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Capítulo XXII (Parte I)
El comienzo de las misiones americanas en el extranjero

 

Samuel J. Milss, mientras era estudiante en Williams College, reunió a su alrededor a un grupo de compañeros estudiantes, sintiendo todos la carga del gran mundo pagano. Un día en 1806, cuatro de ellos, alcanzados por una tempestad, se refugiaron bajo la cubierta de un pajar. Pasaron la noche en oración por la salvación del mundo, y resolvieron, si había oportunidad para ello, ir ellos mismos como misioneros. Esta «reunión de oración del pajar» se hizo histórica.

Estos jóvenes fueron posteriormente al Seminario Teológico de Andover, donde se unió a ellos Adoniram Judson. Cuatro de ellos enviaron una petición a la Asociación Congregacional de Massachusetts en Bradford, del 29 de junio de 1810, ofreciéndose como misioneros y preguntando si podrían esperar el apoyo de una sociedad en este país, o si debían solicitarlo a una sociedad británica. Como respuesta a este llamamiento, se constituyó la Junta Americana de Comisionados para Misiones Extranjeras.

Cuando se solicitó un estatuto para la Junta, un alma incrédula objetó desde los bancos de los legisladores, alegando, en oposición a la petición, que el país tenía una cantidad tan pequeña de cristianos que no se podía prescindir de ninguno para exportación; pero otro, que estaba dotado de una constitución más optimista, le recordó que se trataba de un bien que cuanto más se exportara, tanto más aumentaría en la patria. Hubo mucha perplejidad acerca de la planificación y de los aspectos financieros, por lo que Judson fue enviado a Inglaterra para conferenciar con la Sociedad de Londres en cuanto a la factibilidad de la cooperación de las dos organizaciones para enviar y sostener a los candidatos, pero este plan quedó en nada. Al final se consiguió suficiente dinero, y en febrero de 1812 zarparon para oriente los primeros misioneros de la Junta Americana. El señor Judson iba acompañado de su mujer, habiéndose casado con Ann Hasseltine poco antes de emprender el viaje.

Durante la larga travesía, el señor y la señora Judson y el señor Rice fueron llevados de alguna manera a revisar sus convicciones acerca del modo apropiado del bautismo, llegando a la conclusión de que sólo era válida la inmersión, y fueron rebautizados por Carey poco después de llegar a Calcuta. Este paso necesariamente cortó su relación con el cuerpo que les había enviado, y los dejó sin apoyo. El señor Rice volvió a América para informar de esta circunstancia a los hermanos bautistas. Ellos contemplaron la situación como resultado de una acción de la Providencia, y planearon anhelantes aceptar la responsabilidad que les había sido echada encima. Así, se formó la Unión Misionera Bautista. De esta manera el señor Judson fue quien dio ocasión a la organización de dos grandes sociedades misioneras.

La persecución del doctor Judson

Después de trabajar por un tiempo en el Indostán, el doctor y la señora Judson se establecieron por fin en el Imperio Birmano en 1813. En 1824 estalló una guerra entre la Compañía de las Indias Orientales y el emperador de Birmania. El doctor y la señora Judson y el doctor Price, que estaban en Ava, la capital del Imperio Birmano, fueron, al comenzar la guerra, arrestados de inmediato y encerrados por varios meses. El relato de los sufrimientos de los misioneros fue escrito por la señora Judson, y aparece en sus propias palabras.

«Rangún, 26 de mayo de 1826.

«Mi querido hermano, »

Comienzo esta carta con la intención de darte los detalles de nuestro cautiverio y sufrimientos en Ava. La conclusión de esta carta determinará hasta cuando mi paciencia me permitirá recordar escenas desagradables y horrorosas. Había mantenido un diario con todo lo que había sucedido desde nuestra llegada a Ava, pero lo destruí al comenzar nuestras dificultades.

»EI primer conocimiento seguro que tuvimos de la declaración de guerra por parte de los birmanos fue al llegar a Tsenpyu-kywon, a unas cien millas a este lado de Ava, donde habían acampado parte de las tropas, bajo el mando del célebre Bandula. Siguiendo nuestro viaje, nos encontramos con el mismo Bandula, con el resto de sus tropas, regiamente equipado, sentado en su barcaza dorada, y rodeado por una flota de barcos de guerra de oro, uno de los cuales fue mandado en el acto al otro lado del río para interpelarnos y hacemos todas las preguntas necesarias. Se nos permitió proseguir tranquilamente cuando el mensajero fue informado que éramos americanos, no ingleses, y que íbamos a Ava en obediencia al gobierno de su Majestad.

