeras cuatro estaban acusadas de haber colgado la imagen de San Francisco, clavando en su cabeza cuernos de carnero, y de fijar una cola de vaca a su trasero; pero la razón principal de su condena fue por haberse permitido comer un ganso en día de ayuno.

James Ravelson fue acusado de haber adornado su casa con la diadema triplemente coronada dc San Pedro, tallada en madera, lo que el arzobispo consideró hecho en escarnio de su capelo cardenalicio.

Helen Stark fue acusada de no haber tenido la costumbre de orar a la Virgen María, más especialmente durante el tiempo en que estaba recién parida.

Todos fueron hallados culpables dc estos delitos de que se les acusaba, y de inmediato fueron sentenciados a muerte; los cuatro hombres a la horca, por comer el ganso; James Raveleson a ser quemado; y la mujer, que había acabado de dar a luz un bebé y lo criaba, a ser metida en un saco, y ahogada.

Los cuatro, con la mujer y el niño, fueron muertos el mismo día, pero James Raveleson no fue ejecutado hasta algunos días más tarde.

Los mártires fueron conducidos por una gran banda de hombres armados (porque temían una rebelión en la ciudad, lo que hubiera podido acontecer si los hombres no hubieran estado en la guerra) hacia el lugar de la ejecución, que era el común de los ladrones, y ello para hacer parecer su causa más odios a ante el pueblo. Todos consolándose unos a otros, y asegurándose unos a otros que cenarían juntos en el Reino del Cielo aquella noche, se encomendaron a Dios, y murieron con constancia en el Señor.

La mujer deseaba anhelantemente morir con su marido, pero no le fue permitido; pero, siguiéndole al lugar de la ejecución, le dio consuelo, exhortándole a la perseverancia y paciencia por causa de Cristo, y, despidiéndose de él con un beso, le dijo: «Esposo, regocíjate, porque hemos vivido juntos durante muchos días gozosos; pero este día en el que tenemos que morir debería sernos aún más gozoso, porque tendremos gozo para siempre; por ello, no te diré que buenas noches, porque nos encontraremos de repente con gozo en el Reino de los Cielos.» Después de esto, la mujer fue llevada a ser ahogada, y aunque tenía un bebé mamando en su pecho, esto no movió para nada los implacables corazones de los enemigos. Así, después de haber encomendado a sus hijos a los vecinos de la ciudad por causa de Dios, y que el pequeño bebé fuera dado a la nodriza, ella selló la verdad con su muerte.

Deseoso de propagar el verdadero Evangelio en su propio país, George Wishart dejó Cambridge en 1544, y al llegar a Escocia predicó primero en Montrose, y después en Dundee. En este último lugar hizo una exposición pública de la Epístola a los Romanos, que hizo con tal unción y libertad que alarmó enormemente a los papistas.

Como consecuencia de ello (por instigación del Cardenal Beaton, arzobispo de St. Andrews), un tal Robert Miln, hombre principal en Dundee, fue a la iglesia donde predicaba Wishart, y en medio del discurso le dijo que no perturbara más a la ciudad, porque estaba decidido a no admitirlo.

Este repentino desaire sorprendió enormemente a Wishart, que, después de una breve pausa, mirando dolorido a quien le hablaba y a su audiencia, dijo: «Dios me es testigo de que jamás he intentado perturbar, sino confortar; sí, vuestra turbación me duele más a mí que a vosotros mismos; pero estoy seguro de que el rehusamiento de la Palabra de Dios y la expulsión de Su mensajero no os preservará de turbación, sino que os la atraerá; porque Dios os enviará ministros que no temerán ni al fuego ni al destierro. Yo os he ofrecido la Palabra de salvación. Con peligro de mi vida he permanecido entre vosotros. Ahora vosotros mismos me rechazáis; pero debo declarar mi inocencia delante de Dios: Si tenéis larga prosperidad, no soy guiado por el Espíritu de verdad; pero si caen sobre vosotros perturbaciones no buscadas, reconoced la causa y volveos a Dios, que es clemente y misericordioso. Pero si no os volvéis a la primera advertencia, El os visitará con el fuego y la espada.» Al terminar este discurso, salió del púlpito y se retiró.

