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Capítulo XVI (Parte I)
Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

 

La prematura muerte del célebre y joven monarca Eduardo VI causó acontecimientos de lo más extraordinarios y terribles que jamás hubieran tenido lugar desde los tiempos de la encamación de nuestro bendito Señor y Salvador en forma humana. Este triste acontecimiento se convirtió pronto en un tema de general lamentación. La sucesión al trono británico llegó pronto a ser objeto de disputa, y las escenas que se sucedieron fueron una demostración de la seria aflicción en la que estaba envuelto el reino. Conforme fueron desarrollándose más y más las consecuencias de esta pérdida para la nación, el recuerdo de su gobierno vino a ser más y más un motivo de gratitud generalizada. La terrible perspectiva que pronto se presentó a los amigos de la administración de Eduardo, bajo la dirección de sus consejeros y siervos, vino a ser algo que las mentes reflexivas se vieron obligadas a contemplar con la más alarmada aprensión. La rápida aproximación que se hizo a una total inversión de las actuaciones del reinado del joven rey mostraba los avances que de esta manera iban a una resolución total en la dirección de las cuestiones públicas tanto en la Iglesia como en el estado.

Alarmados por la condición en la que probablemente se iba a encontrar involucrado el reino por la muerte del rey, el intento por impedir las consecuencias, que se veían sobrevenir con mucha claridad, produjo los más serios y fatales efectos. El rey, en su larga y prolongada enfermedad, fue inducido a hacer testamento, en el que otorgaba la corona inglesa a Lady Jane, hija del duque de Suftolk, que se había casado con Lord Guilford, hijo del duque de Northumberland, y que era nieta de la segunda hermana del rey Enrique, casada con Carlos, duque de Suffolk. Por este testamento se pasó por alto la sucesión de María y Elizabet, sus dos hermanas, por el temor a la vuelta al sistema del papado; y el consejo del rey, con los jefes dc la nobleza, el alcalde mayor de la ciudad de Londres, y casi todos los jueces y los principales legisladores del reino, firmaron sus nombres a este documento, como sanción a esta medida. El Lord principal de la Justicia, aunque verdadero protestante y recto juez, fue el único en negarse a poner su nombre en favor de Lady Jane, porque ya había expresado su opinión de que María tenía derecho a tomar las riendas del gobierno. Otros objetaban a que María fuera puesta en el trono, por los temores que tenían de que pudiera casarse con un extranjero, y con ello poner a la corona en considerable peligro. También la parcialidad que ella mostraba en favor del papismo dejaba bien pocas dudas en las mentes de muchos de que sería inducida a avivar los intereses del Papa y a cambiar la religión que había sido usada tanto en los días de su padre, el Rey Enrique, como en los de su hermano Eduardo; porque durante toda este tiempo había ella manifestado una gran terquedad e inflexibilidad, como ha de ser evidente en base dc la carta que envió a los lores del consejo, por la que presentó sus derechos a la corona a la muerte de su hermano.

Cuando ésta tuvo lugar, los nobles, que se habían asociado para impedir la sucesión de María, y que habían sido instrumentos en promover y quizá aconsejar las medidas de Eduardo, pasaron rápidamente a proclamar a Lady Jane Gray como reina de Inglaterra, en la ciudad de Londres yen varias otras ciudades populosas del reino. Aunque era joven, poseía talentos de naturaleza superior, y su aprovechamiento bajo un muy excelente tutor le había dado grandes ventajas.

Su reinado sólo duró cinco días, porque María, consiguiendo la corona por medio de falsas promesas, emprendió rápidamente la ejecución de sus expresas intenciones de extirpar y quemar a cada protestante. Fue coronada en Westminster de la manera usual, y su accesión fue la señal para el inicio de la sangrienta persecución que tuvo lugar.

Habiendo obtenido la espada de la autoridad, no fue remisa en emplearla. Los partidarios de Lady Jane Gray estaban destinados a sentir su fuerza. El duque de Northumberland fue el primero en experimentar su salvaje resentimiento. Después de un mes de encierro en la Torre fue condenado, y llevado al cadalso para sufrir como traidor. Debido a la variedad de sus crímenes debidos a una sórdida y desmesurada ambición, murió sin que nadie se compadeciera de él ni lo lamentara.