»Al llegar a la capital, encontramos que el doctor Price estaba fuera de favor ante la corte, y que allí había más sospechas contra los extranjeros que en Ava. Tu hermano visitó dos o tres veces el palacio, pero encontró que el talante del rey para con él era muy diferente al que había sido anteriormente; y la reina, que antes había expresado deseos por mi pronta llegada, no preguntó ahora por mí, ni indicó deseo alguno de verme. Consiguientemente, no hice esfuerzo alguno por visitar el palacio, aunque era invitada casi a diario a visitar algunos de los parientes de la familia real, que vivían en sus propias casas, fuera del recinto de palacio. Bajo estas circunstancias, creímos que lo más prudente sería proseguir nuestra intención original de construir una casa y de iniciar las operaciones misioneras según hubiera oportunidad, tratando así de convencer al gobierno de que no teníamos nada que ver con la actual guerra.

»Dos o tres semanas después de nuestra llegada, el rey, la reina, todos los miembros de la familia real y la mayor parte de los oficiales del gobierno volvieron a Amarapora, a fin de acudir y tomar posesión del nuevo palacio en la forma acostumbrada.

»No me atreveré a describir este espléndido día, cuando su majestad entró, con toda la gloria que le acompañaba, por las puertas de la ciudad dorada y puedo decir que entre las aclamaciones de millones, tomó posesión del palacio. Los saupwars de las provincias fronterizas con China, todos los virreyes y altos oficiales del reino estaban reunidos para la ocasión, vestidos en sus ropajes de estado, y adornados con la insignia de su oficio. El elefante blanco, ricamente ornamentado con oro y joyas, era uno de los objetos más hermosos en la procesión. Sólo el rey y la reina estaban sin adornar, vestidos en la simple vestimenta del país; entraron, tomándose la mano, en el jardín en el que habíamos tomado asiento, y donde se preparó un banquete para su refrigerio. Todas las riquezas y la gloria del imperio fueron exhibidas aquel día. El número y el inmenso tamaño de los elefantes, los numerosos caballos, y la gran variedad de vehículos de toda descripción, sobrepasó con mucho a todo lo que había jamás visto o imaginado. Poco después que su majestad hubiera tomado posesión del nuevo palacio, se dio orden de que no se permitiera entrar a ningún extranjero, excepto a Lansago. Nos sentimos algo alarmados ante esto, pero concluimos que era por motivos políticos, y que quizá no nos afectaría de manera esencial.

»Durante varias semanas no sucedió nada alarmante para nosotros, y proseguimos con nuestra escuela. El señor Judson predicaba cada domingo, habíamos conseguido todos los materiales para construir una casa de ladrillos, y los albañiles habían hecho considerable avance en la construcción del edificio.

»El veintitrés de mayo de 1824, cuando acabábamos nuestro culto en casa del doctor, al otro lado del río, llegó un mensajero para decirnos que Rangún había sido tomada por los ingleses. El conocimiento de esto nos produjo un choque en el que había una mezcla de gozo y de temor. El señor Gouger, un joven comerciante residente en Ava, estaba entonces con nosotros, y tenía más razones para temer que el resto de nosotros Sin embargo, todos volvimos de inmediato a nuestra casa y comenzamos a considerar qué debíamos hacer. El señor G. fue a ver al Príncipe Thar-yar-wadi, el hermano más influyente del rey, que le informó que no debía temer nada, pues él ya había tocado esta cuestión con su majestad, que había contestado que «los pocos extranjeros que había en Ava no tenían nada que ver con la guerra, y no debían ser molestados.»

