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Capítulo XVI (Parte VI)
Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

 

Ejecuciones en Colchester

Ya se ha mencionado antes que veintidós personas habían sido enviadas desde Colchester, las cuales, con un ligero sometimiento, habían sido después liberadas. De ellas, William Munt, de Much Bentley, granjero, con su mujer Alice, y Rose Allin, su hija, tras volver a casa, se abstuvieron de ir a la iglesia, lo que indujo al fanático sacerdote a escribir secretamente a Bonner. Durante un cierto tiempo se ocultaron, pero al volver el 7 de marzo, un tal Edmund Tyrrel (pariente del Tyrrel que dio muerte al Rey Eduardo V y a su hermano) entró con oficiales en la casa mientras Munt y su mujer estaban en cama, informándoles que debían ir al castillo de Colchester. La señora Munt estaba entonces muy enferma, y pidió que su hija pudiera darle algo de beber. Rose recibió permiso para ello, y tomó una vela y una jarra; al volver a la casa se encontró con Tyrrel, que le ordenó que aconsejara a sus padres que se volvieran buenos católicos. Rose le informó en pocas palabras que tenían al Espíritu Santo como consejero, y que ella estaba dispuesta a dar su vida por la misma causa. Volviéndose hacia su compañía, les declaró que estaba lista para ser quemada; entonces uno de ellos le dijo que la pusiera a prueba, para ver de qué sería ella capaz en el futuro. El insensible desalmado ejecutó en el acto esta propuesta; tomando a la muchacha por la muñeca, sostuvo la vela encendida bajo su mano, quemándola transversalmente por el dorso, hasta que los tendones se separaron de la carne, durante lo cual la insultó con muchos calificativos denigrantes. Ella soportó imperturbable esta furia, y luego, cuando él hubo terminado la tortura, ella le dijo que comenzara por sus pies o por su cabeza, porque no tenía que temer que su cruel patrono fuera algún día a castigarlo por ello. Después, llevó la bebida a su madre.

Este cruel acto de tortura no está aislado. Bonner había tratado a un pobre arpista de una manera muy semejante, por haber mantenido firmemente la esperanza de que aunque le quemaran todas las articulaciones, no se apartaría de la fe. Con esto, Bonner hizo una señal en secreto a sus hombres para que le trajeran un ascua encendida, que pusieron en la mano de aquel pobre hombre, cerrándosela por la fuerza, hasta que le quemó profundamente en la carne.

George Eagles, un sastre, fue acusado de haber orado que «Dios cambiara el corazón de la Reina María, o que la arrebatara»; la causa ostensible de su muerte fue su religión, porque difícilmente se le podría haber acusado de traición por haber orado por la reforma de un alma tan execrable como la de María. Condenado por este crimen, fue arrastrado sobre un patín al lugar de la ejecución, junto a dos bandidos, que fueron ejecutados con él. Después que Eagles subiera a la escalerilla y hubiera estado colgado por un cierto tiempo, fue despedazado antes de haber quedado en absoluto inconsciente; un alguacil llamado William Swallow lo arrastró entonces al patín, y con un hacha común desafilada le cortó la cabeza torpemente y con varios golpes; de una manera igual de torpe y cruel le abrió el cuerpo en canal y le desgarró el corazón.

En medio de todos estos sufrimientos, el pobre mártir no se quejó, sino que clamó a su Salvador. La furia de estos fanáticos no terminó aquí. Sus intestinos fueron quemados, y el cuerpo despedazado, enviándose los cuatro cuartos a Colehester, Harwich, Chelmsford y St. Rouse's. Chelmsford tuvo el honor de retener su cabeza, que fue clavada en una picota en la plaza del mercado. Al cabo de un tiempo fue echada abajo por el viento, y quedó varios días en la calle, hasta que fue sepultada de noche en el patio de la iglesia. El juicio de Dios cayó poco tiempo después sobre Swallow, que en su ancianidad quedó reducido a la mendicidad, y que quedó azotado por una lepra que lo hizo horroroso incluso para los animales; y tampoco escapó a la mano vengadora de Dios Richard Potts, que angustió a Eagles en sus momentos finales.

