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Capítulo XVI (Parte VIII)
Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

 

Flagelaciones administradas por Bonner

Cuando este cruel católico vio que ni las persuasiones, ni las amenazas y la prisión podían producir alteración alguna en la mente de un joven llamado Thomas Hinshaw, lo mandó a Fulham, y durante la primera noche lo puso en el cepo, sin otro alimento que pan y agua. A la mañana siguiente fue a ver si este castigo había llevado a cabo algún cambio en su mente, pero al ver que no, envió a su arcediano, el doctor Harpsfield, para conversar con él. El doctor pronto perdió el humor ante sus contestaciones, lo tildó de rencilloso, y le preguntó si se daba cuenta de que con tal actitud iba a condenar su alma. «De lo que estoy seguro,» le dijo Thomas, «es de que os dedicáis a promover el tenebroso reino del mal, no el amor a la verdad.» Estas palabras las transmitió el doctor al obispo, que con una pasión que casi le impedía articular las palabras, le dijo: «¿Así contestas tú a mi arcediano, chico perverso.? ¡Pues sabe que voy a domeñarte! » Le trajeron entonces dos ramas de sauce, y haciendo que el chico, que no opuso resistencia alguna, se arrodillara frente a un largo banco en una enramada de su jardín, lo azotó hasta que se vio obligado a cesar por faltarle el aliento y estar agotado. Una de las varas quedó totalmente destrozada.

Muchos otros sufrimientos conflictos padeció Hinshaw a manos del obispo; éste, al final, para eliminarlo, se consiguió falsos testigos que presentaran falsas acusaciones contra él, todas las cuales el joven negó, y, en resumen, se negó a responder a ningún interrogatorio que le hicieran. Quince días después de esto, el joven fue atacado por unas fiebres ardientes, y a petición de su patrón, el señor Pugson, del patio de la iglesia de San Pablo, fue sacado, no dudando el obispo que le había procurado la muerte de manera natural; sin embargo, permaneció enfermo durante más de un año, y durante este tiempo murió la Reina María, por el cual acto de la Providencia escapó a la furia de Bonner.

John Willes fue otra fiel persona sobre la que cayeron los azotes de Bonner. Era hermano de Richard Willes, ya mencionado, que fue quemado en Brentford. Hinshaw y Willes fueron encerrados juntos en la carbonera de Bonner, y luego llevados a Fulham, donde él y Hinshaw permanecieron durante ocho o diez días en cepos. El espíritu perseguidor de Bonner se manifestó en el trato que le propinó a Willes durante sus interrogatorios, golpeándole frecuentemente en la cabeza con un palo, agarrándolo por las orejas y golpeándolo debajo del mentón, diciendo que bajaba la cabeza como un bandido. Al no conseguir con esto ningún indicio de retractación, lo llevó a su arboleda, y allí, bajo una enramada, lo azotó hasta que quedó agotado. Esta cruel ferocidad la suscitó una respuesta del pobre sufriente, que al preguntársele cuanto tiempo hacía que no había acudido de rodillas ante el crucifijo, dijo que «no lo he hecho desde la edad de la razón, ni lo haré aunque me despedacen con caballos indómitos.» Bonner entonces le mandó que se hiciera la señal de la cruz sobre la frente, lo cual rehusó hacer, y entonces lo llevó a la arboleda.

Un día, mientras Willes estaba en el cepo, Bonner le preguntó que tal le gustaba su alojamiento y comida «Bien me iría,» repuso él, «tener algo de paja sobre la que sentarme o echarme.» Justo entonces entró la mujer de Willes, entonces en avanzado estado de gestación, rogándole al obispo por su marido, y diciéndole valientemente que pariría allí si no se le permitía a su marido acompañarla a su propia casa. Para librarse de la importunidad de la buena mujer, y de los problemas de una parturienta en su palacio, le dijo a Willes que hiciera la señal de la cruz y que dijera: In nomine Patris, et Filli, et Spiritus Sancti, Amén. Willes omitió la señal, y repitió las palabras: «En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.» Bonner quiso que repitiera las palabras en latín, a lo que Willes no puso objeción, al conocer el significado de las palabras. Luego le permitió que se fuera a su casa con su mujer, estando encargado su pariente Robert Rouze de llevarlo a San Pablo al día siguiente, a donde fue por sí mismo, y firmando un intrascendente documento latino, fue dejado en libertad. Él era el último de los veintidós apresados en Islington.