»El gobierno estaba ahora en pleno movimiento. Un ejército de diez o doce mil hombres, bajo el mando de Kyi-wun-gyi, fue enviado al cabo de tres o cuatro días, a los que se debía unir Sakyer-wun-gyi, que había sido anteriormente designado virrey de Rangún y que estaba de camino hacia allí cuando le llegaron las noticias del ataque. No había dudas acerca de la derrota de los ingleses; el único temor del rey era que los extranjeros supieran el avance de las tropas birmanas, y que pudieran alarmarse tanto que huyeran a bordo de sus barcos y se fueran, antes que hubiera tiempo de tomarlos y someterlos a esclavitud. «Traedme», dijo un salvaje joven de palacio, «seis kala pyu» (extranjeros blancos para que remen mi barca»; «y para mi,» dijo la dama de Wun-gyi, «enviadme cuatro extranjeros blancos para que dirijan los negocios de mi casa, porque sé que son siervos de fiar.» Las barcas de guerra, con gran moral, pasaron delante de nuestra casa, cantando y danzando los soldados, y dando muestras del mayor regocijo. ¡Pobres chicos!, dijimos nosotros; probablemente nunca volveréis a danzar. Y así fue, porque pocos, o ninguno, volvieron a ver su casa natal.

»Al final el señor Judson y el doctor Price fueron llamados a un tribunal de interrogatorios, donde se les hizo una estricta indagación acerca de lo que sabían. La gran cuestión parecía ser si habían tenido el hábito de comunicarse con extranjeros acerca del estado del país, etc. Ellos respondieron que siempre habían tenido la costumbre de escribir a sus amigos en América, pero que no tenían correspondencia con oficiales ingleses ni con el gobierno de Bengala. Después de ser interrogados, no fueron encerrados, como lo habían sido los ingleses, sino que se les permitió volver a sus casas. Al examinar las cuentas del señor G., se encontró que el señor J. y el doctor Price habían recibido sumas considerables de dinero de su parte. Ignorando como ignoraban los birmanos la manera en que recibíamos el dinero, por órdenes desde Bengala, esta circunstancia fue suficiente evidencia para sus mentes desconfiadas de que los misioneros estaban a sueldo de los ingleses, y que muy probablemente eran espías. Así se presentó la cuestión ante el rey, que enfurecido ordenó el arresto inmediato de los «dos maestros».

»El ocho de junio, mientras nos preparábamos para la comida, entró precipitadamente un oficial, que tenía un libro negro, con una docena de birmanos, acompañados por uno al que, por su cara con manchas, supimos que era un verdugo e «hijo de la prisión». «¿Dónde está el maestro?» fue la primera pregunta. El señor Judson se presentó. «Eres llamado por el rey», le dijo el oficial; ésta es una frase que siempre se emplea cuando se va a arrestar a un criminal. El hombre con las manchas de inmediato se apoderó del señor Judson, lo echó al suelo, y sacó la cuerda pequeña, el instrumento de tortura. Lo tomé del brazo: «Deténgase», le dije, «le daré dinero». «Arréstala también a ella», dijo el oficial; «también es extranjera». El señor Judson, con una mirada implorante, rogó que me dejaran hasta que recibieran nuevas órdenes. La escena era ahora chocante más allá de toda descripción.

»Todo el vecindario se había reunido los albañiles trabajando en la casa de ladrillos tiraron las herramientas y corrieron los niñitos birmanos estaban chillando y llorando los criados bengalíes se quedaron inmóviles al ver las indignidades cometidas contra su patrón y el endurecido verdugo, con gozo infernal, apretó las cuerdas, atando firmemente al señor Judson, y lo arrastró, no sabia yo a dónde. En vano rogué y supliqué a aquella cara manchada que tomara la plata y que aflojara las cuerdas, sino que escarneció mis ofrecimientos, y se fue de inmediato. Sin embargo, di dinero a Mounglng para que los siguiera, y volviera a intentar mitigar la tortura del señor Judson; pero en lugar de tener éxito, cuando se vieron a una distancia de la casa, aquellos insensibles hombres volvieron a echar al preso en tierra, y apretaron aún más las cuerdas, de manera que casi le impedían respirar.

