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Capítulo XVI (Parte IX)
Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

 

William Fetty azotado hasta morir

Entre las innumerables atrocidades cometidas por el inmisericorde e insensible Bonner, se puede poner el asesinato de este inocente niño como el más horrendo. Su padre, John Fetty, de la parroquia de Clerkenwell, sastre de profesión, tenía sólo veinticuatro años, y había hecho una bienaventurada elección; se había fijado de manera segura en una esperanza eterna, y se confió a Aquel que edifica de tal manera Su Iglesia que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Pero ¡ay!, la misma esposa de su seno, cuyo corazón se había endurecido contra la verdad, y cuya mente estaba influenciada por los maestros de la falsa doctrina, se volvió en su acusadora. Brokenbery, papista y párroco de aquella parroquia, recibió la información de esta traidora Dalila, y como resultado de ello el pobre hombre fue apresado. Pera entonces cayó el terrible juicio de un Dios siempre justo, que es «muy limpio de ojos... para ver el mal», cayó sobre esta endurecida y pérfida mujer, porque tan pronto fue arrestado su traicionado marido por su malvada acción, que repentinamente cayó en un ataque de locura, exhibiendo un ejemplo terrible y despertador del poder de Dios para castigar a los malvados. Esta terrible circunstancia tuvo algún efecto sobre los corazones de los impíos cazadores que habían buscado anhelantes su presa; en un momento de aplacamiento le permitieron quedarse con su indigna mujer, devolverle bien por mal, y sostener a dos hijos, que, si él hubiera sido enviado a la cárcel, se habrían quedado sin protector, o habrían llegado a ser una carga para la parroquia. Como los malos hombres actúan por motivos mezquinos, podemos atribuir la indulgencia mostrada a esta última razón.

Hemos visto en la primera parte de nuestra narración acerca de los mártires a algunas mujeres cuyo afecto para con sus maridos las llevó incluso a sacrificar sus propias vidas para preservar a sus maridos; pero aquí, en conformidad con el lenguaje de las Escrituras, una madre resulta ser en verdad un monstruo de la naturaleza. Ni el afecto conyugal ni el materno podía ejercer efecto alguno en el corazón de esta indigna mujer.

Aunque nuestro afligido cristiano había experimentado tal crueldad y falsedad de parte de aquella mujer que le estaba sujeta por todos los vínculos humanos y divinos, sin embargo, con un espíritu manso y paciente le soportó sus malas acciones, tratando durante su calamidad aliviar su dolencia, y calmándola con todas las posibles expresiones de ternura. Así, en pocas semanas quedó casi restaurada a su sano juicio. Pero ¡ ay!, volvió de nuevo a su pecado, «como un perro vuelve a su vómito.» La malignidad contra los santos del Altísimo estaba arraigada en su corazón demasiado fuertemente para poder ser eliminada; y al volver sus fuerzas, también con ellas volvió su inclinación a cometer maldad. Su corazón estaba endurecido por el príncipe de las tinieblas, y a ella se pueden aplicar estas palabras tan entristecedoras y desalentadoras: «¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal.» Ponderando este texto de manera debida con otro: «Tendré misericordia del que tendré misericordia», ¿cómo pretenderemos desvirtuar la soberanía de Dios llamando a Jehová ante el tribunal de la razón humana, que, en cuestiones religiosas, está demasiado a menudo opuesta por la sabiduría infinita? «Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva perdición, y muchos son los que entran por ella.

Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.» Los caminos del cielo son verdaderamente inescrutables, y es nuestro deber inexcusable caminar siempre en dependencia de Dios, mirándole en humilde confianza, esperando en Su bondad, y confesando siempre Su justicia; y allí donde «no podamos comprender, allí aprendamos a confiar». Esta desgraciada mujer, siguiendo los horrendos dictados de un corazón endurecido y depravado, apenas si quedó confirmada en su recuperación, que, ahogando los dictados del honor, de la gratitud y de todo afecto natural, de nuevo volvió a denunciar a su marido, que file una vez más apresado, y llevado ante Sir John Mordant, caballero y uno de los comisionados de la Reina María.