Después de esto se fue al Oeste de Escocia, donde predicó la Palabra de Dios y fue bien acogido por muchos.

Poco tiempo después de esto el señor Wishart recibió noticias de que se había desatado la plaga en Dundee. Comenzó cuatro días después que le fuera prohibido predicar allá, y fue tan violenta que casi era increíble cuántos murieron en el espacio de veinticuatro horas. Al serle esto relatado, a pesar de la insistencia de sus amigos por detenerle, decidió volver allá, diciendo: «Ahora están turbados y necesitan consolación. Quizá esta mano de Dios les hará ahora exaltar y reverenciar la Palabra de Dios, que antes estimaron en poco.»

En Dundee fue recibido gozosamente por los piadosos. Escogió la puerta oriental como lugar de predicación, de manera que los sanos estaban dentro, y los enfermos fuera de la puerta. Tomó este texto como el tema de su sermón: «Envió Su palabra, y los sanó,» etc. En su sermón se extendió principalmente en la ventaja y la consolación de la Palabra de Dios, en los juicios que sobrevienen por el menosprecio o rechazo de la misma, la libertad de la gracia de Dios para con todo Su pueblo, y la felicidad de Sus elegidos, a los que Él mismo saca de este mundo miserable. Los corazones de los oyentes se elevaron tanto ante la fuerza divina de este discurso que vinieron a no considerarla muerte con temor, sino a tener por dichosos a los que serían entonces llamados, no sabiendo si volvería él a tener tal consolación para con ellos.

Después de esto, la peste se aplacó, aunque, en medio de ella, Wishart visitaba constantemente a los que yacían en la hora fatal, y los consolaba con sus exhortaciones.

Cuando se despidió de la gente de Dundee, les dijo que Dios casi había dado fin a aquella peste, y que ahora él era llamado a otro lugar. Fue de allí a Montrose, donde predicó algunas veces, pero pasó la mayor parte de su tiempo en meditación privada y oración.

Se dice que antes de salir de Dundee, y mientras estaba dedicado a la obra de amor para con los cuerpos y las almas de aquella pobre gente afligida, el Cardenal Beaton indujo a un sacerdote papista fanático, llamado John Weighton, para que le matara; y este intento fue como sigue: un día, después que Wishart hubo acabado su sermón y la gente se había ido, un sacerdote se quedó de pie esperando al pie de las escaleras, con una daga desenvainada en su mano bajo su sotana. Pero el señor Wishart, que tenía una mirada sagaz y penetrante, viendo al sacerdote cuando bajaba del púlpito, le dijo: «Amigo mío, ¿que querría usted?», y de inmediato, asiéndole de la mano, le quitó la daga. El sacerdote, aterrado, se puso de rodillas, confesó sus intenciones, y le rogó perdón. La noticia corrió, y llegando a oídos de los enfermos, estos dijeron: «Dadnos al traidor, o lo tomaremos por la fuerza; y se lanzaron a la puerta. Pero Wishart, tomando al sacerdote en sus brazos, les dijo: «El que le haga daño, me hará daño a mí, porque no me ha hecho mal alguno, sino un gran bien, enseñándome a ser más prudente para el futuro.» Con esta conducta, apaciguó al pueblo, y salvó la vida del malvado sacerdote.

Poco después de volver a Montrose, el cardenal de nuevo conspiró contra su vida, haciendo enviarle una carta corno procedente de su amigo íntimo, el señor de Kennier, en la que se le pedía que acudiera a verle con toda premura, porque había caído en una repentina enfermedad. Mientras tanto, el cardenal había apostado sesenta hombres armados emboscados a una milla y media de Montrose, para asesinarlo cuando pasara por allí.

