Make your own free website on Tripod.com

Capítulo XVI (Parte IV)
Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

 

John Lomas, Agnes Snoth, Anne Wright, Joan Sole y Joan Catmer

Estos cinco mártires sufrieron juntos el 31 de enero de 1556. Juan Lomas era un joven de Tenterden. Fue citado a comparecer en Canterbury, y fue interrogado el 17 de enero. Al ser sus respuestas adversas a la idolatría papista, fue condenado al día siguiente, y sufrió el 31 de enero.

Agnes Snoth, viuda, de la Parroquia de Smarden, fue hecha comparecer varias veces delante de los farisaicos católicos, y, al rechazar la absolución, las indulgencias, la transubstanciación y la confesión auricular, fue considerada digna de muerte, y soportó el martirio el 31 de enero, con Anne Wright y Joan Sole, que se encontraban en las mismas circunstancias y que murieron al mismo tiempo y con idéntica resignación. Joan Catmer, la última de esta celestial compañía, de la Parroquia de Hithe, era mujer del mártir George Catmer.

Pocas veces se ha dado en país alguno que por controversias políticas cuatro mujeres hayan sido llevadas a la ejecución cuyas vidas fueran irreprochables, y a las que la compasión de los salvajes habría perdonado. No podemos dejar de observar aquí que cuando el poder protestante alcanzó al principio el dominio sobre la superstición católica, y fue necesario algún grado de fuerza en las leyes para dar imponer uniformidad, por las que algunas personas tenaces sufrieron privaciones en sus personas y bienes, leemos de pocas quemas, crueldades salvajes o de pobres mujeres llevadas a la estaca; pero está en la naturaleza del error recurrir a la fuerza en lugar de a la argumentación, y silenciar la verdad arrebatando la vida, y el caso del mismo Redentor es un ejemplo de ello.

Las anteriores cinco personas fueron quemadas en dos estacas en una misma pira, cantando hosanas al glorificado Salvador, hasta que quedó extinguido el aliento de vida. Sir John Norton, que estaba presente, lloró amargamente ante sus inmerecidos sufrimientos.

El Arzobispo Cranmer
 

El doctor Thomas Cranmer descendía de una antigua familia, y nació en el pueblo de Arselacton, en el condado de Northampton. Después de la usual educación escolar, fue enviado a Cambridge, y fue escogido compañero del Jesús College. Allí contrajo matrimonio con la hija de un caballero, por lo que perdió su condición de compañero, y pasó a ser lector en Buckingham College, instalando a su mujer en Dolphin Inn, siendo la patrona una parienta de ella, de donde se suscitó el falso rumor de que él era un mozo de cuadra. Al morir su mujer poco después de parto, fue escogido, para su crédito, de nuevo como compañero del colegio antes mencionado. Pocos años después fue elevado a Profesor de Teología, y designado como uno de los examinadores de aquellos que estaban ya listos para ser Bachilleres o Doctores en Divinidad. Era principio suyo juzgar de sus cualificaciones por el conocimiento que poseían de las Escrituras, más que de los antiguos padres, y por esto muchos sacerdotes papistas fueron rechazados, y otros tuvieron grandes ventajas.

Fue intensamente solicitado por el doctor Capon para que fuera uno de los compañeros en la fundación del colegio del cardenal Wolsey, en Oxford, a lo que se aventuró a rehusar. Mientras siguió en Cambridge, se suscitó la cuestión del divorcio de Enrique VIII de Catalina. En aquel tiempo, por causa de la peste, el doctor Cranmer se fue a vivir a la casa de un tal señor Cressy, en Waltham Abbey, cuyos dos hijos fueron entonces educados bajo su supervisión. La cuestión del divorcio, en contra de la aprobación del rey, había quedado indecisa por más de dos o tres años, debido a las intrigas de los canónigos y civiles, y aunque los cardenales Campeius y Wolsey fueron comisionados por Roma para decidir acerca de esta cuestión, retardaron la sentencia a propósito.