Tras su interrogatorio, encontrándolo su juez firme en sus opiniones, que militaban contra las abrigadas por la superstición y sustentadas por la crueldad, lo sentenció a encierro y tortura en la Torre de los Lolardos. Allí lo pusieron en un doloroso cepo, y junto a él pusieron un plato de agua con una piedra dentro, sólo Dios sabiendo con qué propósito, a no ser que fuera para mostrar que no debía esperar otro alimento, cosa bien creíble si consideramos sus prácticas semejantes contra otros antes mencionados en esta narración; corno, entre otros, contra Richard Smith, que murió bajo su cruel encarcelamiento; entre otros detalles de crueldad se da que cuando una mujer piadosa file a pedirle al doctor Story permiso para enterrarlo, éste le pregunto a la mujer si había alguna paja o sangre en el cadáver de Smith; pero dejo a juicio de los sabios qué era lo que quería decir con esto.

El primer día de la tercera semana de los sufrimientos de nuestro mártir, se le presentó algo ante su vista que le hizo ciertamente sentir sus tormentos con toda su intensidad, y execrar, con una amargura justo deteniéndose para no maldecir, a la autora de su desgracia. Observar y castigar los procedimientos de sus atormentadores queda para el Altísimo, que ve la caída de un pajarillo, y en cuya santa Palabra está escrito: «Mía es la venganza; yo daré el pago.» Esto que vio file su propio hijo, un niño a la tierna edad de ocho años. Durante quince días su impotente padre había estado suspendido por su atormentador por cl brazo derecho y la pierna izquierda, y a veces por ambos miembros, cambiándole la posición con el propósito de darle fuerzas para soportar y alargar sus sufrimientos. Cuando el inocente chiquillo, deseoso de ver a su padre y de hablar con él, le pidió ver a Bonner para pedirle permiso, al preguntarle el capellán del obispo cuál era el propósito de su visita, dijo que quería ver a su padre. «¿Quién es tu padre?» le preguntó el capellán. «John Felly», contestó el chiquillo, señalando al mismo tiempo el lugar en el que estaba encerrado. «¡Pero tu padre es un hereje!» Este pequeño, con gran valor, le contestó, con una energía suficiente para despertar admiración en cualquier pecho, excepto en el de este miserable insensible y carente de principios, y tan bien dispuesto a ejecutar los caprichos de una reina sin conciencia: «Mi padre no es un hereje: Tú tienes la marca de Balaam.»

Irritado por un reproche tan correctamente aplicado, el indignado y mortificado sacerdote ocultó su resentimiento por un momento, y se llevó al atrevido chico a la casa, donde, teniéndolo seguro, lo entregó a otros, que, tan bajos y crueles como él, lo desnudaron y le azotaron con sus látigos con tanta violencia que, desmayando él bajo los azotes infligidos a su tierno cuerpo, y cubierto por la sangre que manaba de sus llagas, estaba a punto de expirar víctima de este duro e inmerecido castigo.

En este estado, sangrando y desmayado, file llevado delante de su padre este sufriente niño, cubierto sólo con una larga camisa, por uno de los actores de la horrenda tragedia, el cual, mientras exhibía aquel espectáculo que partía el corazón, empleaba los más viles escarnios, y se gozaba en lo que había hecho. El leal pequeño, como recuperando fuerzas ante la vista de su padre, le imploró de rodillas su bendición. «¡Ah, Will,» le dijo el afligido padre, temblando de horror, «¡Quién te ha hecho esto, a ti! » El inocente muchacho le contó las circunstancias que lo llevaron al implacable correctivo que le había sido infligido con tanta bajeza; pero cuando repitió la reprensión que le había dicho al capellán, y que fue ocasionada por su indómito espíritu, fue arrancado de su padre, que estaba desecho en llanto, y vuelto a llevar a la casa, donde quedó preso y estrechamente vigilado.

Bonner, sintiendo un cierto temor de que lo que había hecho no podría ser justificado ni entre los más sangrientos mastines de su voraz manada, concluyó en su tenebrosa y malvada mente liberar a John Fetty, al menos por un tiempo, de los rigores que estaba sufriendo en la gloriosa causa de la eterna verdad. Si, su brillante recompensa está fijada más allá de los limites del tiempo, dentro de los confines de la eternidad, allí donde la saeta del malvado no puede herir, allí «donde no habrá más dolores para los bienaventurados, que, en la mansión de gloria eterna, al Cordero para siempre glorificarán.» Por ello, fue liberado por orden de Bonner (¡qué desgracia para toda dignidad, decirle obispo!) de sus dolorosas cadenas, y llevado de la Torre de los Lolardos a la estancia de aquel impío e infame carnicero, donde encontró al obispo calentándose delante de un gran fuego. Al entrar en la estancia, Fetty dijo: «¡Dios sea aquí y paz!» «Dios sea aquí y paz (dijo Bonner), ¡esto no es ni Dios os guarde, ni buenos días!» «Si echáis coces contra esta paz (dijo Fetty), no es éste el lugar que busco.»

