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Capítulo IV
Persecuciones Papales

 

Hasta ahora nuestra historia de las Persecuciones se ha limitado Principalmente al mundo pagano. Llegamos ahora a un período en el que la persecución, bajo el ropaje del cristianismo, cometió más enormidades que las que jamás infamaron los anales del paganismo. Echando a un lado las máximas y el espíritu del Evangelio, la Iglesia papal, armada con el poder de la espada, vejó a la Iglesia de Dios y la devastó durante varios siglos, el período muy apropiadamente conocido como «las edades oscuras». Los reyes de la tierra dieron su poder a la «Bestia», y se sometieron a ser pisoteados por las miserables alimañas que a menudo ocuparon la silla papal, como en el caso de Enrique, emperador de Alemania. La tempestad de la persecución papal se abatió primero contra los Valdenses en Francia.

La persecución contra los Valdenses en Francia

Habiendo el papado introducido varias innovaciones en la Iglesia, y habiendo cubierto al mundo cristiano con tinieblas y superstición, unos pocos, dándose cuenta clara de la tendencia perniciosa de tales errores, decidieron exhibir la luz del Evangelio en su verdadera pureza, y dispersar aquellas nubes que unos astutos sacerdotes habían extendido sobre él, a fin de cegar al pueblo y oscurecer su verdadero resplandor.

El principal entre estos fue Berengario, que, alrededor del año 1000, predicó denodadamente las verdades del Evangelio, según su primitiva pureza. Muchos, convencidos, asintieron a su doctrina, y fueron, por ello, llamados berenganos. Berengario fue sucedido por Pedro Bruis, que predicó en Toulouse, bajo la protección de un conde llamado Ildefonso; todos los puntos de los reformadores, con sus razones para separarse de la Iglesia de Roma, fueron publicados en un libro escrito por Bruis, bajo el título de ANTICRISTO.

Para el año 1140 de Cristo, el número de reformados era muy grande, y la probabilidad de su crecimiento alarmó al papa, que escribió a varios príncipes para que los desterraran de sus dominios, y que emplearan a muchos eruditos para que escribieran contra sus doctrinas.

En el 1147 d.C. eran llamados Henericianos, debido a Enrique de Toulouse, considerado como su más eminente predicador, y debido a que no admitían ninguna prueba de religión más que las que se pudieran deducir de las mismas Escrituras, el partido papista les dio el nombre de apostólicos. Al final, Pedro Waldo, o Valdo, natural de Lyon, eminente por su piedad y erudición, devino un enérgico oponente del papado; y desde aquel entonces, los reformados recibieron la apelación de Valdenses.

El Papa Alejandro III, informado de estos sucesos por el obispo de Lyon, excomulgó a Waldo y a sus seguidores, y ordenó al obispo que los exterminara, si era posible, de sobre la faz de la tierra; así comenzaron las persecuciones papales contra los Valdenses.

Las actividades de Valdo y de los reformados suscitaron la primera aparición de los inquisidores, porque el Papa Inocente III autorizó a ciertos monjes como inquisidores, para que hicieran inquisición de y entregaran a los reformados al brazo secular. El proceso era breve, por cuanto una acusación era considerada como prueba de culpa, y nunca se concedió un juicio justo a los acusados.

El Papa, dándose cuenta de que estos crueles medios no surtían el efecto deseado, envió a varios eruditos monjes a predicar entre los Valdenses, y a tratar de convencerlos de lo erróneo de sus opiniones. Entre estos monjes había uno llamado Domingo, que se mostró muy celoso por la causa del papado. Este Domingo instituyó una orden, que fue llamada por su nombre, la orden de los frailes dominicos; y los miembros de esta orden han sido desde entonces los principales inquisidores en las varias inquisiciones del mundo. El poder de los inquisidores era ¡limitado. Procedían en contra de quien querían, sin consideración de edad, sexo o rango. Por infames que fueran los acusadores, la acusación era considerada válida-, incluso cuando recibían informaciones anónimas, enviadas por carta, las consideraban como evidencia suficiente. Ser rico era un crimen _igual a la herejía-, por ello, muchos que tenían dinero eran acusados de herejes, o de ser protectores de herejes, para poder obligarlos a pagar por sus opiniones. Los más queridos amigos, los parientes más próximos, no podían servir sin peligro a nadie que estuviera encarcelado debido a cuestiones religiosas. Llevarles algo de paja a los encerrados, o darles un vaso de agua, caía bajo la consideración de favorecer a los herejes, y eran por ello mismo perseguidos. Ningún abogado osaba defender a su propio hermano, y la malicia de los perseguidores incluso llegaba más allá de la tumba; se exhumaban los huesos de los ya muertos, y eran quemados, como ejemplo para los vivos. Si alguien era acusado en su lecho de muerte de ser seguidor de Waldo, sus posesiones quedaban confiscadas, y el heredero quedaba privado de su herencia; y algunos fueron enviados a Tierra Santa, mientras que los dominicanos se apoderaban de sus casas y propiedades, y, cuando los dueños volvían, a menudo pretendían no conocerlos. Estas persecuciones persistieron durante varios siglos bajo diferentes Papas y otros grandes dignatarios de la Iglesia Católica.

Persecuciones contra los Albigenses

Los albigenses eran gentes de religión reformada que vivían en el país de Albi. Fueron condenados por su religión en el Concilio de Laterano, por orden del Papa Alejandro III. Sin embargo, aumentaron tan prodigiosamente que muchas ciudades estaban habitadas por personas sólo de su persuasión, y varios eminentes nobles abrazaron sus doctrinas. Entre estos se encontraba Ramón, conde de Toulouse; Ramón, conde de Foix; el conde de Beziers, etc.