Los cambios que se sucedieron con toda celeridad declararon de manera inequívoca que la reina era desafecta al actual estado de la religión. El doctor Poynet fue desplazado para dejar sitio a Gardiner como obispo de Winchester, el cual recibió también el importante puesto de Lord Canciller. El doctor Ridley fue echado de la sede de Londres, y Bonne puesto en su lugar. J. Story fue echado del obispado de Chichester, para poner allí al doctor Day. J. Hooper fue enviado preso a Fleet, y el doctor Heath instalado en la sede de Worcester. Miles Coverdale fue también echado de Exeter, y el doctor Vesie tomó su lugar en aquella diócesis. El doctor Tonstail fue también ascendido a la sede de Durham. Al observarse y señalarse estas cosas, fueron oprimiéndose y turbándose más y más los corazones de los buenos hombres; pero los malvados se regocijaban. A los embusteros tanto les daba como fuera la cuestión; pero aquellos cuyas conciencias estaban ligadas a la verdad percibieron como se encendían las hogueras que después deberían servir para destrucción de tantos verdaderos cristianos.

Las palabras y la conducta de Lady Jane Gray en el cadalso
 

La siguiente víctima fue la gentil Lady Jane Gray, que, por su aceptación de la corona ante las insistentes peticiones de sus amigos, incurrió en el implacable resentimiento de María. Al subir al cadalso, se dirigió con estas palabras a los espectadores: «Buena gente, he venido aquí a morir, y por una ley he sido condenada a ello. El hecho contra la majestad de la reina era ilegitimo, y que yo accediera a ello; pero acerca de la toma de decisión y el deseo de lo mismo por mi parte o en mi favor, me lavó este día las manos en mi inocencia delante de Dios y delante de vosotros, buena gente cristiana. » E hizo entonces el movimiento de fregarse las manos, en las que tenía su libro. Luego les dijo: «Os pido a todos buena gente cristiana, que me seáis testigos de que muero como buena cristiana, y que espero ser salva sólo por la misericordia de Dios en la sangre de Su único Hijo Jesucristo, y no por otro medio alguno: y confieso que cuando conocí la Palabra de Dios, la descuidé, amándome a mi misma y al mundo, y por ello felizmente y con merecimiento me ha sobrevenido esta plaga y castigo; pero doy gracias a Dios que en Su bondad me ha dado de esta manera tiempo y descanso para arrepentirme. Y ahora, buena gente, mientras estoy viva, os ruego que me auxiliéis con vuestras oraciones.» Luego, arrodillándose, se dirigió a Feckenham, diciéndole: «¿Diré este Salmo?» y él le dijo: «SI. » Entonces pronunció el Salmo Miserere mei Deus, en inglés, de la forma más devota hasta el final; luego se levantó, y le dio a su dama, la señora Ellen, sus guantes y su pañuelo, y su libro al señor Bruges; luego se desató su vestido, y el verdugo se acercó para ayudarla a sacárselo; pero ella, pidiéndole que la dejara sola, se volvió hacia sus dos damas, que la ayudaron a quitárselo, y también le dieron un hermoso pañuelo con el que vendarse los ojos.

Luego el verdugo se arrodilló, y le pidió perdón, dándoselo ella muy bien dispuesta. Luego le pidió que se pusiera de pie sobre la paja, y al hacerlo vio el tajo. Entonces le dijo: «Te ruego que acabes conmigo rápidamente.» Luego se arrodilló, diciendo: «¿Me descabezarás antes que le estire?» Y el verdugo le dijo: «No, señora.» Entonces se vendó los ojos, y buscando el tajo a tientas, dijo: «¿Qué voy a hacer? ¿Dónde está, dónde esta?» Uno de los que estaban allí la condujo, y ella puso la cabeza sobre cl tajo, y luego dijo: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Así acabo su vida, el año de nuestro Señor de 1554, el doce de febrero, teniendo alrededor dc diecisiete años.

Así murió Lady Jane; y aquel mismo día fue decapitado Lord Guilford, su marido, uno de los hijos del duque de Nonhumberland; eran dos inocentes en comparación con aquellos que estaban sobre ellos. Porque eran muy jóvenes, y aceptaron ignorantemente aquello que otros habían tramado, consintiendo que por proclamación pública fuera arrebatado a otros para que les fuera dado a ellos.

Acerca de la condenación de esta piadosa dama, se debe recordar que el Juez Morgan, que pronunció la sentencia contra ella, cayó loco poco después de haberla condenado, y en sus delirios clamaba continuamente que le quitaran a Lady Jane de delante de él, y así acabo su vida.

