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Capítulo XVI (Parte III)
Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

 

El Rev. John Cardmaker y John Warne

El 30 de mayo de 1555, el Rev. John Cardmaker, también llamado Taylor, prebendado de la Iglesia de Wells, y John Warne, tapicero, de St. John's, Walbrook, padecieron juntos en Smithfield. El señor Cardmaker, que fue primero un fraile observante antes de la disolución de las abadías, fue después un ministro casado, y en el tiempo del Rey Eduardo fue designado lector en San Pablo; prendido a comienzos del reinado de la Reina María, junto con el doctor Barlow, obispo de Bath, fue llevado a Londres y echado a la cárcel de Fleet, estando todavía en vigor las leyes del Rey Eduardo. En el reinado de María, cuando fue hecho comparecer ante el obispo de Winchester, éste le ofreció la misericordia de la reina si se retractaba.

Habiéndose presentado artículos de acusación contra el señor John Warne, fue interrogado por Bonner, que le exhortó ardientemente a que se retractara de sus opiniones, pero éste le respondió: «Estoy persuadido de que estoy en la recta opinión, y no veo causa alguna para retractarme; porque toda la inmundicia e idolatría se encuentran en la Iglesia de Roma.»

Entonces, el obispo, al ver que no podía prevalecer con todas sus buenas promesas y sus terribles amenazas, pronunció la sentencia definitiva de condenación, y ordenó el 30 de mayo de 1555 para la ejecución de John Cardmaker y John Wame, que fueron llevados por los alguaciles a Smithtield. Llegados a la estaca, los alguaciles llamaron aparte al señor Cardmaker, y hablaron con él en secreto, mientras el señor Wame oró, fue encadenado a la estaca, y le pusieron leña y cañas alrededor de él.

Los espectadores estaban muy afligidos pensando que el señor Cardmaker se retractaría ante la quema del señor Warne. Al final, el señor Cardmaker se apartó de los alguaciles, se dirigió a la estaca, se arrodilló, e hizo larga oración en silencio. Luego se levantó, se quitó las ropas hasta la camisa, y fue con valentía a la estaca, besándola; y tomando de la mano al señor Warne, lo consoló cordialmente, y fue atado a la estaca, regocijándose. La gente, al ver como esto sucedía tan rápidamente y en contra de las anteriores expectativas, clamó: «¡Dios sea alabado! ¡Dios te fortalezca, Cardmaker! ¡Que el Señor Jesús reciba tu espíritu!» Y esto prosiguió mientras el verdugo les prendía fuego y hasta que ambos pasaron a través dcl fuego a su bendito repeso y paz entre los santos y mártires de Dios, para gozar de la corona del triunfo y de la victoria preparada para los soldados y guerreros escogidos de Cristo Jesús en Su bendito reino, a quien sea la gloria y la majestad para siempre. Amén.

John Simpson y John Ardeley
 

John Simpson y John Ardeley fueron condenados el mismo día que el señor Cardmaker y John Warne, que era el veinticinco de mayo. Fueron poco después enviados desde Londres a Essex, donde fueron quemados el mismo día, John Simpson en Rochford, y John Ardeley en Railey, glorificando a Dios en Su amado Hijo, y regocijándose de que eran considerados dignos de padecer por El.

Thomas Haukes, Thomas Watts y Anne Askew
 

Thomas Haukes fue condenado, junto con otros seis, el nueve de febrero de 1555. Era erudito en su educación, y apuesto de presencia personal, y alto; en sus maneras era un caballero, y un cristiano sincero. Poco antes de su muerte, varios de los amigos del señor Hauke, aterrorizados ante la dureza del castigo que debía sufrir, pidieron en privado que en medio de las llamas les mostrara de alguna manera si los dolores del fuego eran demasiado grandes que uno no pudiera sufrirlos con compostura. Esto se lo prometió, y se acordó que si la atrocidad del dolor podía ser sufrido, que levantara las manos sobre su cabeza hacia el cielo, antes de expirar.

No mucho después, el señor Haukes fue conducido al lugar señalado para su muerte por el lord Rich, y llegando a la estaca, se preparó mansa y Pacientemente para el fuego; le pusieron una pesada cadena por la cintura, rodeándole una multitud de espectadores, y después de haberles hablado largamente, y derramado su alma a Dios, se encendió el fuego.