El asesinato de un fraile llamado Pedro, en los dominios del conde de Toulouse, sirvió de pretexto al Papa para perseguir al noble y a sus vasallos. Para emprender esta acción, envió mensajeros por toda Europa, para levantar fuerzas para actuar militarmente contra los albigenses, prometiendo el paraíso a todos los que acudieran a esta guerra, que designó como Guerra Santa, y que portaran armas durante cuarenta días. También se ofrecieron las mismas indulgencias que se ofrecían a todos los que acudían a las cruzadas de Tierra Santa. El valiente conde defendió Toulouse y otros lugares con el valor más arrojado y con variada fortuna contra los legados del Papa y contra Simón, conde de Moriffort, un fanático noble católico. Incapaz de someter abiertamente al conde de Toulouse, el rey de Francia, la reina madre y tres arzobispos levantaron otro formidable ejército, y consiguieron arteramente que el conde de Toulouse acudiera a una conferencia, en la que fue traicioneramente hecho prisionero, siendo obligado a aparecer descalzo y descubierto delante de sus enemigos, y obligado a firmar una abyecta retractación. Esto fue seguido de una dura persecución contra los albigenses, y de una orden expresa de que no se les podía permitir a los laicos la lectura de las Sagradas Escrituras. También en el año 1620 fue muy severa la persecución contra los albigenses. En 1648 se desató una dura persecución por Lituania y Polonia. La crueldad de los cosacos fue tal que hasta los mismos tártaros se avergonzaron de sus barbaridades. Entre otros que sufrieron estaba el Reverendo Adrian Chalinski, que fue asado a fuego lento, y cuyos sufrimientos y forma de morir exhiben los horrores que los adherentes del cristianismo han soportado de los enemigos del Redentor.

La reforma del error papista fue muy pronto proyectada en Francia; porque en el siglo decimotercero un arudito llamado Almerico, y seis de sus discípulos, fueron quemados en París por afirmar que Dios no estaba más presente en el pan sacramental que en cualquier otro pan; que era idolatría construir altares o santuarios a los santos, y que era ridículo ofrecerles incienso.

Sin embargo, el martirio de Almerico y de sus discípulos no impidió que muchos se dieran cuenta de la justeza de sus conceptos, y viendo la pureza de la religión reformada, de manera que la fe en Cristo aumentaba de continuo, y no sólo se extendió por partes de Francia, sino que la luz del Evangelio se difundió por varios otros países.

En el año 1524, en una ciudad de Francia llamada Melden, uno llamado Juan Clark puso una nota en la puerta de la iglesia donde llamaba Anticristo al Papa. Por esta ofensa fue azotado una y otra vez, y luego marcado en la frente con un hierro candente. Yendo luego a Mentz, en Lorena, destruyó algunas imágenes, por lo que le cortaron la mano derecha y la nariz, y le desgarraron los brazos y el pecho con tenazas. Soportó estas crueldades con asombrosa entereza, e incluso se mantuvo suficientemente sereno como para cantar el Salmo ciento quince, que prohibe la idolatría de manera expresa; después de esto fue echado al fuego, y quemado hasta dejar sólo cenizas.

En varias partes de Francia, para este tiempo, muchas personas de convicciones reformadas fueron azotadas, puestas al potro, flageladas y quemadas en la hoguera, especialmente en París, Malda y el Limosín.

Un natural de Malda fue quemado al fuego lento, por decir que la Misa era una clara negación de la muerte y pasión de Cristo. En el Limosín, un clérigo reformado llamado Juan de Cadurco fue apresado y quemado en la hoguera.

A Francisco Bribard, secretario del cardenal de Pellay, le cortaron la lengua, y después quemado, por hablar en favor de los reformados. Esto fue en 1545. Jaime Cobard, un director de escuela en la ciudad de St. Michael, fue quemado en aquel mismo año por decir: «La Misa es inútil y absurda»; alrededor de este mismo tiempo catorce hombres fueron quemados en Malda, y sus mujeres obligadas a estar cerca y a contemplar la ejecución.

En el año 1546, Pedro Chapot trajo una cantidad de Biblias en francés a Francia, y las vendió públicamente. Por ello fue, llevado a juicio, sentenciado y ejecutado pocos días después. Poco tiempo después, un paralítico de Meaux, un director de una escuela en Fera, llamado Esteban Poliot, y un hombre llamado John English, fueron quemados por la fe.

El señor Blondel, un rico joyero, fue prendido en el año 1548 en Lyon, y enviado a París; allí fue quemado por su fe por orden del tribunal en el 1549. Herbert, un joven de diecinueve años, fue lanzado a las llamas en Dijon; también sufrió esto Florent Venote en el mismo año.

En el año 1554, dos hombres de religión reformada, junto con el hijo y la hija de uno de ellos, fueron prendidos y encarcelados en el castillo de Niveme. Al ser interrogados, confesaron su fe, y se ordenó su ejecución; al ser untados con grasa, azufre y pólvora, ellos exclamaron: «Saladla, salad esta carne pecaminosa y corrompida.» Les coitaron entonces la lengua, y fueron después lanzados a las llamas, que pronto los consumieron, debido a las sustancias combustibles con las que habían sido cubiertos.

La matanza de San Bartolomé en París, etc.

En el día veintidós de agosto de 1572 comenzó este acto diabólico de sanguinaria brutalidad. La intención era destruir de un solo golpe la raíz del árbol protestante, que hasta entonces sólo había sufrido parcialmente en sus ramas. El rey de Francia había arteramente propuesto un matrimonio entre su hermana y el príncipe de Navarra, capitán y príncipe de los protestantes. Este imprudente matrimonio fue celebrado en París el 18 de agosto por el Cardenal de Borbón, sobre un alto catafalco construido con este propósito. Comieron con gran pompa con el obispo, y cenaron con el rey en París. Cuatro días después, el príncipe (Coligny), al salir del Consejo, fue herido por disparos en ambos brazos; entonces le dijo a Maure, el ministro de su difunta madre: «Oh, mi hermano, ahora veo que ciertamente Dios me ama, pues que he sido herido por Su más santa causa.» Aunque Vidam le aconsejó que huyera, permaneció en París, y fue poco después muerto por Bemjus, que después dijo que jamás había visto a nadie afrontar la muerte con mayor valor que el almirante.