Sucedió que el doctor Gardiner (secretario) y el doctor Fox, defensores del rey en este pleito, fueron a la casa del señor Cressy para alojarse allí, mientras el rey se alojaba en Greenwich. Durante la cena, se entabló una conversación con el doctor Cranmer, que sugirió que la cuestión de si un hombre podía casarse con la mujer de su hermano o no podía resolverse de manera rápida recurriendo a la Palabra de Dios, y esto tanto en los tribunales ingleses como en los de cualquier nación extranjera. El rey, inquieto ante la tardanza, envió a buscar al doctor Gardiner y al doctor Fox para consultarlos, lamentando tener que enviar otra comisión a Roma y que la cuestión siguiera así dilatada sin fin. Al contarle al rey la conversación tenida la noche anterior con el doctor Cranmer, su majestad envió a buscarlo, y le comunicó sus escrúpulos de conciencia acerca de su próximo parentesco con la reina. El doctor Cranmer aconsejó que la cuestión fuera remitida a los más eruditos teólogos de Cambridge y Oxford, por cuanto se sentía remiso a mezclarse con una cuestión tan importante; pero el rey le ordenó que le diera su parecer por escrito, y dirigirse para ello al conde de Wiltshire, que le proveería de libros y de todo lo necesario para ello.

Esto lo hizo el doctor Cranmer de inmediato, y en su declaración citó no sólo la autoridad de las Escrituras, de los concilios generales y de los antiguos escritores, sino que mantuvo que el obispo de Roma no tenía autoridad alguna para dejar a un lado la Palabra de Dios. El rey le preguntó si se mantendría en esta atrevida declaración, y al contestar en sentido afirmativo, fue enviado como embajador a Roma, junto con el duque de Wiltshire, el doctor Stokesley, el doctor Cranmer, el doctor Bennet y otros, antes de lo cual se trató acerca de aquel matrimonio en la mayor parte de las universidades de la cristiandad y dentro del reino.

Cuando el Papa presentó el pulgar de su pie para ser besado, según era la costumbre, el conde de Wiltshire y su compañía rehusaron hacerlo. Incluso se afirma que el perro spaniel del conde, atraído por el relucir del pulgar del Papa, lo mordió, con lo que su santidad retiró su sagrado pie, dándole una patada al ofensor con el otro.

Al demandar el Papa la causa de esta embajada, el conde presentó el libro del doctor Cranmer, declarando que sus eruditos amigos habían venido a defenderlo. El Papa trató honrosamente la embajada, y señaló un día para la discusión, que luego retrasó, como temiendo el resultado de la investigación. El conde volvió, y el doctor Cranmer, por deseo del rey, visitó al emperador, y logró atraérselo a su opinión. Al volver el doctor a Inglaterra y morir el doctor Warham, arzobispo de Canterbury, el doctor Cranmer fue merecidamente elevado, por deseo del doctor Warham, a aquella eminente posición.

En esta función se puede decir que cumplió diligentemente el encargo de San Pablo. Diligente en el cumplimiento de sus deberes, se levantaba a las cinco de la mañana y proseguía en el estudio y oración hasta las nueve; entre entonces y la comida se dedicaba a cuestiones temporales. Después de la comida, si alguien deseaba una audiencia, decidía sus cuestiones con tal afabilidad que incluso los que recibían decisiones contrarias no se sentían totalmente frustrados. Luego jugaba a ajedrez por una hora, o contemplaba como otros jugaban, y a las cinco oía la Oración Común, y desde entonces hasta la cena se recreaba paseando. Durante la cena su conversación era vivaz y entretenida; de nuevo paseaba o se entretenía hasta las nueve, y luego se dirigía a su estudio.

Tuvo la más alta estima y favor del Rey Enrique, y siempre tuvo dentro de su corazón la pureza y los intereses de la Iglesia de Inglaterra. Su temperamento manso y perdonador se registra con el siguiente ejemplo: Un sacerdote ignorante, en el campo, había llamado a Cranmer mozo de cuadra, y se había referido de manera muy despreciativa a su cultura. Al saberlo Lord Cromwell, aquel hombre fue enviado a la cárcel de fleet, y su caso fue presentado delante del arzobispo por un tal señor Chertsey, un tendero, pariente del sacerdote. Su gracia, haciendo llamar al ofensor, razonó con él y le pidió al sacerdote que le preguntara sobre cualquier cuestión de erudición. A esto se negó el hombre, vencido por la cordialidad del arzobispo y sabiendo su propia y patente incapacidad, y le pidió perdón, que le fue concedido de inmediato, con la orden de que empleara mejor su tiempo cuando volviera a su parroquia. Cromwell se sintió muy ofendido por la indulgencia mostrada, pero el obispo estaba más dispuesto a recibir insultos que a vengarse de cualquier otra manera que con buenos consejos y buenos oficios.