Un capellán del obispo, que estaba junto a él, le dio la vuelta al pobre hombre, y pensando escarnecerle, dijo, con tono burlón: «¡Qué tenemos aquí: un bufón!» Estando así Fetty en la estancia del obispo, observó, colgando cerca de la cama del obispo, un par de grandes rosarios de cuentas negras, por lo que dijo: «¡Señor, creo que el verdugo no está muy lejos, porque la soga (dijo, señalando a los rosarios) ya está aquí! » Al oír estas palabras, el obispo se enfureció de manera inexpresable. De inmediato observó también, de pie en la estancia del obispo, un pequeño crucifijo. Le preguntó al obispo qué era, y le contestó que era Cristo. «¿Y fue maltratado tan cruelmente como aparece aquí?», le preguntó Fetty. «Si, así fue», le dijo el obispo. «¡Y así de cruelmente vos trataréis a los que caigan en vuestras manos, porque vos sois para el pueblo de Dios como Caifás fue para Cristo!» El obispo, montando en cólera, le dijo: «¡Tú eres un vil hereje, y te quemaré, o perderé todo lo que tengo, hasta mi casulla.» «No, señor (le dijo Felly), más bien haríais en dársela a algún pobre, para que ore por vos.» Bonner, a pesar de la ira que sentía, que fue tanto más intensificada por la calma y por las agudas observaciones de este sagaz cristiano, consideró más prudente despedir al padre, por causa del niño casi asesinado. Su cobarde alma temblaba por las consecuencias que pudieran desprenderse de ello; el miedo es inseparable de las mentes mezquinas, y este sacerdote rollizo y cobarde experimentó los efectos de este medio hasta tal punto que le indujo a asumir la apariencia de aquello a lo que era totalmente ajeno: de MISERICORDIA.

El padre, despedido por el tirano Bonner, fue a su casa con el corazón oprimido, con su hijo moribundo, que no sobrevivió muchos días a los crueles tratos sufridos.

¡Cuán contraria a la voluntad del gran Rey y Profeta, que enseñó con mansedumbre a Sus seguidores, era la conducta de este maestro falso y sanguinario, de este vil apóstata de su Dios a Satanás! Pero el diablo se había apoderado de su corazón, y conducía cada acción de aquel pecador a quien había endurecido; éste, entregado a una terrible destrucción, corría la carrera de los malvados, marcando sus pasos con la sangre de los santos, como si anhelara alcanzar la meta de la muerte eterna.

La liberación del doctor Sands


Este eminente prelado, vicecanciller de Cambridge, aceptó predicar, con muy pocas horas de aviso, delante del duque y de la universidad, a petición del duque de Northumberland, cuando éste vino a Cambridge en apoyo de la pretensión de Lady Jane Gray. El texto que tomó fue el que se le presentó al abrir la Biblia, y no hubiera podido escoger uno más apropiado, los tres últimos versículos de Josué. Así como Dios le dio el texto, así también le dio tan orden y poder de palabra que suscitó las más vivas emociones en sus oyentes. El sermón estaba a punto de ser enviado a Londres para ser impreso, cuando llegaron noticias de que el duque había vuelto y que había sido proclamada la Reina Maria.

El duque fue inmediatamente arrestado, y el doctor Sands fue obligado por la universidad a dimitir de su cargo. Fue arrestado por orden de la reina, y cuando el señor Mildmay se preguntó cómo era que un hombre tan erudito se atrevía a ponerse voluntariamente en peligro y a hablar contra una princesa tan buena como Maria, el doctor contestó: «Si yo fuera a hacer como ha hecho el señor Mildmay, no tendría que temer ninguna cárcel. El vino armado contra la Reina Maria; antes, un traidor, ahora un gran amigo de ella. No puedo yo con la misma boca soplar frío y caliente de esta manera.» Siguió un saqueo general de las propiedades del doctor Sand, y fue llevado luego a Londres montado en un jamelgo. Tuvo que soportar varios insultos por el camino, provenientes de católicos fanáticos, y al pasar por la calle de Bishopsgate, cayó al suelo por una pedrada que le lanzaron. Fue el primer prisionero que entró en la Torre, en aquellos tiempos, por causas religiosas. Le admitieron que entrara su Biblia, pero le quitaron sus camisas y otros artículos.