Cuando hubo estado mucho tiempo en el fuego, y se quedó sin poder hablar, con la piel encogida y los dedos consumidos por el fuego, de manera que se pensaba que ya había muerto, súbitamente y en contra de todas las expectativas, este buen hombre, recordando su promesa, alzó sus manos, que estaban quemando en las llamas, y las levantó hacia el Dios viviente, y con gran regocijo, por lo que parece, las golpeó o palmeó tres veces seguidas. Siguió un gran clamor ante esta maravillosa circunstancia, y luego este bendito mártir de Cristo, cayendo sobre el fuego, entregó su espíritu, el 10 de junio de 1555.

Thomas Watts, de Billericay, en Essex, de la diócesis de Londres, era un tejedor de lino. Esperaba a diario ser tomado por los adversarios de Dios, y esto le sucedió el cinco de abril de 1555, cuando fue llevado delante del Lord Rich, y los otros comisionados de Chelmsford, acusado de no acudir a la iglesia.

Entregado al sanguinario adversario, que le llamó a varios interrogatorios, y, como era usual, muchos argumentos, con muchos ruegos de que se hiciera discípulo del Anticristo, pero sus prédicas de nada le sirvieron, y recurrió entonces a su última venganza, la de la condenación.

En la estaca, tras haberla besado, habló al Lord Rich, exhortándole a que se arrepintiera, porque el Señor vengaría su muerte. Así ofreció este buen mártir su cuerpo al fuego, en defensa del verdadero Evangelio del Salvador.

Thomas Osmond, William Bamford y Nicholas Chamberlain, todos de la ciudad de Coxhall, fueron mandados a un interrogatorio, y Bonner, tras varias audiencias, los declaró herejes obstinados, y los entregó a los alguaciles, permaneciendo en custodia de ellos hasta que fueron entregados al alguacil del condado de Essex, siendo ejecutados por él; Chamberlain en Colchester, el catorce de junio; Thomas Osmond en Maningtree, y William Bamford, alias Buller, en Harwich, el quince de junio de 1555; todos ellos murieron plenos de la esperanza gloriosa de la inmortalidad.

Luego Wriotheseley, Lord Canciller, le ofreció a Anne Askew el perdón del rey si se retractaba; ella le dio esta respuesta: que no había ido allá a negar a su Señor y Maestro. Y así la buena Anne Askew, rodeada de llamas como bendito sacrificio para Dios, durmió en el Señor el 1546 d.C., dejando tras sí un singular ejemplo de constancia cristiana para seguimiento de todos los hombres.

Rev. John Bradford y John Leaf, un aprendiz


El Rev. John Bradford nació en Manchester, Lancashire; llegó a ser un gran erudito en latín, y después vino a ser siervo de Sir John Harrington, caballero del rey.

Continuó por varios años de una manera honrada y provechosa, pero el Señor lo había escogido para mejores funciones. Por ello, se apartó de su patrón, abandonando el Templo, en Londres, dirigiéndose a la Universidad de Cambridge, para aprender, mediante la Ley de Dios, cómo impulsar la edificación del templo del Señor. Pocos años después, la universidad le concedió el grado de maestro en artes, y fue elegido compañero de Pembroke Hall.

Martín Bucero le apremió a que predicara, y cuando con modestia puso en duda su capacidad, Bucero Te replicó: «Si no tienes un fino pan de harina de trigo, dale entonces a los pobres pan de cebada, o lo que el Señor te haya encomendado.» El doctor Ridley, aquel digno obispo de Londres y glorioso mártir de Cristo, lo llamó primero para darle el grado de diácono y una prebenda en su iglesia catedral de San Pablo.

En este oficio de predicación, el señor Bradford se dedicó a una diligente actividad por espacio de tres años. Reprendió severamente el pecado, predicó dulcemente a Cristo crucificado, refutó con gran capacidad los errores y las herejías, persuadiendo fervorosamente a vivir piadosamente. Después de la muerte del bienaventurado Rey Eduardo VI, el señor Bradford siguió predicando diligentemente, hasta que fue suprimido por la Reina María.

Siguió ahora una acción de la más negra ingratitud, ante el que se sonrojaría un pagano. Se ha dicho que el señor Bourne (entonces obispo de Bath) suscitó un tumulto predicando en St. Paul's Cross; la indignación de la gente puso su vida en inminente peligro; incluso le lanzaron una daga. En esta situación, le rogó al señor Bradford, que estaba detrás de él, para que hablara en su lugar y apaciguara los ánimos. La gente acogió bien al señor Bradford, y éste se mantuvo desde entonces cerca de Boume, para con su presencia impedir que el populacho renovara sus ataques.