El veintiuno del mismo mes, Enrique duque de Suffolk fue decapitado en la Torre, el cuarto día después de su condena; en aquel mismo tiempo muchos caballeros e hidalgos fueron condenados, de los que algunos fueron ejecutados en Londres, y otros en otros condados. Entre ellos se encontraba Lord Thomas Gray, hermano del duque de Suffolk, que fue apresado no mucho tiempo después en el norte de Gales, y ejecutado por la misma causa. Sir Nicholas Throgmorton escapó muy apuradamente.

John Rogers, vicario del Santo Sepulcro, y lector de San Pablo en Londres
 

John Rogers se educó en Cambridge, y fue después muchos años capellán de los mercaderes desplazados a Amberes, en Brabante. Allí conoció al célebre mártir William Tyndale, y a Miles Coverdale, ambos voluntariamente exiliados de su país por su aversión a la superstición e idolatría papal. Ellos fueron los instrumentos de su conversión, y se unió con ellos en la producción de aquella traducción de la Biblia al inglés conocida como «Traducción de Thomas Mathew.» Por las Escrituras supo que los votos ilegítimos podían ser legítimamente quebrantados; por ello contrajo matrimonio y se dirigió a Wittenberg, en Sajonia, para aumentar sus conocimientos; allí aprendió la lengua alemana, y recibió el encargo de una congregación, cargo que desempeñó fielmente durante muchos años. Al acceder el Rey Eduardo al trono, se fue de Sajonia para impulsar la obra de la Reforma en Inglaterra. Tras un tiempo, Nicholas Ridley, que era entonces obispo de Londres, le hizo canónigo de la Catedral de San Pablo, y el deán y el capítulo lo designaron lector allí de la lección de teología. Allí continuó hasta la accesión al trono de la Reina María, cuando fueron desterrados el Evangelio y la verdadera religión, e introducidos el Anticristo de Roma, con su superstición e idolatría.

La circunstancia de que el señor Rogers predicó en Paul's Cross, después que la Reina María llegara a la Torre, ya ha sido relatada. Confirmó él en sus sermones la doctrina enseñada en la época del Rey Eduardo, exhortando al pueblo a guardarse de la abominación del papismo, de la idolatría y de la superstición. Por esta razón fue llamado a dar cuenta, pero se defendió de manera tan capaz que fue por el momento libertado. Pero la proclamación de la reina prohibiendo la verdadera predicación dio a sus enemigos un nuevo asidero contra él. Por ello, fue llamado de nuevo ante el consejo, y se le ordenó el arresto domiciliario. Se quedó entonces en su casa, aunque hubiera podido escapar y fue cuando vio que el estado de la verdadera religión era desesperado. Sabía que no le faltaría un sueldo en Alemania; y no podía olvidar a su mujer y a sus diez hijos, ni dejar de tratar obtener los medios para suplir a sus necesidades. Pero todas estas cosas fueron insuficientes para inducirle a irse, y, cuando fue llamado a responder de la causa de Cristo, la defendió firmemente, y puso su vida en peligro por esta causa.

Después de un largo encarcelamiento en su propia casa, el agitado Bonner, obispo de Londres, lo hizo encerrar en Newgate, echándolo en compañía de ladrones y asesinos.

Después que el señor Rogers hubiera sufrido un estricto encarcelamiento durante largo tiempo, entre ladrones, y habiendo sufrido muchos interrogatorios y un trato muy poco caritativo, fue finalmente condenado de la manera más injusta y cruel por Stephen Gardiner, obispo de Winchester, el cuatro de febrero del año 1555 de nuestro Señor. Un lunes por la mañana, fue repentinamente advertido por el guarda de Newgate que se preparara para la hoguera. Estaba profundamente dormido, y les costó mucho despertarlo. Al final, despierto y levantado, al ser apremiado a que se apresurara, dijo: «Si es así, no hay necesidad de atarme las lazadas.» Así lo llevaron, primero al obispo Bonner, para que lo degradara. Hecho esto, le hizo un solo ruego al obispo Bonner, y Bonner le preguntó qué era. El señor Rogers le pidió poder hablar un breve tiempo con su mujer antes de ser quemado; pero el obispo se negó.