La señora Lewes
 

Esta señora era mujer del señor T. Lewes, de Manchester. Había recibido como verdadera la religión romanista, hasta la quema de aquel piadoso mártir que había sido el señor Saunders, de Coventry. Al saber que su muerte surgía de un rechazo a recibir la Misa, comenzó a inquirir en la base de este rechazo, y su conciencia, al comenzar a ser iluminada, comenzó a agitarse y a alarmarse. En esta inquietud, recurrió al señor John Glover, que vivía cerca, y le pidió que le desvelara aquellas ricas fuentes que poseía de conocimiento de los Evanagelios, particularmente acerca de la cuestión de la transubstanciación. Consiguió convencerla fácilmente de que la mascarada del papado y de la Misa estaban en contra de la santísima Palabra de Dios, y la reprendió fielmente por seguir excesivamente las vanidades de un mundo malvado. Para ella fue en verdad una palabra oportuna, porque pronto se cansó de su anterior vida de pecado, y resolvió abandonar la Misa y el culto idolátrico. Aunque obligada por la fuerza por su marido a ir a la iglesia, su menosprecio por el agua bendita y por otras ceremonias era tan evidente que fue acusada ante el obispo por menosprecio de los sacramentos.

De inmediato siguió una citación, dirigida a ella, que fue dada al señor Lewes, que, en un arrebato de pasión, puso una daga en el cuello del oficial, y se la hizo comer, después de lo cual le obligó a beber agua para hacerla bajar, y luego lo hizo salir. Pero por esta acción el obispo citó al señor Lewes ante él lo mismo que a su mujer; éste se sometió con presteza, pero ella afirmó resueltamente que al rehusar el agua bendita ni ofendía a Dios ni quebrantaba ninguna de Sus leyes. Fue enviada a casa durante un mes, siendo su marido fiador pecuniario por la comparecencia de ella; durante este tiempo el señor Glover la convenció de la necesidad de hacer lo que hacia no por vanidad, sino por la honra y la gloria de Dios.

El señor Glover y otros exhortaron seriamente a Lewes a perder el dinero que había pagado de fianza antes que mandar a su mujer a una muerte cierta, pero se hizo sordo a la voz de la humanidad, y la entregó al obispo, que pronto halló causa suficiente para enviarla a una inmunda prisión, de donde fue algunas veces sacada para ser sometida a interrogatorios. En el último, el obispo razonó con ella acerca de lo justo que era para ella ir a Misa y recibir como sagrado el Sacramento y los otros sacramentos del Espíritu Santo. «Si estas cosas estuvieran en la Palabra de Dios», le dijo la señora Lewes, «las recibiría de todo corazón, creyéndolas y apreciándolas.» El obispo le contestó con la más ignorante e impía insolencia: «¡Si no quieres creer más que lo que está justificado por las Escrituras, estás en estado de condenación!» Atónita ante esta declaración, esta digna sufriente le replicó con razón que sus palabras eran tan impuras como blasfemas.

Después de ser sentenciada, quedó doce meses encarcelada, no estando dispuesto el alguacil mayor a ejecutarla durante el ejercicio de su cargo, aunque lo acababan de escoger para el mismo. Cuando llegó la orden para su ejecución desde Londres, ella envió a buscar unos amigos, a los que consultó acerca de en qué manera su muerte pudiera ser gloriosa para el nombre de Dios, y perjudicial para la causa de sus enemigos. Sonriendo, dijo: «En cuanto a la muerte, me es poca cosa. Cuando sé que contemplaré la amante faz de Cristo, mi amado salvador, el feo rostro de la muerte no me preocupa demasiado.» La víspera antes de sufrir, dos sacerdotes deseaban vivamente visitarla, pero ella rehusó tanto confesarse a ellos como su absolución, por cuanto podía mantener mejor comunicación con el Sumo Sacerdote de las almas. Hacia las tres de la madrugada, Satanás comenzó a lanzar sus dardos encendidos, poniéndole dudas en su mente acerca de si había sido escogida para vida eterna, y si Cristo había muerto por ella. Sus amigos le señalaron con presteza aquellos pasajes consoladores de la Escritura que consuelan al corazón fatigado, y que tratan del Redentor que quita los pecados del mundo.

Hacia las ocho, el alguacil mayor le anunció que tenía sólo una hora de vida; al principio se sintió abatida, pero pronto se repuso, y le dio gracias a Dios de que su vida pronto iba a ser dedicada en Su servicio. El alguacil mayor dio permiso a dos amigos para que la acompañaran a la estaca, indulgencia ésta por la que luego fue severamente tratado; al ir hacia el lugar casi se desmayó, debido a la distancia, su gran debilidad y la multitud que se apiñaba. Tres veces oró fervientemente que Dios librara a la tierra del papismo y de la idolátrica Misa; y la mayoría de la gente, así como el alguacil mayor, dijeron Amén.