Los soldados fueron dispuestos para que al darse cierta señal se lanzaran en el acto a efectuar la matanza por diversas partes de la ciudad. Cuando hubieron dado muerte al almirante, lo echaron por una ventana a la calle, donde le cortaron la cabeza, que fue enviada al Papa. Los salvajes papistas, todavía enfurecidos contra él, le cortaron los brazos y sus miembros privados, y, después de haberlo arrastrado tres días por las calles, lo colgaron por los pies fuera de la ciudad. Después de él mataron a muchas personas grandes y honorables que eran protestantes, como el Conde de la Rochfoucault, Telinius, yerno del almirante, Antonio, Clarimontus, el marqués de Ravely, Lewes Bussius, Bandineus, Pluvialius, Burneius, etc., y, lanzándose contra el común del pueblo, continuaron durante muchos días esta matanza; durante los primeros días mataron a diez mil de todo rango y condición. Los cuerpos fueron echados a los ríos, y la sangre corría como arroyos por las calles, y el río parecía ser de sangre. Tan furiosa era aquella ira infernal que dieron muerte a todos los papistas que eran considerados como no muy adictos a su diabólica religión. Desde París, la destrucción se extendió a todos los rincones del reino.

En Orleans fueron muertos mil hombres, mujeres y niños; y seis mil en Rouen.

En Meldith doscientos fueron encarcelados, y más tarde sacados uno por uno y cruelmente asesinados.

En Lyon se dio muerte a ochocientos. Aquí, niños colgados del cuello de sus padres, y padres abrazando afectuosos a sus hijos, fueron alimento de las espadas y de las sanguinarias mentes de aquellos que se llaman a sí mismos la Iglesia Católica. Aquí trescientos fueron asesinados en la casa del obispo, y los impíos monjes no querían consentir que fueran enterrados.

En Augustobona, al enterarse la gente de la matanza en París, cerraron las puertas para que ningún protestante pudiera escapar, y buscando diligentemente a cada miembro de la Iglesia reformada, los encarcelaron y dieron muerte de la más bárbara manera. Estas mismas crueldades tuvieron lugar en Avaricum, Troys, Toulouse, Rouen y en muchos otros lugares, yendo de ciudad en ciudad, villas y pueblos, por todo el reino.

Como corroboración de esta horrorosa carnicería, citamos la siguiente apropiada e interesante narración, escrita por un católico-romano sensible y erudito:

«Las nupcias del joven rey de Navarra (nos dice este autor) con la hermana del rey de Francia fueron solemnizadas con gran pompa; y todas las expresiones de afecto, todas las protestas de amistad y todos los juramentos sagrados entre los hombres fueron profusamente prodigados por Catalina, la mina madre, y por el rey; durante todo esto, el resto de la corte no pensó en nada más que en festejos, teatro, y bailes de máscaras. Al final, a las doce de la medianoche, la víspera de San Bartolomé, se dio la señal. De inmediato, las casas de los protestantes fueron forzadas a una. El almirante Coligny, alarmado por la conmoción, saltó de la cama, cuando un grupo de asesinos se precipitó en su dormitorio. Iban encabezados por un tal Besme, que había sido criado en el seno de la familia de los Guisas. Este miserable traspasó con su espada el pecho del almirante, y también le dio un corte en la cara. Besme era alemán, y siendo después tomado por los protestantes, los de La Rochela lo hubieran querido meter en la ciudad para colgarlo y despedazarlo; pero fue muerto por un tal Bretanville. Enrique, el joven duque de Guisa, que después constituyó la liga católica, y que fue asesinado en Blois, se estuvo de pie a la puerta hasta que concluyó la horrenda camicería, y gritó: «¡Besme! ¿Ya está?» Después de esto, aquellos rufianes arrojaron el cuerpo por la ventana, y Goligny espiró a los pies del de Guisa.

»El conde de Teligny también cayó víctima. Se había casado, hacía unos diez meses, con la hija de Coligny. Su rostro era tan hermoso que los rufianes, cuando se adelantaron para matarlo, se sintieron llenos de compasión; pero otros, más bárbaros, se precipitaron adelante y lo asesinaron.

»Mientras tanto, todos los amigos de Coligny fueron asesinados por todo París; hombres, mujeres y niños eran asesinados de manera indistinta y todas las calles estaban llenas de cuerpos agonizantes. Algunos sacerdotes, sosteniendo el crucifijo en una mano y una daga en la otra, corrían hacia los cabecillas de los asesinos, y los exhortaban enérgicamente a no perdonar ni a parientes ni a amigos.

»Tavannes, mariscal de Francia, un soldado ignorante y supersticioso, que unía la furia de la religión a la ira de partido, se lanzó a caballo por las calles de París gritando a sus hombres: «¡Que corra la sangre! ¡Que corra la sangre! Sangrar es tan sano en agosto como en mayo». En las memorias de la vida de este entusiasta, escritas por su hijo, se nos dice que el padre, en su lecho de muerte, y al hacer una confesión general de sus acciones, el sacerdote le dijo, sorprendido: «¡Cómo! ¿Y ninguna mención de la matanza de San Bartolomé?», a lo que Tavannes contestó: «Esto lo considero una acción meritoria, que lavará todos mis pecados». ¡Qué horrendos sentimientos puede inspirar un falso espíritu de la religión!

»El palacio del rey fue uno de los principales escenarios de la matanza. El rey de Navarra tenía su alojamiento en el Louvre, y todos sus criados eran protestantes. Muchos de estos fueron muertos en la cama junto con sus mujeres; otros, huyendo desnudos, fueron perseguidos por los soldados por las varias estancias de palacio, incluso hasta la antecámara del rey. La joven esposa de Enrique de Navarra, despertada por la terrible conmoción, temiendo por su marido y por su propia vida, arrebatada de horror, y medio muerta, saltó de su cama para echarse a los pies de su hermano el rey. Pero apenas si había abierto la puerta de su cámara cuando algunos de sus criados protestantes se precipitaron dentro buscando refugio. Los soldados siguieron de inmediato, persiguiéndolos delante de la princesa y matando a uno que se lanzó debajo de su cama. Otros dos, heridos con alabardas, cayeron a los pies de la reina, que quedó cubierta de sangre.

»El conde de la Rochefoucault, un joven noble, en gran favor del rey por su aire atractivo, su cortesía y una cierta dicha peculiar en el giro de su conversación, había pasado la velada hasta las once con el monarca, en una placentera familiaridad, y había estado dando rienda suelta, con el mayor humor, a las salidas de su imaginación. El monarca sintió un cierto remordimiento, y tocado por una especie de compasión, le invitó, dos o tres veces, a que no fuera a casa, sino que se quedara en el Louvre. El conde le dijo que debía volver con su mujer, y entonces el rey ya no le apremió más, sino que se dijo: « ¡Que vaya! Veo que Dios ha decretado su muerte! » Dos horas después era asesinado.