Cuando llegó el momento de ser llevado de Newgate a Smithfield, donde iba a ser ejecutado, un alguacil llamado Woodroofe se acercó al señor Rogers, y le preguntó si quería retractarse de su abominable doctrina y de la mala opinión acerca del Sacramento del altar. El señor Rogers respondió; «Lo que he predicado lo sellaré con mi sangre.» Entonces Woodroofe le dijo: «Eres un hereje.» «Esto se sabrá,» replicó el señor Rogers, «en el Día del Juicio.» «Bien,» le dijo Woodroofe, «nunca oraré por ti.» «Pero yo si oraré por ti,» le dijo el señor Rogers; así fue sacado aquel mismo día, el cuatro de febrero, y llevado por los alguaciles hacia Smitlhlield, diciendo por el camino el Salmo Miserere, y dejando al pueblo asombrado con su entereza, dando a Dios alabanzas y gratitud por ello. Allí, en presencia del señor Rochester, controlador de la casa de la Reina, de Sir Richard Southwell, ambos alguaciles y una gran multitud, file reducido a cenizas, lavándose las manos en la llama mientras ardía. Poco antes de ser quemado le trajeron el indulto si se retractaba; pero rehusó de manera total. El fue el primer mártir de toda la bendita compañía que sufrió en tiempos de la Reina María que ardió en el fuego. Su mujer e hijos, once en total, diez que podían caminar, y un bebé de pecho, lo fueron a ver por el camino cuando se dirigía a Smithfield. El triste espectáculo de ver a su propia carne y sangre no le movió sin embargo a debilidad, sino que aceptó su muerte con constancia y ánimo, en defensa y en la batalla del Evangelio de Cristo.»

El Rev. Lawrence Saunders
 

El señor Saunders, después de pasar algún tiempo en la escuela de Eaton, file escogido para ir a King's College, en Cambridge, donde estuvo durante tres años, creciendo en conocimientos y aprendiendo mucho por aquel breve espacio de tiempo. Poco después se fue de la universidad y volvió a casa de sus padres, pero pronto volvió a Cambridge para seguir estudiando, y comenzó a añadir al conocimiento del latín el estudio de las lenguas griega y hebrea, y se dio al estudio de las Sagradas Escrituras, para capacitarse mejor para el oficio de predicador.

Al comienzo del reinado de Eduardo, cuando fue introducida la verdadera religión de Dios, después de obtener licencia comenzó a predicar, y file tan del agrado de los que entonces tenían autoridad, que lo designaron para leer una conferencia de teología en el College de Fothringham. Al disolverse el College de Fothringham, fue designado como lector de la catedral en Litchfield. Después de un cierto tiempo, se fue de Litchfield a una prebenda en Leicestershire llamada Church-langton, donde tuvo residencia, enseñó con diligencia, y mantuvo casa abierta. De allí fue llamado a tomar una prebenda en la ciudad de Londres llamada Todos Santos, en Bread Street. Después de esto predicó en Northhampton, nunca mezclándose con el estado, sino pronunciando abiertamente su conciencia contra las doctrinas papistas que podían pronto volver a levantar cabeza en Inglaterra, como una justa peste por el poco amor que mostraba la nación inglesa entonces por la bendita Palabra de Dios, que les había sido ofrecida de manera tan abundante.

El partido de la reina se encontraba allí, y al oírle se sintieron ofendidos por su sermón, y por ello lo tomaron preso. Pero en parte por amor a sus hermanos y amigos, que eran los principales agentes de la reina entre ellos, y en parte porque no había quebrantado ley alguna con su predicación, lo dejaron ir.

Algunos de sus amigos, al ver aquellas terribles amenazas, le aconsejaron que huyera del reino, lo que él rehusó hacer. Pero al ver que se le iba a privar por medios violentos hacer el bien en aquel lugar, volvió a Londres a visitar su grey.

En la tarde del domingo 15 de octubre de 1554, mientras leía en su iglesia para exhortar a su pueblo, el obispo de Londres le interrumpió, enviando a un alguacil para llevárselo.

Le dijo el obispo que en su caridad se complacía en dejar pasar su traición y sedición por entonces, pero que estaba dispuesto a demostrarlo hereje a él y a todos los que enseñaban que la administración de los Sacramentos y todos los órdenes de la Iglesia son más puros cuanto más se aproximen al orden de la Iglesia primitiva.