El Rev. Richard Yeoman

Este devoto anciano era vicario del doctor Taylor, en Hadley, y estaba sumamente calificado para su sagrada función. El doctor Taylor le dejó la vicaría al irse, pero tan pronto como el señor Newall recibió el cargo depuso al señor Yeoman, poniendo en su lugar a un sacerdote romanista. Después de esto, el señor Yeoman fue de lugar en lugar, exhortando a todos los hombres a mantenerse firmes en la Palabra de Dios, a darse fervorosamente a la oración, con paciencia para sobrellevar la cruz que ahora se ponía sobre ellos para su prueba, con valor para confesar la verdad delante de sus adversarios, y con una esperanza firme para esperar la corona y la recompensa de la dicha eterna. Pero cuando vio que sus adversarios estaban acosándole, se dirigió a Kent, y con un pequeño paquete de encajes, agujas, corchetes y otras piezas fue de pueblo en pueblo, vendiendo estos artículos, y subsistiendo de esta manera y manteniendo a su mujer y a sus hijos.

Finalmente, el juez Moile, de Kent, apresó al señor Yeoman, y lo puso en el cepo un día y una noche; pero, no teniendo nada concreto de qué acusado, lo dejó libre. Volviendo él en secreto a Hadley, se quedó con su pobre mujer, que lo ocultó en una cámara del ayuntamiento, llamado el Guildhall, durante más de un año. Durante este tiempo el buen anciano padre pasaba los días encerrado en una estancia todo el día, pasando su tiempo en devota oración, en la lectura de las Escrituras y en cardar la lana que su mujer hilaba. Su mujer también pedía pan para ella y sus hijos, y con estos precarios medios se sustentaban. Así, los santos de Dios padecían hambre y miseria, mientras que los profetas de Baal vivían en banqueteos y eran costosamente agasajados a la mesa de Jezabel.

Al ser dada información a Newall finalmente de que Yeoman estaba siendo escondido por su mujer, éste acudió, asistido por soldados, y violentó la estancia donde estaba el objeto de su búsqueda, en cama con su mujer. Reprochó a la pobre mujer de ser una ramera, y hubiera arrancado las ropas de la cama de manera indecente, pero Yeoman resistió tanto este acto de violencia como el ataque contra el buen carácter de su mujer, añadiendo que desafiaba al Papa y al papismo. Fue luego sacado fuera y puesto en el cepo hasta que se hizo de día.

En la jaula en que fue puesto estaba también un anciano llamado John Dale, que había estado allí tres o cuatro días, por haber exhortado al pueblo durante el tiempo en que Newall y su vicario estaban celebrando la liturgia. Sus palabras fueron: «¡Oh guías ciegos y miserables! ¿Vais a ser siempre ciegos guías de ciegos? ¿No vais a corregiros nunca? ¿No querréis ver la verdad de la Palabra de Dios? ¿No entrarán en vuestros corazones ni las amenazas ni las promesas de Dios? ¿No suavizará la sangre de los mártires vuestras pétreas entrañas? ¡Ah, generación endurecida, de duro corazón, perversa y torcida, a la que nada puede hacer bien!»

Estas palabras las pronunció en el fervor de su espíritu contra la supersticiosa religión de Roma; por ello, Newall lo hizo apresar en el acto, y puesto en el cepo en una jaula, donde fue guardado hasta que llegó el juez Sir Henry Dolle, a Hadley.

Cuando Yeoman fue tomado, el párroco le pidió apremiantemente a Sir Henry Doile que enviara a ambos a prisión. Sir Henry Doile le pidió igual de apremiante que considerara la edad de los hombres, y su mísera condición; no eran ni personas destacadas, ni predicadores; por ello le propuso que los dejara castigados uno o dos días, y soltarlos, al menos a John Dale, que no era sacerdote, y que por ello, como había estado ya tanto tiempo en la jaula, consideraba que era ya un castigo suficiente para su edad. Cuando el párroco oyó esto, montó en cólera, y fuera de sí de rabia los llamó herejes pestíferos, indignos de vivir en un estado cristiano.