«El oficial y su grupo se dirigieron a la corte de justicia, donde estaban reunidos el gobernador de la ciudad y los oficiales, uno de los cuales leyó la orden del rey que el señor Judson fuera echado en la prisión de muerte, a la que pronto fue echado, la puerta cerrada y Moung Ing no vio ya más. ¡Qué noche fue aquella! Me retiré a mi habitación, y traté de lograr consuelo presentando mi causa a Dios, e implorando fortaleza y fuerzas para sufrir lo que me esperara. Pero no me fue concedido mucho tiempo el consuelo de la soledad, porque el magistrado del lugar había venido a la galería, y me estaba llamando para que saliera y me sometiera a su interrogatorio. Pero antes de salir destruí todas mis cartas, diarios y escritos de todo tipo, por si revelaban el hecho de que teníamos corresponsales en Inglaterra, y donde yo había registrado todos los acontecimientos desde nuestra llegada al país. Cuando hube terminado esta obra de destrucción, salí y me sometí al interrogatorio del magistrado, que indagó de manera muy detallada acerca de todo lo que yo sabia; luego ordenó que fueran cerrados los portones de las instalaciones, que no se permitiera entrar ni salir a nadie, puso una guardia de diez esbirros, a los que les dio orden estricta de guardarme con seguridad, y se fue.

»Era ya oscuro. Me retiré a una estancia interior con mis cuatro pequeñas niñas birmanas, y atranqué las puertas. El guarda me ordenó en el acto desatrancar las puertas y que saliera, o derribarían la casa. Me negué obstinadamente a obedecer, y conseguí intimidarlos amenazándolos con quejarme de su conducta ante más altas autoridades por la mañana. Al ver que estaba decidida a no hacer caso de sus órdenes, tomaron los dos criados bengalíes, y los pusieron en cepos en una posición muy dolorosa. No pude soportar esto; llamé al cabo desde la ventana, y les dije que les haría un presente por la mañana a todos ellos si soltaban a los criados. Después de muchas discusiones y de muchas severas amenazas consintieron, pero parecían decididos a irritarme tanto como fuera posible. Mi estado desprotegido y desolado, mi total incertidumbre acerca de la suerte del señor Judson, y las terribles juergas y el lenguaje casi diabólico de la guardia, todo ello se unió para hacer de aquella con mucho la noche más angustiosa que jamás haya pasado. Puedes bien imaginar, querido hermano mío, que el sueño huyó de mis ojos, y de mi mente la paz y la compostura.

»A la mañana siguiente, envié a Moung Ing para que supiera la situación de tu hermano, y que le diera alimentos, si todavía vivía. ¡Pronto volvió, con las noticias de que el señor Judson, y todos los extranjeros blancos, estaban encerrados en la cárcel de muerte, con tres pares de cadenas de hierro, y atado a una larga estaca, para impedir que se movieran! Mi motivo de angustia era ahora que yo misma era prisionera, y que no podía hacer nada por la liberación de los misioneros. Rogué y supliqué al magistrado que me permitiera ir a algún miembro del gobierno para defender mi causa; pero él me dijo que no osaba consentir, por temor de que yo huyera. Luego escribí a una de las hermanas del rey, con quien había tenido una estrecha amistad, pidiéndole que empleara su influencia para la liberación de los maestros. La nota fue devuelta con este mensaje: Ella «no lo comprendía», lo que era una cortés negativa a interferir; luego supe que había estado deseosa de ayudarnos, pero que no se atrevió por causa de la reina. El día fue pasando lentamente, y tenía ante mi otra terrible noche. Traté de suavizar los sentimientos de la guardia dándoles té y cigarros para la noche, de modo que me permitieron permanecer en mi estancia sin amenazarme como lo hicieron la noche anterior. Pero la idea de que tu hermano estuviera estirado en un duro suelo en hierros y encerrado perseguía mi mente como un espectro, y me impidió dormir con tranquilidad, aunque estaba casi agotada.