Después de una larga conversación acerca de esta cuestión, el obispo le pidió que escribiera lo que creía acerca de la transubstanciación. Lawrence Saunders lo hizo, diciendo: «Mi señor, vos buscáis mi sangre, y la tendréis; ruego a Dios que seáis bautizado en ella de tal manera que desde entonces abominéis el derramamiento de sangre y os volváis un hombre mejor.» Acusado de contumacia, las severas réplicas del señor Saunders al obispo (que en tiempos pasados, para obtener el favor de Enrique VIII había escrito y hecho imprimir un libro de verdadera obediencia, en el que había declarado abiertamente que María era una bastarda) lo irritaron de tal manera que exclamó: «Llevaos a este frenético insensato a la prisión. »

Después que este bueno y fiel mártir hubo estado encarcelado un año y tres meses, los obispos finalmente lo llamaron, a él y a sus compañeros de prisión, para ser interrogados ante el consejo de la reina.

Acabado su interrogatorio, los oficiales lo sacaron del lugar, y se quedaron fuera hasta que el resto de sus compañeros fueran igualmente interrogados, para llevarlos todos juntos de nuevo a la cárcel.

Después de su excomunión y entrega al brazo secular, fue llevado por el alguacil de Londres al Compter, una cárcel en su propia parroquia de Bread Street, con lo que se regocijó grandemente, porque allí encontró a un compañero de cárcel, el señor Cardmaker, con quien tuvo muchas consoladoras conversaciones cristianas; y porque cuando saliera de aquella cárcel, como antes en su púlpito, podría tener la oportunidad de predicar a sus fieles. El cuatro de febrero, Bonner, obispo de Londres, acudió a la cárcel para degradarlo; al día siguiente, por la mañana, el alguacil de Londres lo entregó a ciertos miembros de la guardia de la reina, que tenían orden de llevarlo a la ciudad de Coventry, para ser allí quemado.

Cuando hubieron llegado a Coventry, un pobre zapatero, que solía servirle con zapatos, acudió a él, y le dijo: «Oh mi buen señor, que Dios le fortaleza y consuele.» «Buen zapatero,» le contestó el señor Saunders, «te pido que ores por mí, porque soy el hombre más inapropiado que jamás haya sido designado para esta elevada misión; pero mi Dios y Padre amante y lleno de gracia es suficiente para hacerme tan fuerte como sea necesario. » Al día siguiente, el ocho de febrero de 1555, fue llevado al lugar de la ejecución, en el parque a las afueras de la ciudad. Fue en una vieja túnica y camisa, descalzo, y a menudo se postraba en tierra para orar. Cuando llegaron cerca del lugar, el oficial designado para cuidarse de la ejecución le dijo al señor Saunders que él era uno de los que hacían mal al reino de la reina, pero que si se retractaba habría perdón para él. «No seré yo,» respondió el santo mártir, «sino vosotros los que hacéis daño al reino. Lo que yo sostengo es el bendito Evangelio de Cristo; lo creo, lo he enseñado, y jamás lo revocaré.» Luego el señor Saunders se dirigió lentamente hacia el fuego, se puso de rodillas en tierra y oró. Luego se levantó, abrazó la estaca, y dijo varias veces: «¡Bienvenida, cruz de Cristo! ¡Bienvenida, vida eterna!» Aplicaron entonces fuego a la pira, y él, abrumado por las terribles llamas, cayó dormido en brazos del Señor Jesús.

La historia, el encarcelamiento e interrogatorio del señor John Hooper, obispo de Worcester y Gloucester

John Hooper, estudiante y graduado de la Universidad de Oxford, se sintió tan movido con tan ferviente deseo a amar y conocer las Escrituras que se vio obligado a irse de allí, y quedó en casa de Sir Thomas Arundel como mayordomo, hasta que Sir Thomas se enteró de sus opiniones y religión, que él no favorecía en manera alguna, aunque favorecía cordialmente su persona y condición y anhelaba ser su amigo. El señor Hooper tuvo ahora la prudencia de abandonar la casa de Sir Thomas y se fue a París, pero poco tiempo después volvió a Inglaterra, y fue acogido por el señor Sentlow, hasta el momento en que de nuevo fue hostigado y perseguido, con lo que volvió a pasar a Francia, y hacia las tierras altas de Alemania; allí, entrando en contacto con hombres eruditos, recibió de ellos libre y afectuosa hospitalidad, tanto en Basilea como especialmente en Zurich por el señor Bullinger, que fue especialmente amigo suyo; allí también contrajo matrimonio con su mujer, que era de Borgoña, y se aplicó diligentemente al estudio de la lengua hebrea.