Temiendo Sir Henry mostrarse demasiado misericordioso, Yeoman y Dale fueron maniatados, atados como bandidos con sus piernas bajo los vientres de caballos, y llevados a la cárcel de Bury, donde fueron cargados de hierros; y debido a que de continuo reprendían el papismo, fueron metidos en la mazmorra más profunda, donde John Dale, por la enfermedad carcelaria y los malos tratos, murió poco tiempo después. Su cadáver fue echado fuera y sepultado en los campos. Murió a los sesenta y seis años. Su profesión era tejedor, y era buen conocedor de las Sagradas Escrituras, y firme en su confesión de las verdaderas doctrinas de Cristo tal como habían sido expuestas en tiempos del Rey Eduardo. Por ellas padeció prisión y cadenas, y desde esta cárcel terrena partió para estar con Cristo en la gloria eterna, y el bendito paraíso de la felicidad que no conoce fin.

Después de la muerte de Dale, Yeoman fue llevado a la cárcel de Norwich, donde, tras sufrir un tratamiento muy duro, fue interrogado acerca de su fe, y se le exigió que se sometiera al santo padre el Papa. «Lo reto (dijo él), y desafió todas sus detestables abominaciones; no voy a tener nada que ver con él en absoluto.» Las principales acusaciones de que fue objeto fueron su matrimonio y su rechazo del sacrificio de la Misa. Al verlo que continuaba firme en la verdad, fue condenado, degradado y no sólo quemado, sino también muy cruelmente atormentado en el fuego. Así terminó él esta pobre y mísera vida, y entró en el bienaventurado seno de Abraham, gozando con Lázaro de aquel reposo que Dios ha dispuesto para Sus elegidos.

Thomas Bendridge

El señor Benbridge era un caballero soltero, en la diócesis de Winchester. Hubiera podido vivir una vida desahogada, en las ricas posesiones de este mundo; pero prefirió antes entrar por la estrecha puerta de la persecución a la posesión celestial de la vida en el Reino del Señor, que gozar de placeres presentes con la conciencia agitada. Manteniéndose valerosamente frente a los papistas por la defensa de la sincera doctrina del Evangelio de Cristo, fue prendido como adversario de la religión romanista, y llevado a ser interrogado ante el obispo de Winchester, donde sufrió varios conflictos por la verdad contra el obispo y su colega. Fue por ello condenado, y algún tiempo después conducido al lugar del martirio por Sir Richard Pecksal, alguacil mayor.

Cuando llegó a la estaca comenzó a desatarse las lazadas de su ropa y a prepararse; luego le dio su capa al guarda, a modo de pago. Su justillo llevaba encaje de oro, y lo dio a Sir Richard Pecksal, el alguacil mayor. Se quitó el gorro de terciopelo de la cabeza, y lo echó lejos. Luego, elevando su mente al Señor, se dedicó a la oración.

Cuando fue encadenado a la estaca, el doctor Seaton le rogó que se retractara, y que tendría el perdón; pero cuando vio que nada lo movía, le dijo a la gente que no oraran por él a no ser que quisiera retractarse, como tampoco orarían por un perro.

Estando el señor Bendridge, de pie junto a la estaca y con las manos juntas a la manera en que los sacerdotes las sostienen en el Memento, volvió a dirigirse a él, exhortándole a que se retractara, y a él le respondió: «¡Fuera, fuera, Babilonia!» Uno que estaba cerca dijo: «¡Señor, cortadle la lengua!» Otro, un seglar, lo maldijo peor que lo había hecho el doctor Seaton.