Para el tiempo en que Cranmer fue ascendido a ser arzobispo era capellán del rey y arcediano de Taunton; fue también constituido por el Papa penitenciario general de Inglaterra. El rey consideró que Cranmer sería obsequioso, y por ello éste casó al rey con Ana Bolena, celebró la coronación de ella, fue padrino de Elizabet, el primer fruto del matrimonio, y divorció al rey de Catalina. Aunque Cranmer fue confirmado en su dignidad por el Papa, siempre protestó contra reconocer cualquier otra autoridad que la del rey, y persistió en los mismos sentimientos de independencia cuando fue hecho comparecer ante los comisionados de María en 1555.

Uno de los primeros pasos tras el divorcio fue impedir la predicación en toda su diócesis, pero esta estrecha medida tenía un fin más político que religioso, por cuanto habían muchos que denostaban la conducta del rey. En su nueva dignidad, Cranmer suscitó la cuestión de la supremacía, y con sus argumentos poderosos y justos indujo al parlamento a «dar a César lo que es de César.» Durante la residencia de Cranmer en Alemania en 1531 conoció a Osiandro en Nuremberg, y se casó con su sobrina, pero la dejó con él al volver a Inglaterra. Después de un tiempo la hizo venir privadamente, y se quedó con él hasta el año 1539, cuando los Seis Artículos le obligaron a devolverla a sus amigos por un tiempo.

Se debería recordar que Osiandro, habiendo logrado la aprobación de su amigo Cranmer, publicó la laboriosa obra de la Armonía de los Evangelios en 1537. En 1534, el arzobispo alcanzó el más querido objetivo de su corazón, la eliminación de todos los obstáculos para la consumación de la Reforma, mediante la suscripción por parte de los nobles y de los obispos de la sola supremacía del rey. Sólo se opusieron el Obispo Fisher y Sir Thomas More. Cranmer estaba dispuesto a considerar suficiente el acuerdo de ellos a no oponerse a la sucesión, pero el monarca quería una concesión total.

No mucho tiempo después, Gardiner, en una conversación privada con el rey, habló mal de Cranmer (a quien odiaba malignamente) por haber aceptado el título de primado de toda Inglaterra, como despreciativo de la supremacía del rey. Esto suscitó fuertes celos contra Cranmer, y su traducción de la Biblia fue fuertemente opuesta por Stokesley, obispo de Londres. Se dice que al ser despedida la Reina Catalina que su sucesora Ana Bolena se gozó. Esto es una lección de cuán superficial es el juicio humano, por cuanto la ejecución de esta ultima tuvo lugar en la primavera del año siguiente, y el rey, al día siguiente de la decapitación de esta dama sacrificada, se casó con la hermosa Jane Seymour, dama de honor de la difunta reina. Cranmer fue siempre amigo de Ana Bolena, pero era peligroso oponerse a la voluntad de aquel tiránico y camal monarca.

En 1538 se expusieron públicamente las Sagradas Escrituras para la venta, y los lugares de culto se llenaban de multitudes para escuchar la exposición de sus santas doctrinas. Al pasar el rey como ley los famosos Seis Artículos, que volvían de nuevo casi a establecer los artículos esenciales del credo romanista, Cranmer resplandeció con todo el brillo de un patriota cristiano, resistiendo las doctrinas contenidas en ellos, en lo que fue apoyado por los obispos de Sarum, Woreester, Ely y Rochester, dimitiendo los dos primeros de sus obispados. El rey, aunque ahora opuesto a Cranmer, seguía reverenciando la sinceridad que marcaba su conducta. La muerte del buen amigo de Cranmer, Lord Cromwell, en la Torre en 1540, fue un fuerte golpe para la vacilante causa protestante, pero incluso ahora, aunque viendo la marea contraria totalmente a la causa de la verdad, Cranmer se presentó personalmente ante el rey, y logró, con sus varoniles y cordiales argumentos, que el Libro de los Artículos fuera puesto de su lado, para confusión de sus enemigos, que habían considerado su caída como inevitable.