Cuando hubo orado, tomó una copa (que había sido llenada con agua para refrescarla), y dijo: «Bebo para todos aquellos que sin fingimiento aman el Evangelio de Cristo, y brindo por la abolición del papado.» Sus amigos, y muchas mujeres del lugar, bebieron con ella, por lo que a la mayoría de ellas se les impusieron penitencias.

Cuando fue encadenada a la estaca, su rostro estaba alegre, y el rubor de sus mejillas no se desvaneció. Sus manos estuvieron extendidas hacia el cielo hasta que el fuego las dejó sin fuerzas, cuando su alma fuera recibida en los brazos del Creador. La duración de su agonía fue breve, porque el alguacil, por petición de sus amigos, había preparado una leña tan buena que en pocos minutos quedó abrumada por el humo y las llamas. El caso de esta mujer hizo brotar lágrimas de compasión de todos aquellos cuyo corazón no estaba encallecido.

Ejecuciones en Islington
 

Hacia el diecisiete de septiembre sufrieron en Islington los siguientes cuatro confesores de Cristo: Ralph Allerton, James Austoo, Margery Austoo, yRichard Roth.

James Austoo y su mujer, de A'lhallows, en Baiking, Londres, fueron sentenciados por no creer en la presencia. Richard Roth rechazó los siete sacramentos, y fue acusado de ayudar a los herejes por la siguiente carta, escrita con su propia sangre, y que había querido enviar a sus amigos en Colchester:

«Queridos hermanos y hermanas:

»¡Cuánta más razón tenéis para regocijaros en Dios por haberos dado tal fe para sobreponeros hasta ahora a este sanguinario tirano! Y es indudable que Aquel que ha comenzado la buena obra en vosotros, la llevará a su consumación hasta el fin. Oh queridos corazones en Cristo, ¡qué corona de gloria recibiréis con Cristo en el reino de Dios! ¡Pluguiera a Dios que hubiera estado listo para ir con vosotros; porque estoy de día en incomodidad, suministrada por el alcalde; y de noche yazco en la carbonera, apartado de Ralph Allerton o de cualquier otro; y esperamos cada día cuándo seremos condenados; porque él dijo que sería quemado en el período de diez días antes de la Pascua; sigo estando en el borde del estanque, y cada uno entra antes que yo; pero esperamos pacientemente la voluntad del Señor, con muchas cadenas, en hierros y cepos, por los que hemos recibido gran gozo de Dios. Y ahora que os vaya bien, queridos hermanos y hermanas, en este mundo, pero espero veros en el cielo cara a cara.

»¡Oh, hermano Munt, con tu mujer y tu hermana Rose, cuán bienaventurados sois en el Señor, que os haya encontrado dignos de padecer por Su causa!, y ello con todo el resto mis queridos hermanos y hermanas, conocidos o desconocidos. Gozaos hasta la muerte. No temáis, dijo Cristo, porque yo he vencido a la muerte. Oh, querido corazón, viendo que Jesucristo será nuestra ayuda, espera hasta que a Él le plazca. Sed fuertes, que se alienten vuestros corazones, y esperad quedos al Señor. El está cerca. Si, el ángel del Señor planta Su tienda alrededor de los que le temen, y los libra de la manera que mejor le parece. Porque nuestras vidas están en manos del Señor; y no nos pueden hacer nada si el Señor no se lo permite. Por ello dad todos gracias a Dios.

»Oh, queridos corazones, seréis revestidos de largos ropajes blancos en el monte Sión, con la multitud de los santos, y con Jesucristo nuestro Salvador, que jamás os desamparará. O bienaventuradas vírgenes, habéis jugado el papel de vírgenes prudentes al haber tomado aceite en vuestras lámparas, para poder entrar con el Esposo, cuando venga, para el gozo eterno con El. Pero en cuanto a las insensatas, les será cerrada la puerta, porque no se dispusieron a sufrir con Cristo, ni a llevar Su cruz. Oh queridos corazones, ¡cuán preciosa será vuestra muerte a los ojos del Señor!, porque preciosa le es la muerte de Sus santos. Que os vaya bien, y seguid orando. Sea con vosotros la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Amén, Amén. ¡Orad, orad, orad!