La carta fue entregada en mano a Wishart por un muchacho, que también le trajo un caballo para el viaje. Wishart, acompañado por algunos hombres honrados, amigos suyos, emprendió el viaje, pero viniéndole algo particular a la mente mientras iba de camino, volvió. Ellos se asombraron, y le preguntaron cuál era la causa de su proceder, y les respondió: «No iré; Dios me lo prohíbe; estoy seguro de que es traición. Que algunos pasen adelante, y me digan lo que encuentran.» Haciéndolo, descubrieron la trampa, y volviendo a toda prisa, se lo dijeron al señor Wishart; éste dijo, entonces: «Sé que acabaré mi vida en manos de este hombre sanguinario, pero no de esta manera.»

Poco tiempo después salió de Montrose, y pasó a Edinburgo, para propagar el Evangelio en aquella ciudad. Por el camino se alojó con un fiel hermano, llamado James Watson de Inner-Goury. En medio de la noche se levantó y salió al patio, y oyéndole dos hombres, le siguieron sigilosamente. En el patio se puso de rodillas, y oró con el mayor fervor, después de lo que se levantó y volvió a la cama. Sus acompañantes, aparentando no saber nada, acudieron y le preguntaron dónde había estado, pero no quiso responderles. Al siguiente día le importunaron para que se lo dijera, diciendo: «Sea franco con nosotros, porque oímos sus lamentos y vimos sus gestos.»

A esto él dijo, con rostro abatido: «Ojalá que no hubierais salido de vuestras camas.» Pero apremiándole ellos por saber algo, les dijo: «Os lo diré; estoy seguro de que mi batalla está cerca de su fin, y por ello oro a Dios que esté conmigo, y que yo no me acobarde cuando la batalla ruja con mayor fuerza.»

Poco después, al enterarse el Cardenal Beaton, arzobispo de St. Andrews, de que el señor Wishart estaba en la casa del señor Cockbum, de Ormiston, en East Lothian, le pidió al regente que lo hiciera prender. A esto accedió el regente, tras mucha insistencia y muy en contra de su voluntad.

Como consecuencia de esto, el cardenal procedió de inmediato a juzgar a Wishart, presentándose no menos de dieciocho artículos de acusación en contra suya. El señor Wishart respondió a los respectivos artículos con tal coherencia de mente y de una manera tan erudita y clara que sorprendió en gran manera a los que estaban presentes.

Acabado el interrogatorio, el arzobispo intentó convencer al señor Wishart para que se retractara; pero éste estaba demasiado firme y arraigado en sus principios religiosos y demasiado iluminado por la verdad del Evangelio, para que lo pudieran mover en lo más mínimo.

A la mañana de la ejecución le vinieron dos frailes de parte del cardenal; uno de ellos le vistió de una túnica de lino negro, y el otro traía varias bolsas de pólvora, que le ataron en diferentes partes del cuerpo.

Tan pronto como llegaron a la pira, el verdugo le puso una cuerda alrededor del cuello y una cadena en la cintura, con lo que él se puso de rodillas, exclamando: «¡Oh, Salvador del mundo, ten misericordia de mi! ¡Padre del cielo, en tus santas manos encomiendo mi espíritu! »

Después de esto oró por sus acusadores, diciendo: «Te ruego, Padre celestial, perdona a los que, por ignorancia o por una mente perversa, han forjado mentiras contra mí, los perdono de todo corazón. Ruego a Cristo que perdone a todos los que ignorantemente me han condenado.»

Fue entonces encadenado a la estaca, y al encenderse la leña, se prendió de inmediato la pólvora que tenía atada por su cuerpo, que se encendió en una conflagración de llama y de humo.