»Muy pocos de los protestantes escaparon de la furia de sus fanáticos perseguidores. Entre ellos estaba el joven La Force (después el famoso maríscal de La Force), un niño de unos diez años de edad, cuya liberación fue sumamente notable. Su padre, su hermano mayor y él mismo fueron apresados por los soldados del Duque de Anjou. Estos asesinos se lanzaron sobre los tres, golpeándolos a capricho, con lo que cayeron uno sobre otro. El más pequeño no recibió un solo golpe, sino que, aparentando que estaba muerto, escapó al siguiente día; su vida, preservada de esta manera maravillosa, duró ochenta y cinco años.

»Muchas de las pobres víctimas huyeron hacia la ribera, y algunos nadaron para pasar el Sena y dirigirse a los suburbios de St. Germaine. El rey los vio desde su ventana, que dominaba el río, y se dedicó a disparar contra ellos con una carabina que le cargaba para esto uno de sus pajes. Mientras tanto la reina madre, imperturbable y serena en medio de la matanza, mirando desde un balcón animaba a los asesinos y se reía ante los gemidos de los agonizantes. Esta bárbara reina estaba animada de una agitada ambición, y perpetuamente cambiaba de partido a fin de saciarla.

»Poco tiempo después de estos horrendos sucesos, la corte francesa trató de paliarlos mediante formas legales. Pretendieron justificar la matanza mediante una calumina, acusando al almirante de conspiración, lo que nadie creyó. El parlamento recibió órdenes de actuar contra la memoria de Coligny, y su cadáver fue colgado con cadenas en unas horcas de Montfaucon. El mismo rey fue a contemplar aquel insólito espectáculo. Entonces uno de sus cortesanos fue a aconsejarle que se retirara, haciéndole notar la hedor del cadáver, a lo que el rey replicó: «Un enemigo muerto huele bien». Las masacres del día de San Bartolomé están pintadas en el salón real del Vaticano en Roma, con la siguiente inscripción: Potifex, Coligny necem probat, esto es: «El Papa aprueba la muerte de Coligny».

»El joven rey de Navarra fue eximido por cuestión política y no por piedad de la reina madre, manteniéndolo prisionero hasta la muerte del rey, a fin de que fuera seguridad y prenda de la sumisión de aquellos protestantes que pudieron huir.

»Esta horrorosa carnicería no se limitó meramente a la ciudad de París. Ordenes semejantes fueron enviadas desde la corte a los gobernadores de todas las provincias en Francia, ¡de manera que al cabo de una semana unos cien mil protestantes fueron despedazados en diferentes partes del reino! Sólo dos o tres gobernadores rehusaron obedecer las órdenes del rey. Uno de estos, llamado Montmorrin, gobernador de Auvernia, escribió al rey la siguiente carta, que merece ser tmnsmifida a la más lejana posteridad:

»SEÑOR: He recibido una orden, con el sello de vuestra majestad, de dar muerte a todos los protestantes en mi provincia. Tengo demasiado respeto pam vuestra majestad pam no creer que la carta sea un fmude; pero si la orden (Dios no lo quiera) fuera genuina, tengo demasiado respeto por vuestra majestad para obedeceria.»

En Roma hubo un horrendo gozo, tan grande que señalaron un día de festejos, y un jubileo, ¡con una gran indulgencia para todos los que lo guardaran y mostraran toda expresión de júbilo que pudieran imaginar! Y el hombre que dio la primera noticia recibió 1000 coronas del cardenal de Lorena por su impío mensaje. El rey también ordenó que el día fuera conmemorado con toda demostración de gozo, habiendo llegado a la conclusión de que toda la raza de los Hugonotes estaba extinta.

Muchos de los que dieron grandes cantidades de dinero como rescate fueron de inmediato muertos; y varias ciudades que recibieron la promesa del rey de protección y seguridad, fueron objeto de una matanza general tan pronto como se entregaron, en base de esta promesa, a sus generales o capitanes.

En Burdeos, por instigación de un malvado monje, que solía apremiar a los papistas a la matanza en sus sermones, doscientas sesenta y cuatro personas fueron cruelmente muertas; algunos de ellos eran senadores. Otro de la misma piadosa fraternidad causó una matanza similar en Agendicum, en Maine, donde el populacho, por la satánica sugerencia de los santos inquisidores, se lanzaron contra los protestantes, matándolos, saqueando sus casas, y derribando su iglesia.

El duque de Guisa, entrando en Blois, permitió que sus soldados se lanzaran al saqueo, y que mataran o ahogaran a todos los protestantes que pudieran encontrar. En esto no perdonaron ni edad ni sexo; violando a las mujeres, luego las asesinaban; de ahí se dirigió a Mere, y cometió las mismas atrocidades durante muchos días. Aquí encontraron a un ministro llamado Cassebonio, y lo arrojaron al río.

En Anjou mataron a un ministro llamado Albiacus; muchas mujeres fueron también violadas y asesinadas allí; entre ellas había dos hennanas que fueron violadas delante de su padre, a quien los asesinos ataron a una pared para que las viera, y luego les dieron muerte a ellas y a él.

El gobernador de Turin, después de haber dado una enorme cantidad de dinero por su vida, fue cruelmente golpeado con garrotes, desnudado de sus ropas, y colgado de los pies, con su cabeza y torso en el río; antes que muriera le abrieron el vientre, le arrancaron las entrañas, y las arrojaron al río; luego llevaron su corazón por la ciudad clavado en una lanza.

En Barre se comportaron con gran crueldad, incluso con los niños pequeños, a los que abrían en canal, arrancando sus entrañas, las que, por el furor que llevaban, mordían con sus dientes. Los que habían huído al castillo fueron casi colgados cuando se rindieron. Así lo hicieron en la ciudad de Matiscon, considerando como un juego cortarles los brazos y las piernas y luego matarlos; como entretenimiento para sus visitantes, a menudo arrojaban a los protestantes desde un risco alto al río, diciendo: «¿No has visto nunca a alguien saltar tan bien?»