Cuando vieron que no estaba dispuesto a ceder, mandaron a los atormentadores que encendieran la pira, antes que quedara cubierta del todo con haces de leña. El fuego prendió primero en un trozo de su barba, ante lo que no se inmutó. Luego pasó al otro lado, y prendió en sus piernas y siendo de cuero las medias interiores, hicieron que sintiera el fuego tanto más intensamente, con lo que el intolerable dolor le hizo exclamar: «¡Me retracto!, y echó repentinamente el fuego fuera de él. Dos o tres de sus amigos, que estaban al lado, querían salvarlo; se lanzaron al fuego para ayudar a apagarlo, y por esta bondad fueron encarcelados. El alguacil, también, de su autoridad, lo sacó de la estaca, y mandó llevado a la cárcel, por lo que lo que fue mandado a fleet, y allí estuvo un tiempo. Sin embargo, antes de ser sacado de la estaca, el doctor Seaton escribió unos artículos para que los firmara. Pero el señor Benbridge hizo tales objeciones que el doctor Seaton ordenó que volvieran a poner fuego a la pira. Entonces, con mucho dolor y tristeza de corazón, firmó los mismos sobre la espalda de un hombre.

Hecho esto, le devolvieron su capa, y fue devuelto a la cárcel. Mientras estaba allí, escribió una carta al doctor Seaton, retractándose de aquellas palabras que había dicho en la estaca y de los artículos que había firmado, porque se sentía dolido de haberlos firmado jamás. ¡Que el Señor les de arrepentimiento a sus enemigos!

La señora Prest

Por la cantidad de personas condenadas en este fanático reinado, es casi imposible obtener el nombre de cada mártir, ni detallar la historia de cada uno de ellos con anécdotas y ejemplos de la conducta cristiana. Gracias sean dadas a la Providencia, nuestra cruel tarea comienza a llegar a su fin, con el fin de este reinado de terror papal y de derramamiento de sangre. Los monarcas que se sientan en tronos poseídos por derecho hereditario deberían, más que nadie, considerar que las leyes de la naturaleza son las leyes de Dios, y que por ello la primera ley de la naturaleza es la preservación de sus súbditos. Las tácticas de persecución, de tortera y de muerte deberían dejarlas a aquellos que han alcanzado la soberanía por el fraude o la espada; pero, ¿dónde, excepto entre unos pocos locos emperadores de Roma y los pontífices romanos, encontraremos a nadie cuya memoria esté tan «maldita a una fama eterna» como la de la Reina María? Las naciones lloran la hora que los separa para siempre de un gobernante amado, pero, por lo que respecta al María, fue la hora más bendita de todo su reinado. El cielo ha ordenado tres grandes azotes por pecados nacionales: la plaga, la pestilencia y el hambre. Fue voluntad de Dios en el reinado de María de lanzar un cuarto azote sobre este reino, bajo la forma de persecuciones papistas. Fue un tiempo angustioso, pero glorioso; el fuego que consumió a los mártires ha minado el papado; y los estados católicos, actualmente los más fanáticos y entenebrecidos, son los que se encuentran más bajos en la escala de la dignidad moral y de la relevancia política. ¡Que así permanezcan, hasta que la pura luz del Evangelio disipe las tinieblas del fanatismo y de la superstición! Pero volvamos a nuestro relato.