»Al tercer día envié un mensaje al gobernador de la ciudad, que tiene toda la dirección de las cuestiones carcelarias, para que me permitiera visitarlo con un presente. Esto tuvo el efecto deseado, y de inmediato envió orden a los guardias para que me permitieran ir a la ciudad. El gobernador me recibió agradablemente, y me preguntó qué deseaba. Le presenté la situación de los extranjeros, y en panicular la de los americanos, que eran extranjeros y que nada tenían que ver con la guerra. Me dijo que no estaba en su mano liberarlos de la cárcel, pero que podría hacer más cómoda su situación; había su oficial jefe, a quien tenía que consultar acerca de los medios. El oficial, que resultó ser uno de los escritores de la ciudad, y cuyo rostro presentaba a simple vista el más perfecto conjunto de pasiones unidas a la naturaleza humana, me llevó aparte, y trató de convencerme de que tanto yo como los prisioneros estábamos totalmente a su merced, que nuestro futuro bienestar iba a depender de la generosidad de nuestros presentes, y que estos tenían que ser dados de manera secreta, sin que lo supiera funcionario alguno del gobierno. «¿Qué debo hacer para mitigar los sufrimientos actuales de los dos maestros?», le pregunté. «Págueme doscientos tickals (alrededor de cien dólares), dos piezas de tejido fino, y dos piezas de pañuelos». Yo había tomado dinero por la mañana, siendo que nuestra casa estaba a dos millas de la cárcel, y no podría volver fácilmente. Le ofrecí este dinero al escritor, y le rogué que no me apremiara con los otros artículos, por cuanto no disponía de ellos. El dudó por cierto tiempo, pero temiendo perder de vista tanto dinero, decidió tomarlo, prometiendo aliviar a los maestros de su penosa situación.

»Luego conseguí una orden del gobernador para poder ser admitida en la prisión; pero las sensaciones producidas por mi encuentro con tu hermano en aquella situación terrible, horrenda, y la escena patética que siguió, no trataré de describirías. El señor Judson se arrastró hacia la puerta de la celda porque nunca se nos permitió entrar y me dio algunas instrucciones acerca de su liberación; pero antes de poder hacer ningún arreglo, aquellos endurecidos carceleros, que no podían soportar vernos gozar del mísero consuelo de vernos en aquel tétrico lugar, me ordenaron salir. En vano alegué la orden del gobernador para ser admitida; de nuevo repitieron, con dureza, «Vete, o te echamos fuera». Aquella misma noche, los misioneros, junto con los otros extranjeros, que habían pagado una suma igual, fueron sacados de la cárcel común, y encerrados en un cubierto abierto del recinto de la prisión. Aquí se me permitió mandarles alimentos y esteras sobre las que dormir; pero no se me permitió volver a entrar por varios días.

»Mi siguiente objeto fue lograr presentar una petición a la reina; pero al no admitirse en palacio a nadie que estuviera en desgracia con su majestad, intenté presentarla por medio de la mujer de su hermano. La había visitado en mejores tiempos, y había recibido particulares marcas de su favor. Pero los tiempos habían cambiado: el señor Judson estaba en prisión, y yo angustiada, lo que era suficiente razón para que me recibiera fríamente. Llevé un presente de valor considerable. Ella estaba recostada en su alfombra cuando yo entré, y tenía a sus damas junto a ella. No esperé la pregunta usual hecha a un suplicante, «¿Qué queréis?», sino que de manera abierta, con voz intensa pero respetuosa, le expuse nuestra angustia y los males que nos habían sido hechos, y le rogué su ayuda. Ella levantó la cabeza un poco, abrió el presente que le había traído, y contestó fríamente: «Tu caso no es cosa desusada; todos los extranjeros reciben el mismo trato.» «Pero si es desusado,» le dije: «Los maestros son americanos, son ministros de religión, y nada tienen que ver ni con la guerra ni con política. Nunca han hecho nada que merezca tales tratos; ¿y es justo tratarlos así?» «El rey hace lo que le place», dijo ella; «yo no soy el rey, ¿qué puedo hacer yo?» «Podríais presentar su causa al rey, y conseguir su liberación», le contesté. «Poneos en mi situación; si vos estuvierais en América, y vuestro marido, inocente de cualquier crimen, fuera echado en la cárcel, en hierros, y vos una solitaria mujer sin protección, ¿qué haría?» «Con un ligero sentimiento en su voz, dijo: «presentaré su petición, vuelva mañana». Volví a casa con considerables esperanzas de que estaba a mano la pronta liberación de los misioneros. Pero al siguiente día fueron tomadas las propiedades del señor Couger, con un valor de cincuenta mil dólares, y llevadas a palacio. Los oficiales, a su regreso, me informaron educadamente que deberían visitar nuestra casa al día siguiente. Me sentí agradecida por esta información, y por ello hice preparativos para recibirlos escondiendo tantos artículos pequeños como fuera posible, junto con una considerable cantidad de plata, porque sabia que si la guerra se prolongaba nos veríamos en serio peligro de morir de hambre sin ella. Pero mi mente estaba terriblemente agitada, por si esto se descubría me echarían a mí en la cárcel. Y si me hubiera sido posible conseguir dinero de algún otro lugar, no me habría arriesgado a tomar este paso.