Cranmer vivió ahora de una manera tan oscura como le fue posible, hasta que el rencor de Winchester le llevó a la presentación de unas denuncias contra él, con respecto a las peligrosas opiniones enseñadas en su familia, junto con otras acusaciones de traición. Estas las presentó el mismo rey a Cranmer, y creyendo firmemente en la fidelidad y en las protestas de inocencia del acusado prelado, hizo investigar a fondo la cuestión, y se descubrió que Winchester, el doctor Lenden, junto con Thomton y Barber, de los domésticos del obispo, resultaron por papeles obtenidos ser los verdaderos conspiradores. El gentil y perdonador Cranmer hubiera querido interceder por toda remisión de castigo si Enrique, complacido con el subsidio votado por el Parlamento, no los hubiera dejado libres. Pero estos nefastos hombres volvieron a iniciar sus tramas contra Cranmer, cayeron victimas del resentimiento del rey, y Gardiner perdió para siempre su confianza. Sir G. Gostwick presentó poco después acusaciones contra el arzobispo, que Enrique aplastó, y que el primado estuvo dispuesto a perdonar.

En 1544 fue quemado el palacio arzobispal de Canterbury, y su cuñado y otros murieron en el incendio. Estas varias aflicciones pueden servimos para reconciliamos con un humilde estado, porque ¿de qué dicha podía jactarse este hombre, por cuanto su vida estaba siendo constantemente cargada, bien por cruces políticas, religiosas o naturales? Otra vez el implacable Gardiner presentó graves acusaciones contra el manso arzobispo, y hubiera querido mandaflo,a la Torre; pero el rey era su amigo, le dio su sello para defenderse, y en el Consejo no sólo declaró al obispo uno de los hombres de mejor carácter del reino, sino que reprendió acerbamente a los acusadores por su calumnia.

Habiéndose firmado una paz, Enrique y el rey francés Enrique el Grande mostraron unanimidad en la abolición de la Misa en sus reinos, y Cranmer se lanzó a esta gran tarea; pero la muerte del monarca inglés en 1546 llevó a la suspensión de esta acción, y el Rey Eduardo VI, el sucesor, confirmó a Cranmer en las mismas funciones; en su coronación le encomendó una tarea que siempre honrará su memoria, por su pureza, libertad y verdad. Durante este reinado siguió efectuando la gloriosa Reforma con un celo incansable, hasta en el años 1552, cuando se vio azotado por unas severas fiebres, aflicción de la que le plugo a Dios restaurarlo, para que pudiera testificar con su muerte de la verdad de aquella semilla que había sembrado tan diligentemente.

La muerte de Eduardo, en 1553, expuso a Cranmer a toda la furia de sus enemigos. Aunque el arzobispo estaba entre los que habían apoyado la accesión de María, fue arrestado al reunirse el parlamento, y en noviembre fue declarado culpable de alta traición en Guildhall, y degradado de sus dignidades. Envió una humilde carta a María, explicando la causa de su firma del testamento en favor de Eduardo, y en 1554 escribió al Consejo, a quienes apremió a pedir el perdón de la reina, mediante una carta entregada al doctor Weston,, pero que éste abrió y, al leer su contenido, cometió la bajeza de devolver.

La traición era una acusación totalmente inaplicable contra Cranmer, que había apoyado el derecho de la reina, mientras que otros, que habían favorecido a Lady Jane fueron liberados mediante el pago de una pequeña multa. Ahora se esparció contra Cranmer una calumnia de que había accedido a ciertas ceremonias papistas para congraciarse con la reina, lo que osó rechazar en público, justificando sus artículos de fe. La activa parte que el prelado había tenido en el divorcio de la madre de María siempre había estado profundamente clavada en el corazón de la reina, y la venganza fue un rasgo destacado en la muerte de Cranmer.

En esta obra hemos mencionado las disputas públicas en Oxford, en las que los talentos de Cranmer, Ridley y Latimer se mostraron de manera tan patente, y que llevaron a su condena. La primera sentencia fue ilegal, por cuanto el poder usurpado del Papa no había sido restablecido de manera legal.

Dejados en la cárcel hasta que esto último tuvo lugar, se envió una comisión desde Roma, designando al doctor Brooks como representante de Su Santidad, y a los doctores Story y Martin como los de la reina. Cranmer estaba dispuesto a someterse a la autoridad de los doctores Story y Martin, pero objetó a la del doctor Brooks. Tales fueron las observaciones y contestaciones de Cranmer, tras un largo interrogatorio, que el doctor Brooks comentó: «Venimos a interrogaros a vos, y parece que vos nos interrogáis a nosotros.»