La señora Prest vivió durante un tiempo en Comualles, donde tenía a su marido e hijos, cuyo fanatismo la obligaba a frecuentar las abominaciones de la Iglesia de Roma. Resolviendo actuar conforme le dictaba su conciencia, los abandonó y comenzó a ganarse la vida hilando. Después de un tiempo, volviendo a su casa, fue denunciada por sus vecinos, y llevada a Exeter, para ser interrogada ante el doctor Troubleville y por su canciller Blackston. Por cuanto esta mártir era considerada de inferior inteligencia, la pondremos en competición con el obispo, para ver quién tenía un mejor conocimiento conducente a la vida eterna. Al llevar el obispo el interrogatorio a su desenlace acerca del pan y el vino, que él afirmaba eran carne y sangre, la señora Prest dijo: «Os preguntaré yo a vos si podéis negar vuestro credo, que dice que Cristo está perpetuamente sentado a la diestra de Su Padre, en cuerpo y alma, hasta que vuelva; o que Él está en el cielo como nuestro Abogado, para interceder por nosotros ante Dios Su Padre. Si es así, Él no está en la tierra en un trozo de pan. Si Él no está aquí, y si no mora en templos hechos con manos, sino en el cielo, ¿qué?, ¿le buscaremos aquí? Si Él no ofreció Su cuerpo una vez para siempre, ¿por qué hacéis otra nueva ofrenda? Si con una ofrenda lo hizo todo a la perfección, ¿por qué vosotros con una falsa ofrenda lo hacéis todo imperfecto? Si él debe ser adorado en espíritu y en verdad, ¿por qué adoráis un trozo de pan? Si Él es comido y bebido en fe y verdad; si Su carne no es provechosa para estar entre nosotros, ¿por qué decís vosotros que hacéis que Su carne y sangre, diciendo que es provechosa tanto para el cuerpo como para el alma? ¡Ay! Yo soy una pobre mujer, pero antes que hacer lo que decís, prefiero no vivir más. He acabado, señor.»

Obispo. Tengo que decir que eres una protestante a carta cabal. ¿Puedo preguntarte en qué escuela te has educado?

Señora Prest. Los domingos he atendido a los sermones, y en ellos he aprendido las cosas que están tan dentro de mi pecho que la muerte no las separará.

Ob. Ah, mujer insensata! ¿Quién malgastará el aliento contigo, o con las que son como tú? ¿Pero por qué te alejaste de tu marido? Si fueras una mujer honrada, no habrías dejado a tu marido y a tus hijos, para merodear así por el país como una fugitiva.

Sra. P. Señor, he trabajado para vivir; y mi Señor, Cristo, me aconseja que cuando me persigan en una ciudad, huya a la otra.

Ob. ¿Quién te perseguía?

Sra. P. Mi marido y mis hijos. Porque cuando hubiera querido que abandonasen la idolatría y adoraran al Dios del cielo, no me quisieron escuchar, sino que él y sus hijos me reprendieron y me angustiaron. No huí para hacer de ramera, ni para robar, sino porque no quería tener parte con él y los suyos del abominable ídolo de la Misa; y allá donde yo fuera, y tan frecuentemente como pude, en domingos y festividades, daba excusas por no ir a la iglesia papista.

Ob. Pues buena mujer eras, huyendo de tu marido y de la Iglesia.

Sra. P. Quizá no seré una excelente ama de casa; pero Dios me ha dado la gracia de ir a la verdadera Iglesia.

Ob. La verdadera Iglesia: ¿qué quieres decir con eso?

Sra. P. No tu Iglesia papista, llena de ídolos y de abominaciones, sino allí donde hay dos o tres reunidos en el nombre de Dios, a esta Iglesia iré yo mientras viva.

Ob. Parece que quieras tener tu propia iglesia. Bien, que esta mujer sea puesta en prisión hasta que llamemos a su marido.

Sra. P. No, yo sólo tengo un marido, que está ya en esta cárcel y en la cárcel conmigo, y de quien nunca me separaré.

Algunas personas trataron de convencer al obispo de que ella no estaba en sus cabales, y se le permitió irse. El guarda de las cárceles del obispo la acogió en su casa, donde o bien hilaba, trabajando como criada, o bien deambulaba por la calle, hablando acerca del sacramento del altar. Enviaron a buscar a su marido para que se la llevara a casa, pero ella rehusó mientras pudiera servir a la causa de la religión. Era demasiado activa para estar mano sobre mano, y su conversación, que ellos pensaban era de una simplona, atrajo la atención de varios sacerdotes y frailes católicos. La acosaban con preguntas, hasta que enviados por el obispo, y otros de su propia voluntad. Entre estos estaba ella les respondió con ira, y esto excitó la risa de ellos ante su seriedad.

«No», dijo ella, «tenéis más necesidad de llorar que de reír, y de sentiros tristes de haber nacido, para ser capellanes de esta ramera que es Babilonia. La desafío a ella y a todas sus falsedades; y apartaos de mi, que sólo hacéis que turbar mi conciencia. Querríais que siguiera vuestras acciones; antes perderé mi vida. Os ruego que os vayáis.»