En Penna, trescientos fueron degollados inhumanamente, tras haberles prometido seguridad; y cuarenta y cinco en Albia, un domingo. En Nome, aunque se rindió bajo la condición de que se les ofreciera seguridad, se vieron los más horrendos espectáculos. Personas de ambos sexos y de toda condición fueron asesinados indiscriminadamente-, las calles resonaban con clamores de dolor, y la sangre corria; las casas encendidas por el fuego que los soldados habían arrojado dentro. Una mujer, sacada a rastras de su escondrijo junto con su marido, fue primero violada por los brutales soldados, y luego, con una espada que le mandaron sostener, la forzaron con sus propias manos en las entrañas de su marido.

En Samarobridge asesinaron más de cien protestantes, después de prometerles paz; en Antisidor dieron muerte a cien, y arrojaron a muchos al río. Cien que habían sido encarcelados en Orleans fueron muertos por la enfurecida multitud.

Los protestantes de La Rochela, aquellos que habían podido escapar milagrosamente a la furia del infierno y se habían refugiado allá, viendo lo mal que les había ido a los que se habían sometido a aquellos demonios que se pretendían santos, se mantuvieron firmes por sus vidas; y algunas otras ciudades, alentadas por este gesto, los imitaron. El rey envió contra La Rochela casi todo el poder de Francia, que la asedió durante siete meses; y aunque por sus asaltos hicieron bien poco contra sus habitantes, por el hambre destruyeron a dieciocho mil de veintidós mil. Los muertos, demasiado numerosos para que los vivos los sepultaran, fueron pasto de las alimañas y de las aves carnívoras. Muchos llevaban sus propios ataúdes al patio de la iglesia, yacían en ellos, y expiraban. Su dieta había sido durante mucho tiempo aquello que hace temblar las mentes de los que tienen abundancia: hasta carne humana, entrañas, estiércol, y las cosas más inmundas, llegaron a ser finalmente el único alimento de aquellos campeones de aquella verdad y libertad de la que el mundo no era digno. Ante cada ataque los asaltantes se encontraban con una reacción tan denodada que dejaron a ciento treinta y dos capitanes, con un número proporcionado de tropas, tendidos en el campo. Finalmente, el sitio fue levantado por petición del duque de Anjou, hermano del rey, que fue proclamado rey de Polonia, y el rey, cansado, accedió fácilmente, con lo que se les concedieron condiciones honrosas.

Fue una notable interferencia de la Providencia que, en toda esta terrible matanza, sólo dos ministros del Evangelio cayeron.

Los trágicos sufrimientos de los protestantes son demasiado numerosos para detallarlos; pero el trato dado a Felipe de Deux dará una idea del resto. Después que los desalmados hubieran dado muerte al mártir en su cama, fueron a su mujer, que estaba asistida por una comadrona, esperando dar a luz en cualquier momento. La comadrona les rogó que detuvieran sus intenciones asesinas, al menos hasta que el niño, su vigésimo, naciera. A pesar de esto, hundieron una daga hasta la empuñadura en el cuerpo de la pobre mujer. Ansiosa por dar a luz, corrió a un campo de trigo; pero hasta allá la persiguieron, la apuñalaron en el vientre, y luego la echaron a la calle. Por su caída, el niño salió de su madre moribunda, que tomado por uno de los rufianes católicos, apuñaló al recién nacido, arrojándolo luego al río.

Desde la revocación del Edicto de Nantes hasta la Revolución Francesa, en 1789

Las persecuciones ocasionadas por la revocación del edicto de Nantes tuvieron lugar bajo Luís XIV. Este edicto había sido promulgado por Enrique el Grande de Francia en 1598, y aseguró a los protestantes la igualdad de derechos en todos los respectos, fueran civiles o religiosos, con el resto de los súbditos del reino. Todos estos privilegios los había confirmado Luís XIII en otro estatuto, llamado el edicto de Nismes, y lo mantuvo inviolado hasta el fin de su reinado.

Al acceder Luís XIV al trono el reino estaba casi arruinado por las guerras civiles. En este punto, los protestantes, sin atender a la amonestación de nuestro Señor, que «los que tomen la espada, a espada perecerán», tomaron una parte tan activa en favor del rey, que se vio forzado a reconocerse en deuda con sus armas por haber sido establecido en el trono. En lugar de proteger y recompensar a aquel partido que lo había establecido en el trono, pensó que aquel mismo poder que lo había protegido podría derrocarlo, y, dando oído a las maquinaciones papistas, comenzó a emitir proscripciones y restricciones que señalaban a su decisión final. La Rochela fue presa de una cantidad increíble de denuncias. Montauban y Millau. fueron saqueadas por los soldados. Se designaron comisionados papistas para presidir sobre los asuntos de los protestantes, y no había más apelación contra sus decisiones que ante el consejo real. Esto fue un golpe a la misma raíz de sus derechos civiles y religiosos, y les impidió, como protestantes, de llevar a ningún católico a juicio. Esto fue seguido por otro decreto, que debía hacerse una indagación en todas las parroquias acerca de todo lo que los protestantes habían dicho o hecho en los pasados veinte años. Esto llenó las cárceles de víctimas inocentes, y condenó a otros a galeras o a destierro.

Los protestantes fueron expulsados de todos los oficios, profesiones, privilegios y empleos; esto los privó de todos los medios de ganarse su pan; y se llevó a cabo esto con tal brutalidad que ni permitían a las comadronas que ejercieran su oficio, sino que obligaban a las mujeres a someterse a esta crisis natural en manos de sus enemigos, los brutales católicos. Sus hijos les eran arrebatados para ser educados por los católicos, y a los siete años se les hacía abrazar el papismo. Se prohibió a los reformados que prestaran ayuda a sus propios enfermos o pobres, todo culto privado, y el servicio divino debía efectuarse en presencia de un sacerdote papista. Para impedir que las infortunadas víctimas abandonaran el reino, se puso una estricta vigilancia por todos los pasos fronterizos del reino; sin embargo, por la mano misericordiosa de Dios, unos ciento cincuenta mil escaparon a su vigilancia, y emigraron a diferentes países para contar la terrible historia.