Enviado de nuevo a su encierro, recibió una citación para comparecer en Roma al cabo de dieciocho días; pero esto era imposible, por cuanto estaba encarcelado en Inglaterra, y, como dijo, incluso si hubiera estado libre era demasiado pobre para pagar a un abogado. Por absurdo que parezca, Cranmer fue condenado en Roma, y el 14 de febrero de 1556 se designó una nueva comisión por la que fueron establecidos Thirlby, obispo de Ely, y Bonner, de Londres, para actuar en juicio en Christ-church, Oxford. En virtud de este tribunal, Cranmer fue degradado gradualmente, poniéndole unos meros harapos para representar las vestiduras de un arzobispo. Quitándole luego este atuendo, le sacaron su propia toga, y le pusieron encima una de vieja; esto lo soportó imperturbable, y sus enemigos, al ver que la severidad sólo lo hacía más decidido, intentaron el camino opuesto, y lo alojaron en la casa del arcediano de Clrrist-church, donde fue tratado con todos los miramientos.

Esto constituyó tal contraste con los tres años de duro encieno que había sufrido que le hizo bajar la guardia. Su naturaleza abierta y generosa era más susceptible de ser seducida por una conducta liberal que por amenazas y cadenas. Cuando Satanás ve a un cristiano a prueba contra un modo de ataque, intenta otro. ¿Y qué manera hay más seductora que las sonrisas, las recompensas y el poder, después de un encarcelamiento largo y penoso? Así le sucedió a Cranmer; sus enemigos le prometieron su anterior grandeza si se retractaba, y también el favor de la reina, y esto cuando ya sabían que su muerte había sido decidida en el Consejo. Para suavizar el camino hacia la apostasía, el primer documento que le presentaron para firmar estaba redactado en términos generales; una vez firmado, otros cinco le fueron sucesivamente presentados como explicativos del primero, hasta que al final firmó el siguiente detestable documento: «Yo, Thomas Cranmer, anterior arzobispo de Canterbury, renuncio, aborrezco y detesto toda forma de herejías y errores de Lutero y Zuinglio, y todas las otras enseñanzas contrarias a la sana y verdadera doctrina. Y creo con toda constancia en mi corazón, y confeso con mi boca una iglesia santa y Católica visible, fuera de la cual no hay salvación; y por ello reconozco al Obispo de Roma como el supremo cabeza en la tierra, a quien reconozco como el más alto obispo y Papa, y vicario de Cristo, a quién debieran sujetarse todas las personas cristianas.»

Por lo que respecta a los sacramentos, reo y adoro en el sacramento del altar el cuerpo y la sangre de Cristo, contenidos bien verdaderamente bajo las formas de pan y vino; siendo el pan, por el infinito poder de Dios, transformado en el cuerpo de nuestro Salvador Jesucristo, y el vino en su sangre.»

Y en los otros seis sacramentos también (como en éste) creo y mantengo como lo mantiene la Iglesia universal, y como lo juzga y determina la Iglesia de Roma.

»Creo además que hay un lugar de purgación, donde las almas de los difuntos son desterradas por un tiempo, por las cuales la Iglesia ora piadosa y sanamente, como también honra a los santos y hace oraciones a los mismos.

»Finalmente, en todas las cosas profeso que no creo de otra manera que lo que mantiene y enseña la Iglesia Católica y la Iglesia de Roma. Siento haber jamás mantenido o pensado cosa diferente. Y ruego al Dios Omnipotente que en Su misericordia me otorgue el perdón por todo lo que he ofendido contra Dios o Su Iglesia, y también deseo y ruego a todos los cristianos que oren por mí.

»Y que todos los que han sido engañados ya por mi ejemplo, ya por mi doctrina, les demando por la sangre de Jesucristo que vuelvan a la unidad de la Iglesia, para que todos seamos de un pensar, sin cismas ni divisiones.

»Y para concluir, tal como me someto a la Católica Iglesia de Cristo, y a su suprema cabeza, del mismo modo me someto a sus más excelentes majestades Felipe y María, rey y reina de este reino de Inglaterra, etc., y a todas sus otras leyes y decretos, estando siempre como fiel súbdito listo a obedecerles. Y Dios es testigo que he hecho esto no por el favor o temor de nadie, sino voluntariamente y por mi propia conciencia, en cuanto a instrucciones de otros.»