«¿Por qué, insensata?», dijeron ellos, «Venimos para tu provecho y para salud de tu alma.» Ella contestó: «¿Qué provecho dais vosotros, que no enseñáis nada más que mentiras por verdades? ¿Cómo salváis vosotros almas, cuando no enseñáis nada sino mentiras y destruís almas?»

«¿Cómo demuestras tú esto?» le dijeron ellos.

«¿Acaso no destruís vosotros almas cuando enseñáis a la gente a dar culto a ídolos, palos y piedras, las obras de las manos de los hombres? ¿Y a adorar un dios falso de vuestra factura, hecho con un trozo de pan, enseñando que el Papa es vicario de Dios, y que tiene poder para perdonar pecados? ¿Y que hay un purgatorio, cuando el Hijo de Dios lo ha purificado todo mediante Su sacrificio una vez para siempre? ¿No enseñáis a la gente a contar sus pecados en vuestros oídos, y decís que se condenarán si no los confiesan todos, cuando la Palabra de Dios dice: ¿Quien puede contar sus pecados? ¿No les prometéis treintenas, y requiems, y Misas por sus almas, y vendéis vuestras oraciones por dinero, y hacéis que compren perdones, y confiáis en estos insensatos inventos de vuestras imaginaciones? ¿No actuáis totalmente contra Dios? ¿No nos enseñáis a orar con rosarios, y a orar a santos, y a decir que ellos pueden orar por nosotros? ¿No hacéis agua bendita y pan bendito para ahuyentar a los demonios? ¿Y no hacéis millares más de abominaciones? ¿Y aún decís que venís para provecho mío, para salvar mi alma. No, no, hay uno que me ha salvado. Adios, vosotros y vuestra salvación.»

Durante la libertad que le había sido concedida por el ya mencionado obispo, fue a la Iglesia de San Pedro, y allí vio a un perito holandés que estaba poniendo narices nuevas a ciertas bellas imágenes que habían sido desfiguradas durante el reinado del Rey Eduardo. Entonces le dijo: «¡Qué loco estás, para hacerles narices nuevas, cuando dentro de pocos días todas perderán la cabeza!» El holandés la maldijo, y la maltrató durament9 de palabra. Y ella le replicó: «Tu eres maldito, y así también tus imágenes.» El la llamó ramera. «No,» dijo ella, «sino que tus imágenes son rameras, y vas de ramería; porque ¿no dice Dios: «vosotros os prostituís tras dioses extraños, figuras de vuestras propias manos?» y tú eres uno de ellos.» Después de esto se dio orden que fuera encerrada, y ya no pudo gozar más de la libertad.

Durante el tiempo de su encarcelamiento, muchos la visitaron, algunos enviados por el obispo, y otros de su propia voluntad. Entre estos estaba un tal Daniel, un gran predicador del Evangelio, en los tiempos del Rey Eduardo, por los lugares de Cornualles y Devonshire, pero que, por la dura persecución sufrida, había recaído. Ella lo exhortó apremiantemente a que se arrepintiera como Pedro, y a que fuera más firme en su confesión.

La señora Walter Rauley y los señores William y John Kede, personas muy respetables, dieron abundante testimonio de su piadosa conversación, diciendo que a no ser que Dios hubiera estado con ella, sería imposible que hubiera podido defender con tanta capacidad la causa de Cristo. La verdad es que, para recapitular el carácter dc esta mujer, unía la serpiente y la paloma, abundando en la más alta sabiduría con la mayor sencillez. Soportó encarcelamientos, amenazas, escarnios, y los más viles insultos, pero nada pudo inducirla a desviarse; su corazón estaba fijo; había echado su anda; y no podían todas las heridas de la persecución sacarla de la roca en la que estaban erigidas todas sus esperanzas de dicha.