Al final, cuando Dios tuvo el beneplácito de dar fin al sangriento tiempo de los seis artículos y darnos al Rey Eduardo para reinar sobre este reino, con alguna paz y reposo para la Iglesia, entre los muchos otros exiliados que volvieron a la patria se encontraba también el señor Hooper, que volvió conscientemente, no para ausentarse de nuevo, sino buscando el momento y la oportunidad, ofreciéndose para impulsar la obra del Señor hasta los limites de su capacidad.

Cuando el señor Hooper se hubo despedido del señor Bullinger y de sus amigos en Zurich, se dirigió de vuelta a Inglaterra en el reinado del Rey Eduardo VI, y llegando a Londres, empezó a predicar, la mayoría de los días dos veces, o al menos una vez al día.

En sus sermones, conforme a su costumbre, corregía el pecado y hablaba severamente contra la iniquidad del mundo y los abusos corrompidos de la Iglesia. El pueblo iba en grandes multitudes y grupos a oír su voz a diario, como si fuera cl sonido más melodioso y la música del arpa de Orfeo, de modo que a veces, cuando predicaba, la iglesia estaba tan llena que no cabía ni una aguja. Era ferviente en su enseñanza, elocuente en su palabra, perfecto en las Escrituras, infatigable en su tarea, ejemplar en su vida.

Habiendo predicado ante la majestad real, pronto fue designado obispo de Gloucester. Prosiguió dos años en aquel cargo, y se comportó tan bien que sus enemigos no pudieron hallar ocasión contra él, y después fue hecho obispo de Worcester.

El doctor Hooper cumplió la función del más solicito y vigilante pastor por espacio de dos años y algo más, mientras el estado de la religión, en el reinado del Rey Eduardo, fue sano y floreciente.

Después de haber sido citado a comparecer ante Bonner y el doctor Heath, fue llevado al Consejo, acusado en falso de deber dinero a la reina, y en el año siguiente, 1554, escribió un relato de los duros tratos recibidos durante un confinamiento de dieciocho meses en el Fleet, y después de su tercer interrogatorio, el 28 de enero de 1555, en St. Mary Overy's, él, y el Rev. señor Rogers, fueron llevados al Compter en Southwark, donde fueron dejados hasta el día siguiente a las nueve de la mañana, para ver si se retractaban. «Venga, hermano Rogers,» le dijo el doctor Hooper, «¿tenemos que tomar esta cuestión por nosotros, y comenzar a ser asados en estas piras?» «Si, doctor.» dijo el señor Rogers, «por la gracia de Dios.» «No tengas duda alguna,» contestó el doctor Hooper, «de que Dios nos dará fuerzas; » y el pueblo aplaudía tanto su tenacidad que apenas si podían pasar.

El 29 de enero, el obispo Hooper fue degradado y condenado, y el Rev. Señor Rogers fue tratado de manera igual. Al oscurecer, el doctor Hooper fue llevado a Newgate por medio de la ciudad; a pesar de este sigilo, mucha gente salió a sus puertas con luces, saludándole y dando gracias a Dios por su constancia. Durante los pocos días que estuvo en Newgate fue frecuentemente visitado por Bonner y otros, pero sin éxito alguno. Tal como Cristo fue tentado, así le tentaron a él, y luego informaron maliciosamente que se había retractado. El lugar de su martirio fue fijado en Gloucester, con lo que se regocijó mucho, levantando los ojos al cielo, y alabando a Dios que lo mandaba entre aquella gente de la que era pastor, para confirmar allí con su muerte la verdad que antes les había enseñado.

El 7 de febrero llegó a Gloucester, alrededor de las cinco de la tarde, y se alojó en la casa de uno llamado Ingram. Después de dormir algo, se mantuvo en oración hasta la mañana; y todo el día lo dedicó asimismo a la oración, excepto un poco de tiempo en las comidas y cuando conversaba con aquellos que el guarda gentilmente le permitía.