«El que piensa estar firme, mire que no caiga» dijo el apóstol, ¡y ésta fue ciertamente una caída! Los papistas habían ahora triunfado a su vez, obteniendo de él todo lo que querían aparte de su vida. Su retractación fue inmediatamente impresa y dispersada, para que surtiera su efecto sobre los atónitos protestantes. Pero Dios predominó sobre todos los designios de los católicos por la saña con la que llevaron a cabo implacables la persecución de su presa. Es indudable que el amor a la vida es lo que indujo a Cranmer a firmar la anterior declaración; pero se puede decir que la muerte hubiera sido preferible para él que la vida, estando bajo el aguijón de una conciencia violada y del menosprecio de cada cristiano evangélico; y esta acción la sintió con toda su fuerza y angustia.

La venganza de la reina sólo podía quedar satisfecha con la sangre de Cranmer, y por ello ella escribió una orden al doctor Pole para que preparara un sermón que debía ser predicado el 21 de marzo, directamente antes del martirio, en St. Mary's, Oxford. El doctor Pole le visitó el día antes, y le indujo a creer que proclamaría públicamente sus crencias como confirmación de los artículos que había firmado. Hacia las nueve de la mañana del día de la inmolación, los comisionados de la reina, acompañados por los magistrados, llevaron al gentil e infortunado hombre a la Iglesia de St. Mary's. Su hábito desgarrado y sucio, el mismo con el que le habían vestido cuando le degradaron, excitó la compasión de la gente. En la iglesia encontró una pobre y mísera tarima, levantada justo delante del púlpito, donde le dejaron, y allí volvió el rostro y oró fervientemente a Dios.

La iglesia estaba repleta de personas de ambas convicciones, esperando oír una justificación de su reciente apostasía; los católicos regocijándose, y los protestantes profundamente heridos en su espíritu ante el engaño del corazón humano. El doctor Pole denunció en su sermón a Cranmer como culpable de los más atroces crímenes; alentó al engañado sufriente a no temer la muerte, ni a dudar del apoyo de Dios en sus tormentos, ni de que se dirían Misas por él en todas las iglesias de Oxford por el descanso de su alma. Luego el doctor observó su conversión, la cual adscribió a la evidente operación del poder del Omnipotente, y a fin de que la gente se convenciera de su realidad, pidió al preso que les diera una señal. Y Cranmer lo hizo, rogando a la congregación que oraran por él, porque había cometido muchos y graves pecados; pero de todos ellos había uno que gravitaba pesadamente sobre él, del que les hablaría en breve.

Durante el sermón, Cranmer lloró amargas lágrimas: levantando las manos y la mirada al cielo, y dejándolas caer, como si indigno de vivir; su dolor encontró ahora su alivio en las palabras; antes de su confesión cayó de rodillas, y con las siguientes palabras desveló la profunda convicción y agitación que movían su alma.

«¡Oh Padre del cielo! ¡Oh Hijo de Dios, Redentor del mundo! ¡Oh Espíritu Santo, tres personas en un Dios! Ten misericordia de mí, el más miserable de los cobardes y pecadores. He pecado tanto contra el cielo como contra la tierra, más de lo que mi lengua pueda expresarlo. ¿Adónde puedo ir, o dónde puedo escapar? Al cielo puedo estar avergonzado de levantar mis ojos, y en la tierra no encuentro lugar donde refugiarme ni quien me socorra. A ti, pues, corro, Señor; ante ti me humillo, diciendo, oh Señor, mi Dios, mis pecados son grandes, pero ten misericordia Tú de mí por tu gran misericordia. El gran misterio de que Dios se hiciera hombre no tuvo lugar por pequeñas o pocas ofensas. Tú no diste a tu Hijo, o Padre Celestial, a la muerte sólo por pequeños pecados, sino por los más grandes pecados del mundo, para que el pecador pueda volver a ti de todo corazón, como yo lo hago ahora. Por ello, ten misericordia de mí, oh Dios, cuya cualidad es siempre tener misericordia, ten misericordia de mí, oh Señor, por tu gran misericordia. Nada anhelo por mis propios méritos, sino por causa de tu nombre, para que sea por ello santificado, y por causa de tu amado Hijo, Jesucristo. Y ahora, pues, Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre», etc.