Tal era su memoria que, sin haber hecho estudios, podía decir en qué capitulo estaba cualquier texto de la Escritura; debido a esta singular capacidad, un tal Gregorio Basset, extremado papista, dijo que estaba loca, y que hablaba como una cotorra, sin sentido alguno. Al final, tras haber probado sin éxito todos los medios para hacerla nominalmente católica, la condenaron. Después de esto, alguien la exhortó a abandonar sus opiniones y a volverse a su casa, a su familia, por cuanto era pobre y analfabeta. «Cierto es (dijo ella), y aunque no tengo cultura estoy feliz de ser testigo de la muerte de Cristo, y espero que no os retardéis ya más conmigo, porque mi corazón está fijado, y nunca diré nada distinto, ni me volveré a vuestros caminos de superstición.»

Para oprobio del señor Blackston, tesorero de la iglesia, éste hombre solía mandar a buscar de la cárcel con frecuencia a esta pobre mártir, para divertirse con ella tanto él como una mujer que mantenía; le hacia preguntas religiosas, y ridiculizaba sus respuestas. Hecho esto, la volvía a mandar a su mísera mazmorra, mientras que él se solazaba con las cosas buenas de este mundo.

Quizá había algo sencillamente ridículo en la forma de la señora Prest, porque era baja, gruesa y de unos cincuenta y cuatro años de edad; pero su rostro era alegre y vivaz, como si preparada para el día de su matrimonio con el Cordero. Burlarse de su forma era una acusación indirecta contra su Creador, que le dio la forma que El consideró más idónea, y que le dio una mente muy trascendente a las dotes fugaces de la carne que perece. Cuando le ofrecieron dinero, lo rechazó, diciendo: «voy a una ciudad donde el dinero no tiene poder, y mientras esté aquí, Dios ha prometido alimentarme.»

Cuando se leyó la sentencia condenándola a las llamas, ella levantó su voz y alabó a Dios, añadiendo: «Este día he hallado aquello que tanto tiempo había buscado.» Cuando la tentaron para que se retractara, dijo: «No lo haré; Dios no quiera que yo pierda la vida eterna por esta vida camal y breve. Nunca me apartaré de mi esposo celestial a mi esposo terrenal; de la comunión de los ángeles a la de hijos mortales; y si mi marido e hijos son fieles, entonces yo soy de ellos. Dios es mi padre, Dios es mi madre, Dios es mi hermana, mi hermano, mi pariente; Dios es mi amigo, el más fiel.»

Entregada al alguacil mayor, fue llevada por el oficial al lugar de ejecución, fuera de las murallas de Exeter, llamado Sothenhey, donde de nuevo los supersticiosos sacerdotes la asaltaron. Mientras estaban atándola a la estaca, ella exclamaba de continuo: «¡Dios, ten piedad de mí, pecadora!» Soportando pacientemente el fuego devorador, quedó reducida a cenizas, y así acabó una vida que no fue superada en cuanto a una inmutable fidelidad a la causa de Cristo por ningún mártir precedente.

Richard Sharpe, Thomas Banion y Thomas Hale

El señor Sharpe, tejedor, fue llevado el nueve de marzo de 1556 delante del doctor Dalby, canciller de la ciudad de Briston, y después de un interrogatorio referente al Sacramento del altar, fue persuadido para que se retractara; y en el veintinueve se le ordenó que pronunciara su retractación en la iglesia parroquial. Pero apenas si había reconocido su recaída en público que comenzó a sentir en su conciencia tal tormento que no se sintió capaz de trabajar en su profesión; por ello, poco tiempo después, un domingo, entró en la iglesia parroquial, llamada Temple, y después de la Misa mayor se puso en la puerta del coro, y dijo en voz alta: «¡Vecinos, sed testigos de que este ídolo aquí (señalando al altar) es el más grande y abominable que jamás haya existido; y siento haber jamás negado a mi Señor y Dios! » A pesar de que los policías recibieron orden de detenerle, se le permitió salir de la iglesia; pero por la noche fue prendido y llevado a Newgate. Poco después, negando delante del canciller que el Sacramento del altar fuera el cuerpo y la sangre de Cristo, fue condenado por el señor Dalby a ser quemado. Y quemado fue el siete de mayo de 1558, muriendo piadosa y pacientemente, firme en su confesión de los artículos de fe protestantes.