El mismo domingo, por la tarde, el señor Bradford predicaba en la Iglesia de Bow en Cheapside, y reprobó duramente al pueblo por su conducta sediciosa A pesar de su conducta, al cabo de tres días fue enviado a la Torre de Londres, donde estaba entonces la reina, para comparecer ante el Consejo. Allí fue acusado por este acto de salvar al señor Boume, que fue considerado como sedicioso, y también objetaron contra él por su predicación. Fue entonces enviado primero a la Torre, luego a otras cárceles, y, después de su condena, a Poultry Compter, donde predicó dos veces al día de manera continua, hasta que se lo impidió una enfermedad. Tal era su crédito para con el guarda de la cárcel real que le permitió una noche visitar a una persona pobre y enferma cerca del depósito de acero, bajo su promesa de volver a tiempo; y en esto jamás fallo.

La noche antes de ser enviado a Newgate, se vio turbado en su descanso por sueños presagiadores, en el sentido de que al siguiente lunes iba a ser quemado en Smitlfield. Por la tarde, la mujer del guarda fue a verlo, y le anunció la terrible noticia, pero en él sólo suscitó agradecimiento a Dios. Por la noche fueron a visitarlo media docena de amigos, con los que pasó toda la víspera en oración y piadosas actividades.

Cuando fue llevado a Newgate, le acompañó una multitud que lloraba, y habiéndose extendido un rumor de que iba a sufrir el suplicio a las cuatro del siguiente día, apareció una inmensa multitud. A las nueve de la mañana el señor Bradford fue llevado a Smithfield. La crueldad del alguacil merece ser destacada; porque el cuñado del señor Bradford, Roger Beswick, le dio la mano al pasar, y Woodroffe, el alguacil, le abrió la cabeza con su garrote.

Habiendo llegado el señor Bradford al lugar, cayó postrado en el suelo. Luego, quitándose la ropa hasta quedar en mangas de camisa, fue a la estaca, y allí padeció junto a un joven de veinte años de edad, llamado John Leaf un aprendiz del señor Humphrey Gaudy, un velero de Christ-church, en Londres. Había sido apresado el viernes antes del Domingo de Ramos, y encerrado en Compter en Bread Street, y luego interrogado y condenado por el sanguinario obispo.

Se informa acerca de él que cuando se le leyó el acta de confesión, en lugar de una pluma, tomó una aguja, y pinchándose en la mano, roció su sangre sobre la dicha acta, diciéndole al lector de la misma que le mostrara al obispo que ya había sellado el acta con su sangre.

Ambos terminaron esta vida mortal el 12 de julio de 1555 como dos corderos, sin alteración alguna en sus rostros, esperando obtener aquel premio por el que habían corrido tanto tiempo ¡Quiera conducirnos al mismo el Dios Omnipotente, por los méritos de Cristo nuestro Salvador!

Concluiremos este artículo mencionando que el señor alguacil Woodroffe cayó al cabo de medio año paralítico del lado derecho, y que por espacio de ocho años después (hasta el día de su muerte) no pudo volverse en la cama por si mismo; así llegó a ser al final un espectáculo terrible.

El día después que el señor Bradford y John Leaf sufrieron en Smithfield, William Minge, un sacerdote, murió en la cárcel en Maidstone. Con una constancia y valor igual de grande entregó su vida en la cárcel, como si le hubiera placido a Dios llamarlo a sufrir en el fuego, como otros buenos hombres habían sufrido antes en la estaca, y como él mismo estaba dispuesto a sufrir, si Dios hubiera querido llamarlo a esta prueba.

El Rev. John Bland, el Rev. John Frankesh, Nicholas Shetterden, y Humphrey Middleton

Estos cristianos fueron todos quemados en Canterbury por la misma causa. Frankesh y Bland eran ministros y predicadores de la Palabra de Dios, siendo uno párroco de Adesham, y el otro vicario de Rolvenden. El señor Bland fue citado a responder por su oposición al anticristianismo, y sufrió varios interrogatorios ante el doctor Harpsfield, arcediano de Canterbury, y finalmente fue condenado el veinticinco de junio de 1555, por oponerse al poder del Papa, y entregado al brazo secular. El mismo día fueron condenados John Frankesh, Nicholas Shetterden, Humphrey Middleton, Thacker y Crocker, de los que sólo Thacker se retractó.

Entregado al brazo secular, el señor Bland y los tres anteriores fueron quemados en Canterbury el 12 de julio de 1555, en dos distintas estacas, pero en un mismo fuego, donde ellos, a la vista de Dios y de Sus ángeles, y delante de los hombres, dieron, como verdaderos soldados de Jesucristo, un testimonio firme de la verdad de Su santo Evangelio.


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