El gobernador del castillo, que estaba tan cerca que quedó chamuscado por la llamarada, exhortó al mártir, en pocas palabras, a tener buen ánimo y a pedir a Dios perdón por sus culpas. A lo que él contestó: «Esta llama hace sufrir a mi cuerpo, ciertamente, mas no ha quebrantado mi espíritu. Pero el que ahora me mira de manera tan soberbia desde su exaltado solio (dijo, señalando al cardenal), será, antes que transcurra mucho tiempo, arrojado ignominiosamente, aunque ahora se huelga tan orgullosamente de su poder.» Esta predicción fue cumplida poco después.

El verdugo, que debía atormentarlo, se puso de rodillas, y le dijo: «Señor, os ruego que me perdonéis, porque no soy culpable de vuestra muerte.» Y él le dijo: «Ven aquí.» Cuando se hubo acercado, le besó en la mejilla, y le dijo: «Esto es una muestra de que te perdono. De corazón, cumple tu oficio.» Y entonces fue puesto en el patíbulo, y colgado y reducido a cenizas. Cuando la gente vio aquel gran suplicio, no pudieron reprimir algunas lastimeras lamentaciones y quejas por la matanza de aquel hombre inocente.

No pasó mucho tiempo tras el martirio de este bienaventurado hombre de Dios, el Maestro George Wishart, que fue muerto por David Beaton, el sanguinario arzobispo y cardenal de Escocia, el uno de marzo de 1546 d.C., que el dicho David Beaton, por justa retribución divina, fue muerto en su propio castillo de St. Andrews a manos de un hombre llamado Leslie y otros caballeros que, movido por Dios, se lanzó de súbito contra él y aquel mismo año, el último ella de mayo, lo asesinó en su cama, mientras que él chillaba: «¡Ay, ay, no me matéis'. ¡Soy un sacerdote!» Así, como carnicero vivió y como carnicero murió, y estuvo siete meses y más insepulto, y al final fue echado como carroña en un estercolero.

El último en sufrir martirio en Escocia por causa de Cristo fue un hombre llamado Walter Mill, que fue quemado en Edinburgo en el año 1558.

Este hombre había viajado por Alemania en sus años jóvenes, y al volver fue designado sacerdote de la iglesia de Lunan en Angus, pero, por una denuncia de herejía, en tiempos del Cardenal Beaton, se vio obligado a abandonar su puesto y a ocultarse. Sin embargo, pronto fue descubierto y apresado.

Interrogado por Sir Andrew Oliphant acerca de si se iba a retractar de sus opiniones, respondió en sentido negativo, diciendo que «antes perdería diez mil vidas que ceder una partícula de aquellos celestiales principios que había recibido por la palabra de su bendito Redentor.»

Como consecuencia de esto, se pronunció de inmediato su sentencia de muerte, y fue llevado a la cárcel para ser ejecutado al día siguiente.

Este valeroso creyente en Cristo tenía ochenta y dos años, y estaba sumamente debilitado, por lo que se suponía que apenas se le oiría. Sin embargo, cuando fue llevado al lugar de la ejecución, expresó sus creencias religiosas con tal valor y al mismo tiempo con tal coherencia lógica que dejó atónitos hasta a sus enemigos. Tan pronto como se vio atado a la estaca y la leña fue encendida, se dirigió así a los espectadores: «La causa por la que sufro hoy no es ningún crimen (aunque me reconozco un mísero pecador), sino sólo sufro por la defensa de la verdad según está en Jesucristo; y alabo al Dios que me ha llamado, por Su misericordia, a sellar la verdad con mi vida; la cual, así como la he recibido de él, la entrego voluntaria y gozosamente para Su gloria. Por ello, si queréis escapar a la condenación eterna, no os dejéis seducir más por las mentiras de la sede del Anticristo: depended sólo de Jesucristo y de Su misericordia, y podréis ser liberados de la condenación.» Luego añadió que esperaba ser el último en sufrir la muerte en Escocia por causas de religión.

Así entregó este piadoso cristiano animosamente su vida en defensa de la verdad del Evangelio de Cristo, con la certeza de que sería hecho partícipe de Su reinado celestial.


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