Luego, levantándose, dijo que deseaba antes de su muerte hacerles algunas piadosas observaciones por las que Dios pudiera ser glorificado, y ellos mismos edificados. Luego hablo acerca del peligro del amor por el mundo, del deber de la obediencia a sus majestades, del amor unos por otros, y de la necesidad de que los ricos ministraran a las necesidades de los pobres. Citó los tres versículos del quinto capitulo de Santiago, y luego prosiguió: «Que los ricos ponderen bien estas tres sentencias: porque si jamás tuvieron ocasión de mostrar su caridad, la tienen ahora en este tiempo presente, habiendo tantos pobres, y siendo tan caros los alimentos.

»Y ahora, por cuanto he llegado al fin de mi vida, en el que pende toda mi vida pasada y mi vida venidera, bien para vivir con mi Señor Cristo para siempre con gozo, o bien estar en penas sempiternas con los malvados en el infierno, y veo ahora con mis ojos en este momento o bien al cielo listo para recibirme, o bien al infierno dispuesto para tragarme; por ello os expondré mi propia fe que creo, sin coloración ni engaño alguno; porque no es ahora el momento de engañar, sea lo que sea que haya escrito en tiempos pasados.

»Primero, creo en Dios el Padre Omnipotente, Hacedor de los cielos y de la tierra, etc. Y creo cada uno de los artículos de la fe católica, cada palabra y frase enseñada por nuestro Salvador Jesucristo, Sus apóstoles y profetas, en el Nuevo y Antiguo Testamento.

»Y ahora llego a lo que tanto perturba mi conciencia, más que nada de lo que haya hecho o dicho en toda mi vida, y es la difusión de un escrito contrario a la verdad que aquí ahora renuncio y rehúso como cosas escritas por mi mano en contra de la verdad que pensaba en mi corazón, y escritas por temor a la muerte, y para salvar mi vida si ello era posible; y se trata de todos aquellos documentos y papeles escritos o firmados por mi mano desde mi degradación en los que he escrito muchas cosas falsas. Y por cuanto mi mano ha ofendido, escribiendo en contra de mi corazón, por ello mi mano será la primera en ser castigada; porque cuando llegue al fuego será la primero en ser quemada.

»Y en cuanto al Papa, lo rechazo como enemigo de Cristo y Anticristo, con todas sus falsas doctrinas. »

Al concluir esta inesperada declaración, se respiraba asombro e indignación en todos los rincones de la iglesia. Los católicos estaban totalmente confundidos, frustrados totalmente en su intento, habiendo Cranmer, a semejanza de Sansón, causado una mayor ruina sobre sus enemigos en la hora de la muerte que en su vida.

Cranmer hubiera querido proseguir en su denuncia de las doctrinas papistas, pero los murmullos de los idólatras ahogaron su voz, y el predicador dio orden de «¡llevaos el hereje!» La salvaje orden fue obedecida directamente, y el cordero a punto de sufrir fue arrancado de su tarima para ser llevado al matadero, insultado a todo lo largo del camino, injuriado y escarnecido por aquella plaga de monjes y frailes.

Con los pensamientos centrados en un objeto mucho más elevado que las vacías amenazas de los hombres, llegó al lugar manchado con la sangre de Ridley y Latimer. Allí se arrodilló para un breve tiempo de fervorosa devoción, y luego se levantó, para quitarse la ropa y prepararse para el fuego. Dos frailes que habían participado en la operación de lograr su abjuración trataron ahora de volverlo a apartar de la verdad, pero él se mostró firme e inamovible en lo que acababa de profesar y de enseñar en público. Le pusieron una cadena para atarlo a la estaca, y después de haberle rodeado férreamente con ella, prendieron fuego a la pira, y las llamas pronto comenzaron a subir.

Entonces se hicieron manifiestos los gloriosos sentimientos del mártir: quien, extendiendo su mano derecha, la mantuvo tenazmente sobre el fuego hasta que quedó reducida a cenizas, incluso antes que su cuerpo fuera dañado, exclamando con frecuencia: «¡Esta indigna mano derecha!

Su cuerpo soportó la quema con tal firmeza que pareció no moverse más que la estaca a la que estaba atado. Sus ojos estaban fijos en el cielo, mientras repetía: «esta indigna mano derecha», mientras su voz se lo permitió; y empleando muchas veces las palabras de Esteban, «Señor Jesús, recibe mi espíritu», entregó el espíritu en medio de una gran llama.


Siguiente
0 - I - II - III - IV - V - VIa VIb VIc VId VIe - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVIa XVIb XVIc
XVId XVIe XVIf XVIg XVIh XVIi XVIj - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXIIa XXIIb