El día de la coronación de Maria, las puertas de la cárcel estaban tan mal guardadas que era fácil escapar. Un verdadero amigo, el señor Mitchell, fue a verlo, le dio sus propios vestidos como disfraz, y se mostró dispuesto a quedarse en su lugar. Este era un ejemplo extraordinario de amistad; pero él rehusó esta oferta, diciéndole: «No tengo conocimiento de ninguna causa por la que tenga que estar en la cárcel. Hacer esto me haría doblemente culpable. Esperaré el beneplácito de Dios, pero me considero un gran deudor vuestro»; así se fue el señor Mitchell.

Con el doctor Sands estaba encarcelado el señor Bradford; fueron custodiados en la cárcel, estrechamente, durante veintinueve semanas. El guardián, John Fowler, era un perverso papista, y sin embargo, tanto le persuadieron, que al final comenzó a favorecer el Evangelio, y quedó tan persuadido de la verdadera religión que un domingo, cuando celebraban Misa en la capilla, el doctor Sands administró la Comunión a Bradford y a Fowler. Así, Fowler devino el hijo de ellos engendrado en prisiones. Para hacer sitio Wyat y a sus cómplices, el doctor Sands y otros nueve predicadores fueron enviados a Marshalsea.

El guarda de Marshalsea designó a un hombre para cada predicador, para que lo condujera por la calle; les hizo ir delante, y él y el doctor Sands siguieron, conversando juntamente. Para este tiempo, el papismo comenzaba a ser impopular. Después de haber pasado el puente, el guarda le dijo al doctor Sands. «Veo que gentes vanas quisieran echaros al fuego. Vos sois tan vano como ellos si, siendo joven, os mantenéis en vuestra propia arrogancia, y preferís vuestra propia opinión a la de tantos dignos prelados, ancianos, eruditos y serios hombres como hay en este reino. Si es así, veréis que soy un guarda severo, y que aborrece totalmente vuestra religión.» El doctor Sands contestó: «Sé que soy joven, y que mi conocimiento es pequeño; me basta con conocer a Cristo crucificado, y nada ha aprendido el que no ve la gran blasfemia que hay en el papismo. A Dios me rendiré, y no a los hombres; en las Escrituras he leído acerca de muchos guardas piadosos y corteses: ¡que Dios te haga uno de ellos! Y si no, espero que El me dé fuerza y paciencia para soportar vuestros malos tratos.» Luego le dijo el guarda: «estáis resuelto a manteneros en vuestra religión?» «Si,» dijo el doctor, «¡por la gracia de Dios!» «La verdad,» dijo el guarda, «me gustáis tanto más por esto; sólo os probaba; contad con todo favor de que os pueda hacer objeto; y me consideraré feliz si puedo morir en la estaca con vosotros.»

Y cumplió su palabra, porque confió en el doctor, dejándole pasear sólo por los campos, donde se encontró con el señor Bradford, que también estaba preso a disposición del tribunal real, y que había conseguido el mismo favor de su guarda. Por su petición, puso al señor Sands junto con él, para ser su compañero de celda, y la Comunión fue administrada a un gran número de comunicantes.

Cuando Wyat llegó con su ejército a Southwark, ofreció liberar a todos los protestantes encarcelados, pero el doctor Sands y el resto de los predicadores rehusaron aceptar la libertad bajo tales condiciones.

Después que el doctor Sands hubo estado preso nueve meses en la cárcel de Marshalsea, fue puesto en libertad por mediación de Sir Thomas Holcroft, caballero mariscal. Aunque el señor Holcroft tenía la orden de la reina, el obispo le había mandado que no pusiera en libertad al doctor Sands hasta que hubiera recibido fianza de dos caballeros con él, obligándose cada uno de ellos por 500 libras esterlinas, de que el doctor Sands no se ausentaría de] reino sin permiso para ello. El señor Holcroft se vio de inmediato con dos caballeros del norte, amigos y primos del doctor Sands, que ofrecieron pagarle la fianza.