Todo lo que se ha contado hasta aquí eran sólo infracciones de su carta de derechos, el edicto de Nantes. Al final, tuvo lugar la diabólica revocación de este edicto, el dieciocho de octubre de 1685, y fue registrada el veintidós, en contra de todas las formas de la ley. En el acto, las tropas, del cuerpo de dragones, fueron acuarteladas con los protestantes en todo el reino, y llenaron todo el reino con la misma noticia: que el rey no admitiría ya más ningunos hugonotes en su reino, y que por ello tenían que decidir cambiar de religión. Con esto, los intendentes de cada parroquia (que eran gobernadores y espías católicos puestos sobre los protestantes) reunieron a la población reformada, diciéndoles que debían volverse católicos en el acto, bien de grado, bien por fuerza. Los protestantes contestaron que «estaban dispuestos a sacrificar sus vidas y posesiones al rey, pero que siendo sus conciencias de Dios, no podían disponer de ellas de la misma manera.»

En el acto, las tropas se apoderaron de las puertas y avenidas de las ciudades, y, poniendo guardas en todos los pasajes, entraron espada en mano, clamando: «¡Morid, o sed católicos!» Para resumir, practicaron todas las maldades y todos los horrores que pudieron inventar para obligarles a cambiar de religión.

Colgaban a hombres y mujeres por los cabellos o por los pies, y los ahumaban con paja ardiendo hasta que estaban casi muertos; y si seguían sin querer firmar su retractación, los colgaban una y otra vez, repitiendo sus barbaridades, hasta que, cansados de tormentos sin muerte, obligaban a muchos a ceder.

A otros les arrancaban los cabellos de la cabeza y de la barba con tenazas. A otros los echaban en grandes hogueras, sacándolas otra vez de ellas, repitiendo la acción hasta que forzaban la promesa de retractarse.

A otros los desnudaban, y después de insultarlos de la manera más infame, les clavaban agujas de la cabeza a los pies, y los sacaban con cortaplumas; a veces los arrastraban con tenazas al rojo vivo por la nariz, hasta que prometían su retractación. A veces ataban a padres y maridos, mientras violaban a sus mujeres e hijas delante de sus ojos. A multitudes las encarcelaron en mazmorras inmundas, donde practicaban todo tipo de suplicios en secreto. A las mujeres y a los niños los encerraban en monasterios.

Los que consiguieron huir fueron perseguidos por los bosques, y cazados en los campos, disparándoles encima como a fieras; y ninguna condición ni calidad personal les sirvió de defensa ante la ferocidad de aquellos dragones infernales; incluso a los miembros del parlamento y a los oficiales militares, aunque estuvieran sirviendo en aquel momento, se les ordenó abandonar sus puestos y dirigirse a sus casas, para sufrir igual suerte. Los que se quejaron al rey fueron mandados a la Bastilla, donde bebieron la misma copa. Los obispos y los intendentes marcharon a la cabeza de los dragones, con una tropa de misioneros, monjes y otros clérigos para animar a los soldados a ejecutar una acción tan grata para la Santa Iglesia de ellos, y tan gloriosa para el demonio dios de ellos, y su tirano rey.

Al redactar el edicto para revocar el edicto de Nantes, el consejo estaba dividido. Algunos hubieran querido detener a todos los ministros y obligarles a abrazar el papado, lo mismo que a los laicos; otros preferían expulsarlos, porque su presencia fortalecería a los protestantes en su perseverancia: y si se veían obligados a retractarse, constituirían un grupo de enemigos secretos y poderosos en el seno de la Iglesia, por su gran conocimiento y experiencia en cuestiones de controversia. Al prevalecer esta razón, fueron sentenciados a destierro, y sólo se les permitieron quince días para partir del reino.

El mismo día de la publicación del edicto revocando la carta de libertades de los protestantes, demolieron sus iglesias y desterraron a sus ministros, a los que sólo les dejaron veinticuatro horas para salir de París. Los papistas no estaban dispuestos a permitirles que vendieran sus posesiones, y pusieron todos los obstáculos en su camino para retardar su salida hasta que terminara su limitado tiempo, lo que les sometía a la condena a galeras de por vida. Los guardas fueron doblados en los puertos de mar, y las cárceles quedaron llenas con las víctimas, que soportaron tormentos y carencias ante los que la naturaleza humana tiene que estremecerse.

Los sufrimientos de los ministros y de otros, que fueron enviados a galeras, parecieron exceder a todos. Encadenados a un remo, estaban expuestos día y noche, en todas las estaciones, en todos los climas; y cuando desmayaban por debilidad del cuerpo, y se derrumbaban sobre el remo, en lugar de un cordial para reanimarles, o alimentos para fortalecerles, recibían sólo los azotes de un látigo, o los golpes de una vara o del cabo de una cuerda. Por la carencia de suficiente vestido y de la necesaria limpieza, se veían duramente atormentados por todo tipo de parásitos, y azotados por el frío, que alejaba de noche a los ejecutores que los golpeaban y atormentaban durante el día. En lugar de una cama, sólo se les permitía una madera dura de dieciocho pulgadas (46 cm) de anchura sobre la cual dormir, tanto si estaban sanos como enfermos, y sin cubierta alguna más que sus míseros harapos, que consistían en una camisa del tejido más burdo, un pequeño justillo de sarga roja, con cortes a cada lado para los brazos y con unas mangas que no llegaban al codo, y una vez cada tres años recibían un burdo capote y una pequeña gorra para cubrirse la cabeza, que tenían siempre pelada al rape como marca de infamia. Su provisión de comida era tan mezquina como los sentimientos de los que los habían condenado a tales miserias, y el trato al que eran sometidos si caían enfermos es demasiado chocante para narrarlo; quedaban condenados a morir sobre las maderas del oscuro sollado, cubiertos de parásitos, y sin la menor provisión para sus necesidades fisiológicas. Y no era menos el horror que tenían que padecer estar encadenados al lado de los más endurecidos delincuentes y de los más execrables villanos, cuyas blasfemas lenguas nunca paraban. Si rehusaban oír Misa, eran sentenciados al bastinado, un terrible castigo que describimos a continuación. En preparación del mismo, se les quitan las cadenas, y las víctimas son entregadas en manos de los turcos que presiden a los remos, que los desnudan totalmente, y los tienden sobre un gran cañón, de manera que no se puedan mover. Durante esto reina un silencio sepulcral por toda la galera. El turco designado como verdugo, y que considera este sacrificio aceptable para su profeta Mahoma, azota a la mísera víctima con un recio garrote, o con un cabo de cuerda lleno de nudos, hasta que la carne queda abierta hasta los huesos, y está cerca de expirar-, luego le aplican una mezcla atormentadora de vinagre y sal, y lo dejan en aquel intolerable hospital donde miles ya han expirado bajo sus crueldades.