Sir Anthony Kingston, que antes había sido un buen amigo del doctor Hooper, fue designado por una carta de la reina para que presidiera la ejecución. Tan pronto como vio al obispo prorrumpió en lágrimas. Con entrañables ruegos le exhortó a vivir. «Cierto es que la muerte es amarga, y que la vida es dulce,» le dijo el obispo, «pero, ¡ay!, considera que la muerte venidera es más amarga, y que la vida venidera es más dulce. »

Aquel mismo día un chico ciego recibió permiso para ser llevado a la presencia del doctor Hooper. Aquel mismo chico había sufrido prisión en Gloucester, no hacia mucho, por confesar la verdad. « ¡Ah, pobre chico!», le dijo el obispo: «aunque Dios te haya quitado la vista externa, por la razón que Él sabrá mejor, sin embargo ha dotado tu alma con la visión del conocimiento y de la fe. Que Dios te dé gracia para que ores a Él continuadamente, para que no pierdas la vista, porque entonces serías ciertamente ciego de cuerpo y alma. »

Mientras el alcalde esperaba que se preparara para la ejecución, él expresó su total obediencia, y sólo pidió que fuera un fuego rápido que diera fin a sus tormentos. Después de levantarse por la mañana, pidió que no dejaran entrar a nadie en la cámara, para poder estar a solas hasta la hora de la ejecución.

Hacia las ocho de la mañana del 9 de febrero de 1555 fue sacado, y había miles de personas congregadas, porque era día de mercado. A todo lo largo del camino, teniendo órdenes estrictas de no hablar, y viendo al pueblo, que se lamentaba amargamente por él, levantaba a veces los ojos al cielo, y miraba alegremente a los que conocía; nunca le habían visto, durante todo el tiempo que había estado entre ellos antes, con un semblante tan alegre e iluminado como en aquella ocasión. Cuando llegó al lugar designado para le ejecución, contempló sonriente la estaca y los preparativos hechos para él, cerca del gran olmo delante del colegio de sacerdotes, donde solía predicar antes.

Ahora, después de haber entrado en oración, trajeron una caja, y la pusieron sobre un taburete. En la caja había el perdón de la reina si se retractaba. Al verla, clamó: «¡Si amáis mi alma, quitad esto de ahí!» Al ser quitada la caja, dijo Lord Chandois: «Ya veis que no hay remedio; terminad con él rápidamente.»

Ahora dieron orden para que se encendiera el fuego. Pero debido a que no había más leña verde que la que podían traer dos caballos, no se encendió rápidamente, y también pasó bastante tiempo antes que prendieran las cañas sobre la leña. Al final se prendió el fuego a su alrededor, pero habiendo mucho viento en aquel lugar, y siendo una mañana glacial, apartaba la llama de su alrededor, por lo que quedó poco más que tocado por el fuego.

Al cabo de un rato se trajo leña seca, y se encendió un nuevo fuego con ascuas (porque no había más cañas), y sólo se quemó la parte de abajo, pero no tenía mucha llama por arriba, debido al viento, aunque le quemó el cabello y le abrasó un poco la piel. Durante el tiempo de este fuego, ya desde la primera llama, oró, diciendo mansamente, y no muy fuerte, como alguien sin dolor: «¡Oh Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí y recibe mi alma» Cuando se hubo apagado el segundo fuego, se frotó ambos ojos con las manos, y mirando a la gente, les dijo con voz calmada y fuerte: «Por amor de Dios, buena gente, poned más fuego!»; mientras tanto sus miembros inferiores ardían, pero las ascuas eran tan pocas que la llama sólo chamuscaba sus partes superiores.

Encendieron el tercer fuego al cabo de un rato, que era más intenso que los otros dos. En este fuego él oró con voz alta: «¡Señor Jesús, ten misericordia de mí! ¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!» Y estas fueron las últimas voces que se le oyeron. Pero cuando tenía la boca ennegrecida y su lengua estaba tan hinchada que no podía hablar, sin embargo se movieron sus labios hasta que quedaron encogidos sobre las encías, y se golpeaba el pecho con sus manos hasta que uno de sus brazos se desprendió, y luego siguió golpeando con la otra, mientras que salía la grasa, agua y sangre de los extremos de sus dedos; finalmente, al renovarse el fuego, desaparecieron sus energías, y su mano se quedó fija tras golpear la cadena sobre su pecho. Luego, inclinándose hacia adelante, entregó su espíritu.

Así estuvo tres cuartos de hora o más en el fuego. Como un cordero, paciente, soportó esta atroz tortura, ni moviéndose adelante ni atrás ni a ningún lado, sino que murió tan apaciblemente como un niño en su cama. Y ahora reina, no tengo duda alguna, como bendito mártir en los gozos del cielo, preparados para los fieles en Cristo desde antes de la fundación del mundo, y por la constancia de los cuales todos los cristianos deben alabar a Dios.


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