»Por la mañana siguiente, el tesorero real, Príncipe Tharyawadis, el Jefe Wun, y Koung-tone Myu-tsa, que fue en el futuro nuestro firme amigo, acompañados por cuarenta o cincuenta seguidores, para tomar posesión de todo lo que teníamos. Los traté con cortesía, les di sillas para que se sentasen, y té y dulces para su refrigerio; y la justicia me obliga a decir que llevaron a cabo la actividad de la confiscación con más consideración hacia mis sentimientos que los que hubiera pensado que podían exhibir los funcionarios birmanos. Solo entraron los tres oficiales a la casa; sus acompañantes recibieron orden de esperar fuera. Vieron que estaba profundamente afectada, y pidieron excusas por lo que iban a hacer, diciendo que les sabia mal tomar posesión de una propiedad que no era de ellos, pero que estaban obligados a hacerlo por orden del rey.

»¿Dónde están su plata, su oro y sus joyas?» preguntó el tesorero real. «No tengo oro ni joyas; pero aquí tienen la llave de un baúl que contiene la plata-hagan lo que les parezca». Selló el baúl, y fue pesada la plata. «Este dinero», dije yo, «fue recogido en América por los discípulos de Cristo, y enviado aquí con cl propósito de edificar un kyoung (el nombre de una casa de un sacerdote) y para nuestro sustento mientras enseñamos la religión de Cristo. ¿Es apropiado que se lo lleven?» (Los birmanos son adversos a tomar lo que está dedicado desde una voluntad religiosa, lo que me hizo preguntarles esto.) «Manifestaremos estas circunstancias al rey», dijo uno de ellos, «y quizá lo restaurará. Pero ¿ésta es toda la plata que tiene?» Yo no podía mentirles. «La casa está en manos de ustedes,» les contesté, «busquen por ustedes mismos». «¿No habéis depositado plata con alguna persona conocida?» «Mis conocidos están todos en la cárcel. ¿Con quién podría depositar plata?»

»Acto seguido, ordenaron examinar mi baúl y mis cajones. Sólo permitieron al secretario acompañarme en este registro. Todo lo bonito curioso que atraía su atención era presentado a los oficiales, para su decisión acerca de si había de ser tomado o dejado. Rogué que no se llevaran nuestros vestidos, porque sería deshonroso tomar ropas ya usadas en posesión de su majestad, y que para nosotros eran de enorme valor. Asintieron a esto, y se llevaron sólo una lista, y lo mismo hicieron con los libros, medicinas, etc. Rescaté de sus manos mi pequeña mesa de trabajo y mecedora, en parte con artificios y en parte por su ignorancia. También dejaron muchos artículos que fueron de gran valor durante nuestro largo encierro.

»Tan pronto como hubieron terminado su registro y se hubieron ido, me apresuré a ver al hermano de la reina, para saber cuál había sido la suerte de mi petición, pero ¡ay!, todas mis esperazas quedaron aplastadas por las frías palabras de su mujer, diciendo: «Presente su causa a la reina; pero su majestad contestó: Los maestros no morirán; que se queden como están. Mis expectativas habían estado tan elevadas que esta sentencia fue como el fragor de un trueno para mis sentimientos. Porque la verdad se me hizo evidente de que si la reina rehusaba ayudar, ¿quién osaría interceder por mí? Con el corazón oprimido, me fui, y de camino a casa traté de entrar a la prisión, para comunicar las tristes nuevas a tu hermano, pero me rehusaron ásperamente la entrada. Intentamos comunicamos por escrito, y después de haberlo logrado por varios días, se descubrió; el pobre hombre que llevaba las comunicaciones fue azotado y puesto en el cepo; y esta circunstancia me costó unos diez dólares, además de dos o tres días de agonía, por temor a las consecuencias.