El martirio de Juan Calas

Pasarnos ahora por encima de otros muchos martirios individuales para insertar el de Juan Calas, que tuvo lugar en época tan reciente como 1761, y que es una indudable prueba del fanatismo del papado, mostrando que ni la experiencia ni la mejora puede desarraigar los inveterados prejuicios de los católico-romanos, ni hacerlos menos crueles o inexorables contra los protestantes.

Juan Calas era un mercader de la ciudad de Toulouse, donde se había establecido y vivía con buena reputación, habiéndose casado con una mujer inglesa de origen francés. Calas y su mujer eran protestantes, y tenían cinco hijos, a los que instruyeron en la misma religión; pero Luís, uno de los hijos, se convirtió al catolicismo romano, habiendo sido convertido por una criada que había vivido con la familia durante treinta años. Sin embargo, el padre no expresó resentimiento alguno ni mala voluntad por ello, sino que mantuvo a la criada en la familia y asignó una anuidad para su hijo. En octubre de 1761 la familia consistía de Juan Calas y su mujer, una criada, Marco Antonio Calas, que era el hijo mayor, y Pedro Calas, el menor. Marco Antonio había sido educado en leyes, pero no podía ser admitido a la práctica por ser protestante. Por ello sufrió una depresión, leyó todos los libros que pudo conseguir acerca del suicidio, y parecía decidido a acabar su vida. A esto debe añadirse que llevaba una conducta disipada, muy adicto al juego, y que hacía todo lo que podía constituir el carácter de un libertino. Por esta razón su padre lo reprendía con frecuencia, a veces con severidad, lo que añadió de manera considerable a la depresión que parecía oprimirle.

El trece de octubre de 1761, el señor Gober la Vaisse, un joven caballero de unos 19 años, hijo de La Vaisse, un célebre abogado de Toulouse, se reunió a alrededor de las cinco de la tarde con Juan Calas, el padre, y con el hijo mayor Marco Antonio, que era amigo suyo. El padre Calas le invitó a cenar, y la familia y su invitado se sentaron en una estancia alta; todo el grupo consistía en el padre Calas y su mujer, los dos hijos Antonio y Pedro Calas, y el invitado La Vaisse, no habiendo nadie más en la casa excepto la criada, ya mencionada.

Era ahora alrededor de las siete. La cena no fue larga, pero antes de acabar, Antonio dejó la mesa y se fue a la cocina, que estaba en el mismo piso, cosa además que solía hacer. La criada le preguntó si tenía frío. Él respondió: «Bien al contrario, estoy ardiendo»; luego, la dejó. Mientras tanto, su amigo y la familia dejaron la estancia en la que habían cenado y fueron a una sala de estar, el padre y La Vaisse se sentaron juntos en un sofá; el hijo más joven, Pedro, en un sillón, y la madre en otra; y, sin preocuparse de Antonio, prosiguieron la conversación hasta entre las nueve y las diez, cuando La Vaisse se despidió, y Pedro, que se había quedado dormido, fue despertado para acompañarlo con una luz.

En la planta baja de la casa de los Calas había una tienda y un almacén, estando éste separado de la tienda por un par de puertas. Cuando Pedro Calas y La Vaisse Regaron abajo a la tienda, quedaron horrorizados al ver a Antonio colgando vestido sólo de su camisa, desde una barra que él había colgado a través de la parte superior de las dos puertas, que había medio abierto con este propósito. Al descubrir este horrenda escena chillaron, lo que hizo bajar al padre Calas, quedando la madre tan sobrecogida de terror que se quedó temblando en el pasillo del piso superior. Cuando la criada descubrió lo sucedido, se quedó abajo, bien porque temiera llevar la mala noticia a su ama, bien porque se dedicara a prodigar su atención a su amo, que estaba abrazando el cuerpo de su hijo, bañándolo con sus lágrimas. Por ello, la madre, que se había quedado sola, bajó y se encontró en la escena que ya hemos descrito, con las emociones que debía naturalmente producirle. Mientras tanto, Pedro había sido enviado a buscar a La Moire, un cirujano del vecindario. La Moire no estaba en casa, pero su aprendiz, el señor Grosle, acudió en el acto. Al examinarlo, encontró el cuerpo ya cadáver. Para este tiempo se había congregado una multitud de gente papista alrededor de la casa, y, habiendo oído que Antonio Calas había muerto repentinamente, y que el cirujano que había examinado el cuerpo había afirmado que había sido estrangulado, dieron por supuesto que había sido asesinado; y como la familia era protestante, llegaron a suponer que el joven estaba a punto de cambiar de religión, y que había sido muerto por esta razón.

El pobre padre, abrumado de dolor por la pérdida de su hijo, fue aconsejado por sus amigos a que mandara llamar a los funcionarios de la justicia para impedir que fuera despedazado por la muchedumbre católica, que suponía que había dado muerte a su hijo. Así lo hicieron, y David, el principal magistrado o capitol, tomó al padre, a su hijo Pedro, a La Vaisse y a la criada bajo su custodia, y puso una guardia para protegerlos. Envió a buscar al señor de la Tour, médico, y a los señores la Marque y Peronet, cirujanos, que examinaron el cuerpo buscando señales de violencia, pero que no encontraron ninguna, excepto la marca de la cuerda en el cuello; también observaron que el cabello del difunto estaba peinado de la manera normal, perfectamente liso y sin desorden alguno; sus ropas estaban también bien dispuestas, echadas sobre el mostrador, y su camisa no estaba ni desgarrada ni desabotonada.

A pesar de estas evidencias de inocencia, el capitol consideró apropiado concordar con la opinión de la turba, y emitió la hipótesis de que el viejo Calas había enviado a buscar a La Vaisse, diciéndole que tenía un hijo al cue había que colgar, que La Vaisse había ido para llevar a cabo la función de verdugo, y que había recibido ayuda del padre y del hermano.