Después de comer, aquel mismo día, Sir Thomas Holcroft mandó que trajeran al doctor Sands a su casa en Westminster, para decirle todo lo que había hecho. El doctor Sands le respondió: «Doy gracias a Dios, que ha movido vuestro corazón a tenerme tal consideración, por lo que me considero obligado a vos. Dios os lo pagará, y yo mismo no os seré ingrato. Pero como me habéis tratado amistosamente, yo también os seré franco. Vine libre a la cárcel; no saldré ligado. Como no puedo ser de beneficio alguno a mis amigos, tampoco les seré para daño. Y si soy puesto en libertad, no me quedaré seis días en este reino, si puedo irme. Por ello, si no puedo irme libre, enviadme de nuevo a Marshalsea, y allí estaréis seguro de mi.»

Esta respuesta disgustó mucho al señor Holcroft; pero le contestó como un verdadero amigo: «Siendo que no podéis ser cambiado de postura, yo cambiaré mi propósito, y cederé ante vos. Pase lo que pase, os pondré en libertad; y viendo que tenéis deseo de atravesar el mar, id tan rápido como podáis. Una cosa os pido, que mientras estéis allí, no me escribáis nada, porque esto podría ser mi destrucción.»

El doctor Sands, despidiéndose afectuosamente de él y de sus otros amigos encarcelados, se fue. Se fue por la casa de Winchester, y desde allí tomó una barca y se dirigió a casa de un amigo en Londres, llamado William Banks, quedándose allí una noche. A la noche siguiente fue a casa de otro amigo, y allí supo que estaba siendo intensamente buscado, por orden expresa de Gardiner.

El doctor Sands se dirigió entonces de noche a casa de un hombre llamado Berty, un extraño que estuvo con él en la cárcel de Marshalsea por un tiempo. Era un buen protestante, y vivía en Maik-lane. Allí estuvo seis días, y luego se fue a casa de uno de sus conocidos en Com-hill. Hizo que este conocido, Quinton, le suministrara dos caballos, habiendo decidido irse, por la mañana, a Essex, a casa de su suegro el señor Sands, donde estaba su mujer, lo que llevó a cabo tras haber escapado con dificultad a ser apresado. No había estado allí dos horas antes que le fuera dicho al señor Sands que dos guardas arrestarían aquella noche al doctor Sands.

Aquella noche el doctor Sands fue llevado a la granja de un honrado granjero, cerca del mar, donde se quedó dos días y dos noches en una estancia sin compañía alguna. Después de haber pasado a casa de un tal James Mower, patrón de barco que vivía en Milton-Shore, donde esperó un viento favorable para ir a Flandes. Mientras estaba allí, James Mower le trajo cuarenta o cincuenta marineros, a los que les dio una exhortación; le tomaron tanto aprecio, que prometieron morir antes que permitir que fuera apresado.

El sexto de mayo, domingo, el viento fue favorable. Al despedirse de su hospedadora, que había estado casada ocho años sin tener ningún niño, le dio un hermoso pañuelo y un viejo real de oro, y le dijo: «Consuélate; antes que haya pasado un año entero, Dios te dará un hijo, un niño.» Y esto se cumplió, porque doce meses menos un día después, Dios le dio un hijo.

Apenas si había llegado a Amberes que supo que el Rey Felipe había dado orden que fuera prendido. Huyó entonces a Augsburgo, en Cleveland, donde el doctor Sands se quedó catorce días, viajando a continuación a Estrasburgo, donde, tras haber vivido allí un año, su mujer llegó para estar con él. Estuvo enfermo de un flujo durante nueve meses, y tuvo un hijo que murió de la peste. Su amante esposa finalmente cayó enferma de una consunción, y murió en sus brazos. Cuando su mujer estuvo muerta, fue a Zurich, y estuvo en casa de Peter Martyr por espacio de cinco semanas.

Sentados un día comiendo, les llevaron de repente la noticia de que la Reina María había muerto, y el doctor Sands fue llamado por sus amigos en Estrasburgo, donde predicó. El señor Grindal y él se dirigieron a Inglaterra, y llegaron a Londres el mismo día de la coronación de la Reina Elizabet. Este fiel siervo de Cristo ascendió, bajo la reina Elizabet, a la más alta distinción en la Iglesia, siendo sucesivamente obispo de Worcester, obispo de Londres y arzobispo de York.


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