»Los oficiales que habían tomado posesión de nuestras propiedades se las presentaron a su majestad, diciendo: «Judson es un verdadero maestro; nada encontramos en su casa excepto lo que pertenece a los sacerdotes. Además de este dinero, había una gran cantidad de libros, medicinas, baúles con vestimentas, de lo que sólo hemos hecho una lista. ¿Lo tomaremos, o lo dejaremos?» «Que sea dejado», dijo el rey, «y pon estas propiedades aparte, porque le serán restauradas si es hallado inocente». Esta era una alusión a la idea de que fuera un espía.

»Durantc los dos o tres meses siguientes estuve sujeta a continuos hostigamientos, en parte debido a mi ignorancia de la manera de hacer de la policía, y en parte por el insaciable deseo de cada suboficial para enriquecerse por medio de nuestro infortunio.

»Tú, mi querido hermano, que sabes mi intensa adhesión hacia mis amigos, y cuánto placer he experimentado hasta aquí en los recuerdos, podrás juzgar por las circunstancias expuestas cuán intenso era mi sufrimiento. Pero el punto culminante de mi angustia residía en la terrible incertidumbre acerca de nuestra suerte final. Mi opinión dominante era que mi marido sufriría una muerte violenta, y que yo, naturalmente, vendría a ser una esclava y languidecer una miserable aunque breve existencia en manos de algún monstruo sin sentimientos. Pero los consuelos de la religión, en estas circunstancias tan duras, no fueron «pequeñas ni pocas». Me enseñó a mirar más allá de este mundo, a aquel reposo de paz y dicha, donde Jesús reina, y donde nunca entra la opresión.

»Algunos meses después del encarcelamiento de tu hermano, me permitieron hacer una pequeña habitación de bambú en los recintos de la prisión, y donde se me permitía pasar a veces dos o tres horas. Sucedió que los dos meses que pasó en este lugar fueron los más fríos del año, cuando hubiera sufrido mucho en el cubierto abierto que ocupaba antes. Después de nacer tu sobrinita, me fue imposible visitar la cárcel y al gobernador como antes, y descubrí que había perdido la considerable influencia conseguida antes; porque ya no estaba tan bien dispuesto a oírme cuando había alguna dificultad, como antes. Cuando María tenía casi dos meses, su padre me envió recado una mañana de que todos los presos blancos habían sido puestos en la cárcel más interior, con cinco pares de cadenas cada uno, que su pequeña habitación había sido destrozada, y que los carceleros se habían llevado su estera, cojín, etc. Esto fue para mi una sacudida terrible, porque pensé en el acto que era sólo un anuncio de peores males.

»La situación de los presos era ahora angustiosa más allá de toda descripción. Era el comienzo de la época estival. Había alrededor de cien presos encerrados en una estancia, sin aire excepto por unas grietas en los tablones. A veces me daban permiso para acudir a la puerta por cinco minutos, y mi corazón se encogía ante la miseria que contemplaba. Los presos blancos, debido a su sudoración incesante y a la pérdida de apetito, parecían más muertos que vivos. Hice ruegos diarios al gobernador, ofreciéndole dinero, pero lo rehusaba; todo lo que conseguí fue permiso para que los extranjeros comieran su alimento fuera, y esto prosiguió durante muy poco tiempo.

»Después de continuar en la prisión interior durante más de un mes, tu hermano cayó enfermo de fiebres. Sentía la certeza de que no viviría mucho tiempo, a no ser que fuera sacado de aquel lugar pestilente. Para lograrlo, y a fin de estar cerca de la cárcel, me marché de nuestra casa y puse una pequeña estancia de bambú en el recinto del gobernador, que estaba casi delante de la verja de la prisión. Desde aquí rogué incesantemente al gobernador que me diera una orden para sacar al señor Judson fuera de la prisión grande y ponerlo en situación más cómoda; el anciano, cansado al final de mis ruegos, me dio finalmente la orden en un documento oficial; también dio orden al carcelero jefe para permitirme entrar y salir, a todas las horas del día, para administrarle medicinas. Ahora me sentía dichosa, ciertamente, e hice que el señor Judson fuera en el acto llevado a una pequeña choza de bambú, tan baja que ninguno de los dos podía estar derecho dentro de ella pero era un palacio en comparación con el lugar que había dejado.


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