Como no podía darse prueba alguna del supuesto hecho, el capitol recurrió a una amonestación, o información general, por lo que el crimen se consideraba como verdadero, y se pedía públicamente que se diera testimonio en contra de él, cada uno como pudiera hacerlo. Esta amonestación recita que La Vaisse estaba encargado por los protestantes para ser su verdugo ordinario, cuando alguno de los hijos tuviera que ser colgado por cambiar de religión; afirma asimismo que cuando los protestantes cuelgan a sus hijos de esta manera, los fuerzan a arrodillarse, y una de las amonestaciones era si alguna persona había visto a Antonio Calas arrodillarse delante de su padre cuando lo estranguló; también se afirma que Antonio murió como católico-romano, y se demanda evidencia de su catolicismo.

Pero antes que se publicaran estas amonestaciones, de la turba había salido el pensamiento de que Antonio Calas iba al siguiente día a haberse incorporado a la fraternidad de los Perútentes Blancos. Por ello, el capitol ordenó que su cuerpo fuera enterrado en medio de la Iglesia de San Esteban. Pocos días después del entierro del muerto, los Penitentes Blancos oficiaron un solemne servicio por él en su capilla. La iglesia fue llenada de colgaduras blancas, y en medio se levantó una tumba, sobre la cual se puso un esqueleto humano, sosteniendo en una mano un papel que decía: «Abjuración de la herrejia», y en la otra una palma, emblema del martirio. Al siguiente día, los franciscanos oficiaron un servicio de la misma clase por él.

El capitol prosiguió la persecución con una dureza implacable, y, sin la menor prueba, consideró oportuno sentenciar a tortura a los desdichados padre, madre, amigo y criada, y los puso bajo cadenas el dieciocho de noviembre.

Contra estos terribles procedimientos, la sufrida familia apeló al parlamento contra estos terribles procedimientos, el cual examinó el asunto, y anuló la sentencia del capitol como irregular, pero prosiguieron con la persecución judicial, y, al declarar el verdugo de la ciudad que era imposible que Antonio se hubiera colgado a sí mismo de la manera que se pretendía, la mayoría del parlamento fueron de la opinión de que los presos eran culpables, ordenando por ello que fueran juzgados por el tribunal criminal de Toulouse. Uno los votó inocentes, pero tras largos debates, la mayoría estaba a favor de la tortura y de la rueda; al padre lo condenaron probablemente por vía de experimento, tanto si era culpable como inocente, esperando que, en la agonía, confesara su crimen, y acusara a los otros presos, cuya suerte quedó por ello suspendida.

Así, el pobre Calas, un anciano de sesenta y ocho años, fue condenado solo a este terrible castigo. Sufrió la tortura con gran valor, y fue llevado a la ejecución con una actitud que suscitó la admiración de todos los que le vieron, y en particular de los dos dominicos (el Padre Bourges y el Padre Coldagues), que le asistieron en sus últimos momentos, y declararon que no sólo lo consideraban inocente de la acusación de que era objeto, sino que era también un caso ejemplar de verdadera paciencia, fortaleza y caridad cristianas.

Cuando vio al verdugo listo para darle el último golpe, hizo una nueva declaración al Padre Bourges, pero todavía con las palabras en la boca, el capitol, autor de esta tragedia, que había subido al cadalso meramente para satisfacer su deseo de ser testigo de su castigo y muerte, se lanzó corriendo hacia él gritándole: «¡Miserable: ahí están las ascuas que van a reducir tu cuerpo a cenizas! ¡Di la verdad!» Calas no le contestó, sino que volvió la cabeza algo al lado. En aquel momento el verdugo ejecutó su función.

El clamor popular contra esta familia se hizo tan violento en el Languedoc, que todos esperaban ver a los hijos de Calas destrozados sobre la rueda, y a la madre quemada viva.

El joven Donat Calas recibió el consejo de huir a Suíza. Fue allá, y encontró a un caballero que al principio sólo pudo compadecerse de él y aliviarle, sin atreverse a juzgar del rigor ejercitado contra el padre, la madre y los hermanos. Poco después, otro de los hermanos, que había sido desterrado, se acogió a la protección de la misma persona, que, durante más de un mes, adoptó todas las precauciones posibles para asegurarse de la inocencia de la familia. Una vez se hubo convencido, se consideró obligado, en conciencia, a emplear a sus amigos, su propia bolsa, su pluma, y su reputación personal, para reparar el fatal error de los siete jueces de Toulouse, y lograr que el proceso fuera revisado por el consejo del rey. Esta revisión duró tres años, y es cosa bien conocida el honor que los señores de Grosne y Bacquancourt alcanzaron al investigar esta memorable causa. Cincuenta magistrados de la Corte de Apelaciones declararon unánimes la inocencia de toda la familia Calas, y los recomendaron a la benevolente justicia de su majestad. El Duque de Choiseul, que jamás dejó pasar oportunidad para mostrar la grandeza de su carácter, no sólo ayudó a la desafortunada familia con dinero, sino que obtuvo del rey una donación para ellos de 36.000 libras.

El nueve de marzo de 1765 se firmó la sentencia que justificaba a la familia Calas y que cambiaba su suerte. El nueve de marzo de 1762, hacía tres años justos, había sido el día de la ejecución del inocente y virtuoso padre de aquella familia. Todos los parisinos se agolparon multitudinariamente para verlos salir de la prisión, y aplaudieron gozosos, mientras las lágrimas les brotaban de los ojos.

Este terrible ejemplo de fanatismo hizo mover la pluma de Voltaire atacando los horrores de la superstición; y aunque él mismo era incrédulo, su ensayo sobre la tolerancia honra a su pluma, y ha sido un medio de bendición para abatir los rigores de la persecución en la mayoría de los estados europeos. La pureza del Evangelio huirá al igual de la superstición que de la crueldad, por cuanto la mansedumbre de las enseñanzas de Cristo sólo enseñan a consolar en este mundo, y a buscar la salvación en el venidero. Perseguir por diferencias de opinión es cosa tan absurda como perseguir por tener un diferente rostro. Si honrarnos a Dios, mantenemos sagradas las puras doctrinas de Cristo, ponemos plena confianza en las promesas contenidas en las Sagradas Escrituras, y obedecemos las leyes políticas del estado en el que residimos, tenemos un derecho innegable de protección en lugar de persecución, y a servir al ciclo tal como nuestros conciencias, dirigidas por las normas del Evangelio, nos guíen


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