Con él sufrió Thomas Hale, un zapatero de Bristol, que fue condenado por el Canciller Dalby. Estos mártires fueron atados espalda a espalda Thomas Banion, tejedor, fue quemado el 27 de agosto de aquel mismo año, muriendo por la causa evangélica de su Salvador.

J. Corneford, de Wortham; C. browne, de Maidstone; J. Herst, de Ashford; Alice Snoth y Catherine Knight, una anciana mujer.

Es con placer que observamos que estos cinco mártires fueron los últimos en padecer en el reinado de María por la causa protestante; pero la malicia de los papistas se manifestó en el apresuramiento del martirio de los mismos, que pudo haberse retardado hasta que se hubiera dado el desenlace de la enfermedad de la reina. Se informa que el arcediano de Canterbury, pensando que la repentina muerte de la reina suspendería la ejecución, viajó por la posta desde Londres, para tener la satisfacción de añadir otra página a la negra lista de los sacrificios papistas.

Las acusaciones contra ellos eran, como generalmente, los elementos sacramentales y la idolatría de inclinarse ante imágenes. Ellos citaban las palabras de San Juan, «Guardaos de los ídolos», y, con respecto a la presencia real, apremiaban, según San Pablo, que «las cosas que se ven son temporales.» Cuando estaba para leerse la sentencia en contra de ellos, y tener lugar la excomunión en la forma regular, John Corneford, iluminado por el Espíritu Santo, volvió terriblemente este procedimiento contra ellos, y de una manera solemne e impresionante, recriminó su excomunión con las siguientes palabras: «En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Dios Omnipotente, y por el poder de Su Espíritu Santo, y la autoridad de Su santa Iglesia Católica y Apostólica, entregamos aquí en manos de Satanás para su destrucción, los cuerpos de todos estos blasfemos y herejes que mantengan error alguno contra Su santísima Palabra, o que condenen Su santísima verdad como herejía, para mantener cualquier falsa o extraña religión, para que por este tu santo juicio, oh poderosísimo Dios, contra tus adversarios, tu verdadera religión pueda ser conocida para tu gran gloria y nuestra consolación y la edificación de toda nuestra nación. Buen Señor, que así sea. Amén.»

Esta sentencia fue pronunciada en público y registrada, y, como si la Providencia hubiera decretado que no fuera dada en vano, al cabo de seis días murió la Reina María, detestada por todos los buenos hombres, y maldecida por Dios.

Aunque familiarizado con estas circunstancias, la implacabilidad del arcediano excedió a la de su gran ejemplo, Bonner, que, aunque tenía a varias personas en aquel tiempo en su poder, no apremió que fueran muertas con premura, dándoles con este retardo la oportunidad de escapar. Al morir la reina, muchos estaban encarcelados; otros estaban acabados de apresar; algunos, interrogados, y otros ya condenados. Lo cierto es que ya había órdenes emitidas para varias quemas, pero por la muerte de los tres instigadores de los asesinatos de protestantes, el canciller, el obispo y la reina, que murieron casi al mismo tiempo, las ovejas condenadas fueron liberadas y vivieron muchos años para alabar al Señor por su feliz liberación.

Estos cinco mártires, en la estaca, oraron fervorosamente que su sangre fuera la última derramada, y no fue vana su oración. Murieren gloriosamente, y consumaron el número que Dios había seleccionado para dar testimonio a la verdad en aquel terrible reinado, y sus nombres están escritos en el Libro de la vida. Aunque fueron los últimos, no estuvieren entre los menores de los santos hechos aptos para la inmortalidad por medio de la sangre redentora del Cordero.

Catharine Finlay, alias Knight, fue convertida por su hijo, que le expuso las Escrituras, lo que obró en ella una gran obra que se consumó con su martirio Alice Snoth, en la estaca, envió a buscar a su abuela y a su padrino, y les proclamó los artículos de su fe y los Mandamientos de Dios, convenciendo así al mundo de que conocía su deber. Murió clamando a los espectadores que fueran testigos de que era cristiana, y padeció gozosa por el testimonio del Evangelio de Cristo.


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