»Escrito por mi, con mi propia sangre,

»RICHARD ROTH.»

Esta carta, en la que se denominaba con tanta justicia a Bonner como «sanguinario tirano», no era probable que excitara su compasión. Roth le acusó de llevarlo a interrogar secretamente y de noche, porque tenía miedo de día a la gente. Resistiéndose a todas las tentaciones de retractarse, fue condenado, y el 17 de septiembre de 1557 estos cuatro mártires murieron en Islington, por el testimonio del Cordero, que fue inmolado para que ellos pudieran ser de los redimidos de Dios.

John Noyes, un zapatero, de Laxfield, Suffolk, fue llevado a Eye, y a la medianoche del 21 de septiembre de 1557 fue llevado de Eye a Laxfield para ser quemado. A la mañana siguiente fue llevado a la estaca, preparada para el horrendo sacrificio. El señor Noyes, al llegar al lugar fatal, se arrodilló, oró y recitó el Salmo Cincuenta. Cuando la cadena le rodeó, dijo: «¡No temáis a los que matan el cuerpo, sino temed a aquel que puede matar cuerpo y alma, y echarlos en fuego eterno! » Mientras un tal Cadman le ponía un haz de leña sobre él, bendijo la hora en que había nacido para morir por la verdad; y mientras se confiaba sólo en los méritos todo suficientes del Redentor, prendieron fuego a la pira, y en poco tiempo el fuego devorador apagó sus últimas palabras: «¡Señor, ten misericordia de mí! ¡Cristo, ten misericordia de mí!» Las cenizas de su cuerpo fueron sepultadas en un hoyo, y con ellas uno de sus pies, entero hasta el tobillo, con el calcetín puesto.

La señora Cicely Ormes
 

Esta joven mártir, de veintidós años de edad, estaba casada con el señor Edmund Ormes, tejedor de estambre de St. Lawrence, Norwich. Al morir Miller y Elizabeth Cooper, antes mencionados, ella dijo que quería compartir la misma copa de la que ellos habían bebido. Por estas palabras, fue llevada al canciller, que la habría liberado bajo su promesa de ir a la iglesia y de guardarse sus creencias para si misma. Como ella no estaba dispuesta a consentir en esto, el canciller la apremió diciendo que le había mostrado más indulgencia a ella que a nadie porque era una mujer ignorante e insensata; a estas palabras contestó ella (quizá con mayor agudeza de la que él esperaba) que por grande que fuera el deseo de él de dar perdón a su pecaminosa carne, que no podría igualarse al deseo de ella de ofrecerla en una pelea de tanta importancia. El canciller pronunció entonces la sentencia condenatoria, y el 23 de septiembre de 1557 fue llevada a la estaca, a las ocho de la mañana.

Después de proclamar su fe ante la gente, puso la mano sobre la estaca, y dijo: «Bienvenida, cruz de Cristo.» Su mano quedó llena de hollín al hacer esto porque era la misma estaca en la que habían sido quemados Miller y Cooper y al principio se la limpió; pero inmediatamente después la volvió a acoger y se abrazó a ella como la «dulce cruz de Cristo.» Después que los verdugos hubieran encendido el fuego, dijo: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador.» Luego, cruzando sus manos sobre su pecho, y mirando arriba con la mayor serenidad, soportó el ardiente fuego. Sus manos siguieron levantándose gradualmente hasta que quedaron secos los tendones, y luego cayeron. No pronunció exclamación alguna de dolor, sino que entregó su vida, un emblema de aquel paraíso celestial en el que está la presencia de Dios, bendito por los siglos.

Se podría mantener que esta mártir buscó voluntariamente su propia muerte, por cuanto el canciller apenas si le exigió otra penitencia que la de guardarse sus creencias para si; pero parece en este caso como si Dios la hubiera escogido como luz resplandeciente, porque doce meses antes de ser apresada se había retractado; pero se sintió muy desgraciada hasta que el canciller fue informado, por medio de una carta, que se arrepentía de su retractación desde lo más hondo de su corazón. Como si para compensar por su anterior apostasía y para convencer a los católicos de que no tenía ya más intención de entrar en componendas por su seguridad personal, rehusó abiertamente su amistoso ofrecimiento de permitirla contemporizar. Su valor en tal causa merece encomio; era la causa de Aquel que dijo: «El que se avergonzare de mí en la tierra, de él me avergonzaré yo en el cielo.»


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